jueves, 8 de agosto de 2019

Sin sobresaltos. 57


Tanto el que pide como el que da esperan siempre respuestas. El sobresalto nos llega precisamente por esta espera recurrente. Sin esperar nada al dar o al recibir seguramente la calma seguirá presente. La actitud que desequilibra nuestra alma parte del mismo supuesto de adorar en exceso un cuerpo perecedero. Toda expectativa más allá de lo profundo del alma parece estar equivocada.
Esperamos, estamos esperando instante tras instante que el universo entero nos regale un motivo, que el cielo se deje caer sobre nuestra lista de inútiles peticiones para sentir que tenemos algo de poder. Un poder que ansiamos, un poder que nos aproxima al roce de la falacia de vivir eternos, para siempre.
Ese pequeño sustrato que requerimos es pura falsedad, el invierno no llega siempre el mismo día y la primavera no despierta por igual a todas las flores.
El silencio de la meditación nos invita a dudar y a dejar a la vez de hacerlo. Nos vincula a dejar de esperar, de intuir, de dar o de pedir. Estamos escondidos tras un muro irregular de falsedades que constituye la parte más débil de lo que somos, la que necesita resguardarse hasta de sí misma, quizá porque sabe que el camino de domarse excede con mucho a la fuerza explosiva de lo joven. Es tan solo el invierno el que reparte certezas, el que nos aproxima a un aire fresco de verdadera bondad.
Es cuando nos paramos cuando estamos libres de la espera, de lo expectante, es cuando sucumbimos a la certeza sin saberlo.
Y es el cuerpo el que suele avisarnos del abismo con ligeras conjeturas igualmente agazapadas. La sensación de lo que llega no siempre es audible y el tejido que soporta las redes de la vida es cada año más fino, más transparente, más implacable.
Dejamos de esperar porque empezamos a ver solo si no hemos tejido colores encima, cuando no hemos llenado de mentiras cada poro de una membrana indispensable. Cuando no hemos necesitado que la tela que nos volvía invisibles hacia nosotros mismos nos vistiese hacia fuera de colores que no son nuestros. Esperar que el cuerpo responda a lo eterno es irresponsable. La piel de los demás nos invita a la duda, pero sus miradas nos afirman la esperanza. Quizá porque el conocimiento maduro del equilibrio siempre reconforta un alma que se debate entre dudar de ella, o afirmar lo que siempre ha sabido.
Ni sobresaltos ni esperanzas inmortales, el mar de la vida explota y se recoge con cada respiración que damos y pedimos al aire que nos rodea. La idea es simple, siente ese infinito momento y descubre el magnífico espectáculo del paso del tiempo, quizá ese sea el único regalo que debamos ciertamente esperar.

domingo, 28 de julio de 2019

Entre el vientre y el ojo. 56


¿Qué diferencia el vientre del ojo? Dentro y fuera se revelan como espacios ocultos o visibles sobre los que poner la atención. Sentir no es lo mismo que ver, pero ambos son imprescindibles para tener la experiencia conjunta del lleno y del vacío. Yin y yang se manifiestan en algo tan evidente como lo que vemos y lo que no vemos, lo que medimos y lo que sentimos, lo que surge de nuestro interior y lo que nos llega desde el exterior.
El sabio apunta el rechazo, pero me cuesta aceptar un yang sin su yin y viceversa. También nos muestra que frente al exceso debemos inicialmente contener por completo lo sobrepasado, no definitivamente, tan solo lo que dure el proceso de equilibrar ambos mensajes.
No hay luz en el interior que nos regala un caos imaginado. Fuera corremos el riesgo de corregir y agrupar en segmentos más fáciles de interpretar, reduciendo el todo a unas partes inconexas que nunca nos dan la plenitud
El corazón de la experiencia no tiene reglas, no tiene orden, no tiene clasificación posible. El salto de un sabor a otro tiene entre medio mil millones de matices imperceptibles, matices que llegan a una parte interior que desconocemos, pero que se manifiestan en cada suspiro que nos entregan nuestros anhelos sin que nos demos ni cuenta.
El sabio no clasifica, no enumera, no distingue mejores ni peores, pero corre el riesgo de disolver su estructura y caer en el caos del silencio eterno de ser solo una parte del Taiji. Entender que el acero doblado requiere primero una gran fuerza para ser enderezado está al alcance de cualquiera. Saber cuándo la perfecta verticalidad ha surgido del esfuerzo, saber cuándo hay que parar de empujar, ahí está el misterio del equilibrio que exige una visión unificada del presente, el pasado y el futuro. 
El hombre y su mente no están separados, el ojo y el intestino coexisten dentro de una misma experiencia que no puede negar ninguna de las partes bajo el riesgo de perder el sentido equilibrado que nos aportan el lleno y el vacío de la existencia. 
Lo relativo de lo material radica en su sentido frente a lo inmaterial que lo interpreta. Ser sin acumular, tener sin exceso, ver sintiendo, desclasificar sin olvidar, decidir sin prejuicios; el camino del centro que el sabio nos propone es muy fácil cuando comprendemos la infinita complejidad de lo que somos y de lo que nos rodea, solo entonces renunciamos de verdad al exceso y nos quedamos en el límite del equilibrio que anhelamos.

