martes, 2 de junio de 2020

En busca del líder. 61




Tiempos complejos para hablar de la excelencia en el gobierno. La utilidad que tiene sobre la masa la cabeza que decide es total. El rey que aflora en la adversidad reportando virtudes a lo humano, virtudes que tantos se esfuerzan en desdibujar cuando los rigores propios de la vida parecen oscurecer el horizonte.

El libro nos habla de un ser superior, algo desconocido que se refleja en la calidad de sus acciones, sin nombre, sin descripción. Su huella es su consigna positiva. Imposible denostar lo innombrable, menos aún cuando su reflejo es solo luces sin sombras, las luces imposibles que la nada refleja sobre el burdo metal bombardeado.

Estamos ahora a un paso del cero absoluto. Mirar la excelencia duele a los ojos tanto como mirar directamente a un sol que brilla más en la mitad de su recorrido. Ahora no hay dónde mirar. El excelso gobernante desapareció en un pasado lejano, un pasado de sangre y dolor que tenía en el trono el equilibrio comparativo de su nefasta realidad.

Transformamos el mundo doliente por el mundo de la espera, el mundo de estar esperando algo que finalmente nos atrapa de forma inesperada. Si hubiésemos conocido el sentido de la espera, el sentido que mueve al gobernante que no se deja ver pero que actúa, que resiste la mediocridad, pero no se contamina. El grande que evita la lisonja para poner en claro la realidad de su espejo, sin mirar siquiera su reflejo para evitar la crítica de su propia deshonra.

Este vacío de poder real nos conmina a la desgracia repetida, a encontrarnos unos contra otros cuando el eje central sigue sin estar definido. Sin verdad, sin luz, sin solidez, es imposible que la peonza mantenga el equilibrio que nos debe, es imposible que sintamos la gravedad que nos mantiene erguidos. Quizá de ahí el deseo de muchos de arrastrarse ante el vértigo del descentre progresivo, el que nos arrastra sin freno hacia el eterno desastre calculado. Todo se desordena sin un principio rector, sin un alma grande estableciendo el norte que elude las desdichas de andar en zigzag chocando unos con otros en esta tormenta permanente de lo humano.

Quizá ese desgobierno nos empuja al único gobierno posible de lo personal. A una posición en la que nuestros actos se correspondan con aquello que sabemos cierto, aquello que hemos decidido hacer, aquello cuyo único impedimento es nuestra falta de equilibrio interior para lograrlo.

El libro nos muestra el liderazgo sobre nuestras pasiones, sobre nuestros sesgos y sobre nuestras creencias equivocadas. Nos ilumina el camino de una acción sin expectativas hacia afuera. Ese es sin duda el camino opuesto a la naturaleza luminosa de nuestro ser. La palabra contamina con significados aparentes aquello que habla por si solo sin intérpretes. Es el estado puro de la cuestión a la que nos enfrentamos, el Ser que pretendemos cuando todo lo externo nos muestra permanentemente lo que no es.

Ese líder indiscutible no es lejano, está detrás de una simple decisión silenciosa, de una apuesta por lo alto descartando lo bajo. Sin ruido, sin lamentos, sin esperanzas de brillo, la realidad nunca escapa a la certeza y esta brilla siempre con luz propia. Conscientes de esto no hay que instalar el alma preocupada en una espera infructuosa. Debemos vivir en la acción permanente de ascender, sin público, sin doctrinas, sin expectativas de superioridad ante otros. No hay ningún otro que desdibuje la escena del que va en la dirección correcta. Y si los hubiese, el tiempo le deparará certero un mismo final inesperado.

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