domingo, 28 de julio de 2019

Entre el vientre y el ojo. 56


¿Qué diferencia el vientre del ojo? Dentro y fuera se revelan como espacios ocultos o visibles sobre los que poner la atención. Sentir no es lo mismo que ver, pero ambos son imprescindibles para tener la experiencia conjunta del lleno y del vacío. Yin y yang se manifiestan en algo tan evidente como lo que vemos y lo que no vemos, lo que medimos y lo que sentimos, lo que surge de nuestro interior y lo que nos llega desde el exterior.
El sabio apunta el rechazo, pero me cuesta aceptar un yang sin su yin y viceversa. También nos muestra que frente al exceso debemos inicialmente contener por completo lo sobrepasado, no definitivamente, tan solo lo que dure el proceso de equilibrar ambos mensajes.
No hay luz en el interior que nos regala un caos imaginado. Fuera corremos el riesgo de corregir y agrupar en segmentos más fáciles de interpretar, reduciendo el todo a unas partes inconexas que nunca nos dan la plenitud
El corazón de la experiencia no tiene reglas, no tiene orden, no tiene clasificación posible. El salto de un sabor a otro tiene entre medio mil millones de matices imperceptibles, matices que llegan a una parte interior que desconocemos, pero que se manifiestan en cada suspiro que nos entregan nuestros anhelos sin que nos demos ni cuenta.
El sabio no clasifica, no enumera, no distingue mejores ni peores, pero corre el riesgo de disolver su estructura y caer en el caos del silencio eterno de ser solo una parte del Taiji. Entender que el acero doblado requiere primero una gran fuerza para ser enderezado está al alcance de cualquiera. Saber cuándo la perfecta verticalidad ha surgido del esfuerzo, saber cuándo hay que parar de empujar, ahí está el misterio del equilibrio que exige una visión unificada del presente, el pasado y el futuro. 
El hombre y su mente no están separados, el ojo y el intestino coexisten dentro de una misma experiencia que no puede negar ninguna de las partes bajo el riesgo de perder el sentido equilibrado que nos aportan el lleno y el vacío de la existencia. 
Lo relativo de lo material radica en su sentido frente a lo inmaterial que lo interpreta. Ser sin acumular, tener sin exceso, ver sintiendo, desclasificar sin olvidar, decidir sin prejuicios; el camino del centro que el sabio nos propone es muy fácil cuando comprendemos la infinita complejidad de lo que somos y de lo que nos rodea, solo entonces renunciamos de verdad al exceso y nos quedamos en el límite del equilibrio que anhelamos.

sábado, 27 de julio de 2019

Sin dudas

¡¡NO DUDES!!
Durante el entrenamiento, no dudes. Siente, pero no dudes. Explórate a ti mismo reverberando en los impactos cuando golpeas. Siente el instante, despeja la duda, encuentra el sentido en tu entrega voluntaria y absoluta al momento. Hazlo como si cada día fuese un bautizo marcial inesperado.
Déjate sorprender por la rutina; solo en el silencio desvela ésta sus matices. Aprende a disfrutar la experiencia sin objetivo directo, el alma recoge sus frutos en plazos muy largos. No te escondas del instante, el precio del esfuerzo es minúsculo frente a ser auténtico, ser real, ser parte indisoluble del presente continuo de la práctica.
Siente ahora lo que no puedes sentir de otra forma. Enfréntate a la realidad de ser tú, sin dudas, sin miedos, sin mentiras. Enfréntate y sobrevive al instante para que este no muera entre tus brazos una y otra vez. Salta al vacío sin rencor, sin temor, sin esperanza. 
Transpira, respira, muévete sin tregua. No tortures tu conciencia, todo forma parte del proceso de llegar a ser tú fortalecido.
No critiques, no sopeses, no opines. Siente, escucha, deja que el mensaje se filtre entre tus poros. Ábrelos al máximo, deja que tu cuerpo renueve su interior desde la respiración, desde el pulso, desde el esfuerzo, desde los golpes, no caben aquí las razones.
Respira y percibe, hazte uno con la dinámica de la acción, encuentra su ritmo, la sintonía, la balada de la lucha que escapa a tus oídos. Distingue las fisuras, las roturas del patrón, es de ahí de donde surgen las luces inesperadas que borran toda sombra de duda.
Acelera, entra y sal sin descanso, marca el suelo con paso firme y mirada absoluta ¡Atento!
Agradece, respira y descansa ahora. Siente el eco breve y profundo de lo que has experimentado para salir de aquí renacido. Vete pero vuelve, no olvides seguir vivo igual que aquí lo has estado. Hazlo en cada instante, en cada momento, a cada paso que das en la vida para nacer real en cada nueva exhalación.