sábado, 27 de julio de 2019

Sin dudas

¡¡NO DUDES!!
Durante el entrenamiento, no dudes. Siente, pero no dudes. Explórate a ti mismo reverberando en los impactos cuando golpeas. Siente el instante, despeja la duda, encuentra el sentido en tu entrega voluntaria y absoluta al momento. Hazlo como si cada día fuese un bautizo marcial inesperado.
Déjate sorprender por la rutina; solo en el silencio desvela ésta sus matices. Aprende a disfrutar la experiencia sin objetivo directo, el alma recoge sus frutos en plazos muy largos. No te escondas del instante, el precio del esfuerzo es minúsculo frente a ser auténtico, ser real, ser parte indisoluble del presente continuo de la práctica.
Siente ahora lo que no puedes sentir de otra forma. Enfréntate a la realidad de ser tú, sin dudas, sin miedos, sin mentiras. Enfréntate y sobrevive al instante para que este no muera entre tus brazos una y otra vez. Salta al vacío sin rencor, sin temor, sin esperanza. 
Transpira, respira, muévete sin tregua. No tortures tu conciencia, todo forma parte del proceso de llegar a ser tú fortalecido.
No critiques, no sopeses, no opines. Siente, escucha, deja que el mensaje se filtre entre tus poros. Ábrelos al máximo, deja que tu cuerpo renueve su interior desde la respiración, desde el pulso, desde el esfuerzo, desde los golpes, no caben aquí las razones.
Respira y percibe, hazte uno con la dinámica de la acción, encuentra su ritmo, la sintonía, la balada de la lucha que escapa a tus oídos. Distingue las fisuras, las roturas del patrón, es de ahí de donde surgen las luces inesperadas que borran toda sombra de duda.
Acelera, entra y sal sin descanso, marca el suelo con paso firme y mirada absoluta ¡Atento!
Agradece, respira y descansa ahora. Siente el eco breve y profundo de lo que has experimentado para salir de aquí renacido. Vete pero vuelve, no olvides seguir vivo igual que aquí lo has estado. Hazlo en cada instante, en cada momento, a cada paso que das en la vida para nacer real en cada nueva exhalación.

lunes, 15 de julio de 2019

Radios que no son nuestros 55


No es por su forma, no es por sus límites, no es por algo que se pueda percibir con cualquiera de nuestros limitados sentidos. El alma surge resonando en el vacío que gestamos al movernos. Lo hacemos marcando el límite de lo que decidimos. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a adentrarnos en el bosque oscuro?¿Qué dragones osaremos despertar?

Algunas imágenes devueltas por el espejo nos empujan hacia atrás, nos hacen resbalar y caer en los pozos de miedos que no nos pertenecen. Los sembraron otros en el pasado y dejaron el espacio infinito de sus caídas para que no dejemos de conocer eso que algunos llaman Infierno.


Parece que no podemos pararnos a mirar, no podemos esperar, no cabe de forma alguna imaginar nada que no avance hacia la vanguardia de nuestro pasado infinito. 


Todas las preguntas contaminan el presente cuando perdemos la inercia del avance, cuando queremos que el universo entero se detenga ante nosotros; no podemos dejar de pedalear sin riesgo de perder el equilibrio. Esa caída llena de cuestiones sin posibles respuestas son el lastre. No podemos recolectar respuestas si no es dentro del avance vacío que configura nuestra efímera y eterna expansión.


Delimitamos nuestro sentido y creamos la función de nuestro interior dibujando el perfil de su sombra. Solo sabemos que al pararnos por dentro, al detener nuestra difusión interior, la vasija se rompe, se pervierte el silencio y se desvanece la imagen que perseguíamos. 


Cuando volamos sobre la flecha que nos dispara nuestro propio horizonte, nos enfrentamos a la difícil verdad de ver venir nuestro propio disparo. Sentimos que nuestra propia voluntad nos atraviesa y rompe el reflejo interior de los límites que nosotros mismos construimos para definirnos. 


En ese momento nos encontramos en un recodo del despiste, en esa canción que no conseguimos recordar, en ese sueño que nos dejó tan profunda huella pero sin apenas un detalle que nos permita convertirlo en historia.


Estamos ensimismados en este espacio creado, entre radios de una rueda que son los círculos de otros pretendiendo encontrar sus centros dentro de nuestro propio cometido. En ese vacío insondable, presente continuo, en ese espantoso instante infinito sucumbe la esperanza de nuestro pensamiento encerrándose en la crisálida cóncava  que siempre nos devuelve un gusano que soñó volar.


No hay más camino que desvelarnos, dejar de imaginarnos para sentirnos, dejar de esperarnos para llegar sin demora a nuestro presente.


En el centro podemos vigilar sin mirar, podemos ser testigos sin ojos, escuchar sin oídos y sentir sin otro tacto que el aliento que entra y sale de nosotros. Ese centro nos revela la forma de nuestra ánfora, el círculo de nuestra rueda, las sombras de nuestro árbol. Ahí sucumbimos a la certeza y desafiamos cualquier verbo que pretenda describir ese momento imperturbable.


Nada puede superar esa fuerza en la que todo el universo detiene su movimiento y se centra en el eje que nuestra voluntaria periferia ha definido. Ese centro del universo, ese centro de nuestra calma, es el punto en el que todas las cuestiones son desahuciadas. Donde el principio y final de nuestra vida y nuestra muerte se encuentran para ver entrar nuestras piernas en nuestras propias fauces; ocurre mientras algo superior a nosotros se deleita del espectáculo de ver cómo nos devoramos a nosotros mismos para encontrar lo que somos. 


Terrible imagen que nos enseñan la dirección innegable que debemos seguir para cerrar el círculo del sentido superior de todo. 