lunes, 15 de julio de 2019

Radios que no son nuestros 55


No es por su forma, no es por sus límites, no es por algo que se pueda percibir con cualquiera de nuestros limitados sentidos. El alma surge resonando en el vacío que gestamos al movernos. Lo hacemos marcando el límite de lo que decidimos. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a adentrarnos en el bosque oscuro?¿Qué dragones osaremos despertar?

Algunas imágenes devueltas por el espejo nos empujan hacia atrás, nos hacen resbalar y caer en los pozos de miedos que no nos pertenecen. Los sembraron otros en el pasado y dejaron el espacio infinito de sus caídas para que no dejemos de conocer eso que algunos llaman Infierno.


Parece que no podemos pararnos a mirar, no podemos esperar, no cabe de forma alguna imaginar nada que no avance hacia la vanguardia de nuestro pasado infinito. 


Todas las preguntas contaminan el presente cuando perdemos la inercia del avance, cuando queremos que el universo entero se detenga ante nosotros; no podemos dejar de pedalear sin riesgo de perder el equilibrio. Esa caída llena de cuestiones sin posibles respuestas son el lastre. No podemos recolectar respuestas si no es dentro del avance vacío que configura nuestra efímera y eterna expansión.


Delimitamos nuestro sentido y creamos la función de nuestro interior dibujando el perfil de su sombra. Solo sabemos que al pararnos por dentro, al detener nuestra difusión interior, la vasija se rompe, se pervierte el silencio y se desvanece la imagen que perseguíamos. 


Cuando volamos sobre la flecha que nos dispara nuestro propio horizonte, nos enfrentamos a la difícil verdad de ver venir nuestro propio disparo. Sentimos que nuestra propia voluntad nos atraviesa y rompe el reflejo interior de los límites que nosotros mismos construimos para definirnos. 


En ese momento nos encontramos en un recodo del despiste, en esa canción que no conseguimos recordar, en ese sueño que nos dejó tan profunda huella pero sin apenas un detalle que nos permita convertirlo en historia.


Estamos ensimismados en este espacio creado, entre radios de una rueda que son los círculos de otros pretendiendo encontrar sus centros dentro de nuestro propio cometido. En ese vacío insondable, presente continuo, en ese espantoso instante infinito sucumbe la esperanza de nuestro pensamiento encerrándose en la crisálida cóncava  que siempre nos devuelve un gusano que soñó volar.


No hay más camino que desvelarnos, dejar de imaginarnos para sentirnos, dejar de esperarnos para llegar sin demora a nuestro presente.


En el centro podemos vigilar sin mirar, podemos ser testigos sin ojos, escuchar sin oídos y sentir sin otro tacto que el aliento que entra y sale de nosotros. Ese centro nos revela la forma de nuestra ánfora, el círculo de nuestra rueda, las sombras de nuestro árbol. Ahí sucumbimos a la certeza y desafiamos cualquier verbo que pretenda describir ese momento imperturbable.


Nada puede superar esa fuerza en la que todo el universo detiene su movimiento y se centra en el eje que nuestra voluntaria periferia ha definido. Ese centro del universo, ese centro de nuestra calma, es el punto en el que todas las cuestiones son desahuciadas. Donde el principio y final de nuestra vida y nuestra muerte se encuentran para ver entrar nuestras piernas en nuestras propias fauces; ocurre mientras algo superior a nosotros se deleita del espectáculo de ver cómo nos devoramos a nosotros mismos para encontrar lo que somos. 


Terrible imagen que nos enseñan la dirección innegable que debemos seguir para cerrar el círculo del sentido superior de todo.