miércoles, 26 de junio de 2019

Limpiar el espejo. 54



Puedes hacer muchas cosas, pero pocas tienen sentido si lo más profundo de tu ser no opera en sintonía con el gran plan universal. Lo conferimos como algo escurridizo, inefable, pero se revela como una tormenta permanente de desconcierto en lo que lo único posible es evitar la zozobra. Mantenerse en el equilibrio que responde a un eje claro entre mente y alma, entre consciencia e inteligencia, entre serenidad y razonamiento. Aparecen como antagónicos pero navegan juntos en el desconcierto caótico de este eterno maremágnum.
La mente no puede con él, pero la suavidad de un tacto educado puede configurar una nueva matriz en nuestro pensamiento, puede aproximarnos al borde de un precipicio que es a veces lejano y otras se torna muro ante nosotros. El límite nos aproxima a la caída o al imponente ascenso de una pared vertical. Es una guillotina permanente que asciende y desciende mientras intentamos evitar caer en su vacío, ser cortados en su descenso o agarrarnos como podamos para subir con su impulso.
Nuestra reserva de fuerza viene acorde a esta premisa ancestral, vivir intentando sujetar lo inaprehensible, como si fuésemos el resultado de una organización interior insospechada en la que millones de sujetos intentan gobernarse a ellos mismos como un todo unificado. El cielo dispone normas, directrices, modelos. Nosotros navegamos entre los vaivenes del desconcierto mientras pretendemos saber algo imposible. Mientras una parte misteriosa y profunda de nuestros ser nos invita a intuir que tan solo el equilibrio es nuestra meta, que estamos para surfear la tormenta perfecta que nos ha provocado, como si no fuésemos más que un fragmento de espuma en una ola que se inicia y se extingue sin que podamos participar en ella más que lo acordado.
El libro nos invita a plantearnos un modo de quietud activa, una forma de interpretar lo que ocurre desde el sentido directo del corazón, asumiendo la falta de sentido lógico que puede tener todo, es nuestra mente la única que lo pide, el mecanismo sigue funcionando sin este prerrequisito.
Pero la sensación de paz la tenemos pegada a la de ser conscientes de que todo esto es para algo, olvidando que la pregunta y la respuesta surgen de un sinfín de cuestiones que no comprometen el conjunto de sucesos. Es un juego de palabras donde palabra, significado y emoción han sido previamente fabricados por una extraña singularidad inesperada.
Esta quietud silenciosa, esta calma voluntaria, esta eterna paciencia de esperar un final es una forma de sentir la sucesión de momentos que atribuimos a nuestras historias. Somos algo, debemos descubrirlo, sin vínculos a lo productivo, sin necesidad de trascender a un infinito, sin menoscabo de un sentimiento real y sincero fruto de momentos que ya no recordamos.
Descubrir nuestra esencia nos permite vislumbrar nuestra misión dinámica, activa, responsable, continua y excitante. Saber que podemos ir en una dirección, que podemos decidir esa dirección y que tendremos herramientas para superar los obstáculos, o inteligencia para buscar alternativas, eso es ya de por sí un sentido implícito en el Dao.
Ese es el espejo que debemos purificar, el cristal que refleja todo lo que imaginamos que somos. Hay que limpiar las motas de polvo adquiridas, las que nos pegó la religión, la historia, la cultura, la educación y todo aquello que se cruzo en nuestro camino arañando la esencia cristalina que nos puede decir qué somos, cómo somos y hasta dónde podemos llegar.
Limpiar el alma empieza en el pensamiento. Limpiar el pensamiento exige crear otro pensamiento que observa, que descubre, que fija, que contrasta, que somete y que cristaliza aquello que es conforme a destino. Ese segundo pensamiento es la mente que no es mente, es el silencio verbalizado sin palabras, es el diálogo entre la parte de nuestro cerebro que piensa y la parte de nuestro cerebro que sabe. Un diálogo permanente en el que lo ancestral regula lo inmediato, en el que las células del origen se imponen a las células que mutan permanentemente imaginando que son tan inmortales como las otras. Esta es la cuestión verdadera. Este es el discurso acallado para dejar de oír sintiendo la realidad de lo que somos. Solo entonces el cielo desvela su misterio alternativo, su sin sentido reflexivo para que nuestro espíritu refleje toda su luz en lo que nos ha tocado existir.
El fruto es la solidez, la montaña que protege y que dispone sus caras a voluntad, independientemente del lugar en el que el sol decide proyectar sus luces y nuestras sombras. Nada está fuera de nosotros más que nosotros mismos. Nada puede condicionar nuestro centro más que aquello que obtenemos desde fuera para lastimarnos y castigarnos sin descanso. Un castigo que es una alarma, un ruido, una advertencia de que estamos contaminando sin saberlo algo que debe permanecer impoluto. Este sentido que nos marca el Dao es la excelencia interior, es la conciencia de esta excelencia y el papel relevante de mantener limpio el legado, el espejo que evoluciona en un contacto puro del pensamiento interior para que lo perfecto experimente lo imperfecto y consiga consolidar para siempre un orden mucho más allá de la tormenta.

martes, 23 de abril de 2019

Seguir sin detenerse. 53



Aferrarse para sucumbir no parece muy inteligente. Estar en lugares de peligro, lugares en los que la manada está expuesta de continuo, quizá solo atrae el interés de aquellos que devoran todo a su paso. No es lógico enquistarse en uno mismo para saborear de forma interminable el elixir de lo conseguido. Al menos la conciencia de haber logrado lo que nos proponíamos ya es regalo suficiente antes de marchar.
Nos quedamos retozando en esa sensación placentera que no es más que una chispa de los mil fuegos que nos esperan. No tiene sentido esperar ahí, hay que seguir la ruta porque el camino no descansa. Se tuerce, se empina y, a veces, se convierte en un vacío que atravesamos sin ningún punto desde el que empujarnos o frenarnos.
El vacío final nos recogerá con la inercia que nuestro presente nos va prestando poco a poco, de ascenso, de descenso o hacia la quietud de quedarse allí donde ningún viento nos será propicio para el avance.
Es difícil enfrentarse a las sensaciones de placer con la que nuestro cerebro nos dibuja el momento. El hace lo que tiene que hacer. Sin embargo, nuestro espíritu, un modo de pensamiento que está por encima de los demás, no puede aletargarse drogado por el placer recompensado que le regala nuestro yin más pesado. El deseo, la atracción, el placer, aunque son magníficas fuentes de recuperación en el camino, no son en esencia más que pequeños fragmentos que configuran un escenario infinito de progreso o retroceso.
Subimos, bajamos, nos hundimos o flotamos según el peso que nos confieren nuestras decisiones en activo; pero es fundamental seguir la corriente, nadar a veces en contra para entrar en las bifurcaciones que, en el fondo, reconocemos como nuestras.
Seguir siempre en el punto que una vez nos dio la vida es una forma torpe de agotar su efímera consistencia. Quedarse allí cuando no queda nada del calor primigenio, es dar vida a la añoranza, a la nostalgia de esperar que algo que falleció vuelva a estar entre nosotros. Nosotros volveremos a estar frente a ellos cuando los caminos que recorremos converjan en el flujo interminable de la existencia.
Sin inercia no habrá movimiento, aunque la razón nos insista en decirnos que todo esto forma parte de nuestro propio teatro, de nuestra propia incapacidad para asumir nuestra desaparición definitiva. No la creo nunca. No puedo hacerlo porque descartada de mis instantes más profundos, he visto luces que no son creadas, no son efluvios de pasados vividos o imaginados. Son pura luz esperando a que completemos nuestra misión evolutiva. Estamos aquí para algo y lo sentimos en la parte más profunda de todo este yo inexplicado.
Oiré sin reparo los ruidos de las razones que nos rodean, pero siempre con la duda de si esas personas enfrentaron sus ideas con el calor profundo de un espíritu meditando en la sombra más oscura de su alma, una sombra que esconde en su centro dividido un fragmento de luz y oscuridad para matizar nuestros detalles más inadvertidos.

martes, 12 de marzo de 2019

¿Cuál es la gravedad del alma? 52



Todo nuestro universo se configura en un entramado de llenos y vacíos. El agua por sí sola no sube al lago, no asciende al cielo y no penetra la tierra si no es por la fuerza que le otorga lo que llamamos gravedad.
El cielo es el que impone las reglas de este juego de fuerzas que aún no hemos explicado. La mente de la sabiduría detesta entrar en el juego dialéctico que pretende penetrar lo insondable, pero reconoce su efecto, complementa su sentido y adquiere la intuición irracional de saber lo que el lago, la tierra o el trueno le presentan inexcusables.
Es el sabor de esa inercia a la que el alma se somete la que permite alcanzar el elixir de la sabiduría, ese que eleva al hombre desde su mínima materialidad hasta el máximo reflejo que la sombra de su tenue sabiduría puede proyectar en este cielo oculto a nuestros ojos.
Es el amor del silencio el que insinúa este misterio; no podemos verlo, no podemos tocarlo, no podemos más que percibir su acción en los menesteres que esta fuerza nos regala. Empuja el agua y el agua es la metáfora siempre utilizada. Sin embargo el agua no es más que respuesta sin oposición. Es pura naturaleza respondiendo al baile celeste que empuja nuestras almas contra el suelo y extrae a cuentagotas un espíritu del que siempre dudamos.
La fuerza del universo es la madre de las respuestas que el agua nos presenta como verdades absolutas, solo emulando esta natural réplica ante la fuerza del cielo podemos completar un destino más elevado que el de una piedra. Sólo admitiendo transparentes las fases de la vida, los remolinos, los estanques y el libre fluir favorable, nos acercamos a emular su recorrido.
Este es el segundo objeto de nuestra armonía. El flujo que el empuje o la tracción generan, marca la dirección, marca la intensidad, marca la conformidad y todo lo que podemos atribuir meramente al movimiento. El alma en esto es también como el agua pero menos fría. Es silenciosa y pertinaz en el objeto de sus anhelos, lucha y se debate por no ser absolutamente respuesta, quiere también preguntar y ser pregunta a la vez. Esa pregunta que entendemos que el cielo quiere provocar desde sí mismo, para poder entretener su eternidad en la incertidumbre del conocimiento absoluto de sus propias cuestiones axiomáticas.
Percibir desde fuera este debate nos acerca tanto al infinito que parecemos elevarnos pese a que, al ser conscientes en ese instante de ese viaje ascendente, esa misma percepción nos hace descender de inmediato. Con estas reflexiones en la mente y en el corazón, ¿no es acaso la consciencia para el alma la misma gravedad que afecta al agua en su discurrir por la tierra?

domingo, 24 de febrero de 2019

Cielo y tierra tensionados. 51



Sucumbimos casi siempre a la idea de que debemos mirar por nosotros como si todo nuestro ser fuese imperecedero. En el texto se insinúa, una y otra vez, que trabajamos en algo desfasado porque el aliento continúa su tránsito anterior a nosotros y nos abandona después de atravesarnos.
Esta invitación no es gratis. No apunta a un dejar de hacer, más bien nos muestra la importancia de entender lo que nos toca. Unas veces brillar, otras dar sombra. A veces nos toca ser silencio y otras un ruido que ensordezca lo suficiente para que el resto deje de oírse un instante a sí mismo.
Ese sí mismo no es la reflexión, no es la aparente garantía de falso conocimiento que nos refleja en nuestra consciencia un mero proceso de interacción compartida.
El cielo es cielo y la tierra es tierra. Ninguno de los dos se afana en ser el otro por más dura que sea la aridez del terreno y más volátil la etérea inconsistencia del vacío celeste. Presión hacia afuera y presión hacia adentro configuran estas dos polaridades que tensan la madeja de la energía que se manifiesta como el ser que podemos percibir y que percibe. Una pulsión eterna y permanente de otra naturaleza imposible de comprender.
El reflejo que percibimos de todo es solo un subproducto de sentidos que están ahí para crear la experiencia, para saborear la digestión de vidas a la que el cielo y la tierra acuden en festín. No somos, no vamos, no venimos, simplemente existe algo que no termina de sentirse del todo. Ese anhelo sin significado configura nuestra permanente duda existencial en un minúsculo eco compartido del tiempo y del espacio sin sentido humano.
El ser, el individuo que se libera de su yo personal prefabricado, accede al escenario de la infinita pugna tensionada que vomita sus ondas provocando lo que entendemos como universo. La más recóndita y pequeña chispa vibratoria de este infinito balcón al que nos asomamos en el silencio, ese infinitamente pequeño fragmento irradiado, forma nuestra interioridad buscando el otro extremo de su expansión reduccionista. Una contradicción que no podemos abordar desde nuestra simple dimensión trinitaria.
Lo enorme buscando entrar en lo pequeño y lo pequeño pretendiendo devorar a lo enorme, sin que ninguno de ellos sea capaz de hacer otra cosa más que eso porque, en definitiva, eso es.
En toda esta orquesta de orden y caos, nace la luz de la vida que percibimos, que experimentamos, que sentimos como propia. Sentir ese regalo ya es suficiente. No tenemos que ser ellos, tan solo estar y bailar la danza infinita al ritmo que el cielo nos regala y en la superficie que la tierra nos ofrece. El regalo es constante hasta el final y el ritmo es nuestro objetivo. Ser capaces de danzar este baile sin protagonismos inmerecidos, entendiendo que cada giro de nuestro cuerpo tiene más que ver con la corriente que lo produce que con nuestra voluntad de definirlo.
Por eso, el sabio que entiende este sin fin de situaciones, tan solo baila la vida con lo que el cielo le otorga, e intenta no perder el centro que le permite girar y girar sin descanso, en espirales que le hacen comprimirse o elevarse según sea la inercia que su presente terrenal heredó de su pasado celeste.

sábado, 2 de febrero de 2019

Hembra misteriosa. 50


Misteriosa la atracción que produce el vacío, como si nuestra imagen se perdiera y eso iluminara nuestra propia vacuidad. Ver el cielo y la tierra desde un mismo punto vacío en el que salimos solo para buscar permanentemente adentrarnos de nuevo en él. Qué misterio envuelve el sentido de todo esto, qué infinita cuestión irresuelta dando vueltas a nuestros presentes, distorsionando nuestro pasado y afilando futuros que quizá serían otros.
Al amparo de ese vacío excluyente salimos a un mundo que nos rechaza, nos encontramos con la necesidad de respirar con esfuerzo, de subir las cuestas de la vida para llegar al fondo de nuestro ser; que contradictorio un esfuerzo de subida para realmente bajar al inframundo de lo que somos.
Es irónica esta atracción recíproca de nosotros hacia el vacío y del vacío hacia nosotros. Nos aleja del cálculo como medida de sentido y nos adentra en el caos como certeza absoluta de nuestra imposibilidad de ser caóticos. Ese yang infinito que nos contiene coexiste con el yin infinito que somos vislumbrando con claridad el vacío que prospera en nuestros adentros. El rio de lo perenne sonríe y la risa se torna latido en el corazón del que siente que está existiendo para algo.
Camino y sentido se bifurcan adormeciendo la conciencia mística que buscamos. Es el eje de esta espiral maliciosa el que sucumbe al encanto, a la belleza, a la atracción infinita de lo simple, de lo que sumado infinitas veces sigue garantizando su simplicidad. Es lo complejo una maraña en la que nos enredamos buscando el origen del buscador que nos busca.
Cielo y tierra parten de ella, la hembra misteriosa que inmortaliza nuestro espíritu. El femenino es la salvaguarda, el calor de la vida otorgada y de la muerte acogida cuando nuestro último recuerdo vital se centre en nuestra madre, en su interior, conteniendo lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos siempre.

lunes, 28 de enero de 2019

Perros de paja. 49



El acento de nuestra perspectiva determina el contenido que acumulamos. Lo volcamos sin descanso desde el exterior en espacios interiores que no hemos terminado de comprender. La voz que escuchamos nos parece de otro mundo, pero nos engaña el velo de la oscuridad que construye nuestra permanente generación de ideas.
Ese acento derivado, una y otra vez, al abismo de las profundidades insondables, el espacio de lo que realmente nos conecta con el cielo y nos arranca del suelo, es la clave misteriosa que por si misma se desvela. Es la llave que nos abre la puerta al infinito cuando dejamos de admirar la cerradura.
Por eso aferrarse al detalle es una forma estúpida de evitar la expansión natural a la que nos invita la semilla real del saber, esa que intuimos pero que apenas podemos sujetar desde la rutina sumatoria de síes y noes. Su naturaleza es el flujo no la quietud, su interés para nosotros trasciende la conciencia simple de lo que somos, se aleja de nosotros para enseñarnos nuestra sombra desde lo lejos.
Somos nada simulando perros de paja cuya simbología demuestra que la materia sucumbe tarde o temprano, que la transformación por el fuego es una constate que ilumina este universo ardiente, este flujo que atraviesa y configura lo que entendemos como alma.
No somos más que un vacío perecedero con posibilidad de escuchar el eco en nuestra vacuidad misma, tanto eco como vacío interior podamos crear despidiendo, una tras otra, todas las creaciones vaporosas a las que nos invita el intermediario.
Saber algo y olvidarlo para comprender lo que queda en nuestro eterno alambique, lejos de ser una forma de acumular, se convierte en un modo de permitir que el flujo nos disperse en partículas que, alejadas en el espacio y el tiempo, siguen teniendo coherencia.
El que ve la estúpida llantina del hombre mundano, el que siente su profunda irrealidad, necesita acceder al reflejo de su corazón para encontrar el saber real que le conecta al otro, necesita ser el otro para escuchar su sufrimiento y someterlo al juicio de su eco interior. Es en ese momento cuando el otro significa, cuando podemos ver su vacío o su lleno de miseria y compadecer el complejo calvario autoinfligido, o admirar la suma de ambas resonancias haciendo vibrar el cosmos en el fragmento más breve de espacio y tiempo posible. El alma es sin ser cuando dejamos de estar.