miércoles, 28 de noviembre de 2018

Vaciar el Yin y llenar el Yang. 47


Un orden universal aparentemente alterado es el resultado de encumbrar a la inteligencia por encima de la intuición. Los sabios de antaño promovían este pensamiento ofreciendo fórmulas impensables en nuestro tiempo. No usar la inteligencia parece una metáfora imposible de descifrar desde la atalaya de la sociedad del conocimiento, parece imposible de admitir.
Sin embargo, los maestros hablaban desde profundidades a las que la mayoría de las personas actuales no nos hemos asomado. Son espacios del entendimiento en el que se parte de una serie de bases predefinidas que simplemente hemos descartado centrándonos en el humo de la hoguera.
Lo simple frente al mensaje es descartar su complejidad. Lo inteligible es solo la superficie de una idea que puede tener múltiples estratos; formas mentales que nos lleven a afirmar precisamente lo contrario de lo que aparentan las palabras que pretenden definir la idea.
Quizá por eso, el gobierno del sabio que invita a que la gente no tenga conocimientos es algo mucho más profundo que el mero escaparate de estas palabras. Intentar abordar la razón sabiendo que esta es el eco desdibujado de otros procesos ocultos, inmensos y mucho más poderosos, le debería quitar cualquier atisbo de credulidad incuestionable.
El pueblo como masa sabe pero no conoce, relaciona superficies pero no engarza profundidades, estima futuros aparentes desde lógicas mecanizadas, ese pueblo puede llevar al desastre a la humanidad si no se le invita a calmar su pensamiento y a dejar de intentar explicar lo inexplicable.
En esta tesitura se mueve este apartado del libro que resulta, cuando menos, muy conflictivo para el intelecto democrático posmoderno, un intelecto que se ve atacado y reacciona de inmediato descalificando la mera raspadura de lo que oculta el sentido real de las palabras.
Apuntamos a lo externo de las cosas, a los gurús, a las riquezas, en definitiva, a aquello que se torna deseable desde un ego que quiere estar por encima de la media. Esto fomenta la guerra incesante por ser más, por aparentar más, por obtener más, más superficie para demostrar que en el mundo de la nada somos aun menos que nosotros mismos.
Llenar el estómago es volver a lo real, al centro del proceso, a la experiencia vital inmediata y constante en la que todas estas fantasías posesivas se disipan. El estómago aparece aquí como tierra en la que sembrar las raíces que debemos cultivar con la paciencia y el conocimiento profundo de las cosas, ese que no se puede apenas describir de forma justa.
Lo profundo de nuestro cuerpo son los huesos, esos que el maestro nos invita a robustecer como indicando que debemos dejar la piel y sus arrugas para adentrarnos en la estructura sólida de nosotros que da soporte al resto, esa estructura que sobrevive a nuestra desaparición material definitiva.
Ordenado desde el interior hacia el exterior, el sabio confía en nutrir su esencia sin permitir que le venza nada de lo que su mente superficial fabrique para confundirlo. Esa razón vinculada al ego, esa magnífica herramienta para la interacción entre personas, es la clave que debe ser educada y valorada sólo en su justa medida. El orden depende pues de poder mantener este equilibrio entre una inmensa profundidad desconocida y una leve superficialidad sobrevalorada.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Un leve nudo en mitad del flujo. 46



La función desapegada que nos exigen los momentos que intercambiamos ameriza a diario en un mar tumultuoso. Un océano de incertidumbres que hacen zozobrar la nave de nuestra vida y dificultan su estable posicionamiento. Es tan complejo saltar como caer, tan difícil aceptar el impacto exigido del suelo como la sensación de flotar en un aire que le robamos al cielo por momentos. No podemos tomar partido sabiendo que lo bello y lo feo son relativos.
Todo obedece a leyes de orden mayor. Si insistimos en la luz, la oscuridad nos envuelve con más fuerza si cabe. De puertas para afuera no merece la pena intentar nada que vaya más allá de la mirada, nuestra mirada llena de amor y compasión.
Es imposible sustraerse de esta norma y excesivamente familiar implicarse en aquello a lo que el libro nos invita a separarnos. Sin embargo, sabemos de sobra su certeza y caminamos por los bordes de este intento permanente de no ser, de no actuar, de no intervenir.
Sólo dominamos el decidir, nada más. El cielo y la tierra juegan con nuestro exterior mostrando y quitando todo aquello que le place a un orden que surgió sin nosotros. Es ahora, en nuestra conciencia perceptiva de todo este infinito maremágnum, cuando entendemos que no hay mayor aprendizaje que descubrir nuestro centro para no zozobrar en el tumulto. Sólo podemos trabajar desde dentro aquello que pretendemos encontrar fuera.
Todo, absolutamente todo lo que nos rodea, es un caos sin orden aparente. Es ir y venir, subir y bajar, esconderse o relucir, es todo y nada a la vez. En el medio, entre ese cielo y tierra en tensión permanente, el nudo que somos se desata lentamente, año tras año, hasta que el continuo se deshace de nosotros y fluimos hacia arriba o hacia abajo, según sea la inercia sumada de nuestras voluntades.
Decidimos estar, aprender las leyes del instante, del presente, del ahora. Las otras son imprevisibles por más que queramos controlarlas. Estamos sin dirección definida hacia afuera, pero con el eje de la percepción interior claramente definido. Es el ego el que al compararnos, al medirnos, al posicionarnos, nos hace partícipe de un juego sin reglas al que no estamos invitados a jugar. El resultado es siempre el mismo.
Es preciso observar, estar tranquilos y, en el silencio de nuestro templo interior, permanecer expectantes cogiendo aquellas corrientes que más representan el sentido, esa sensación de estar realmente en el lado correcto de la polaridad conteniendo el germen infinito de su opuesto.
Fluctuamos sin descanso y no debemos permitir que el constructo que elabora la última parte de nuestra mente construida tome las riendas de nada. Es joven, inmaduro y osado. El arte de la vida es el arte de esperar pacientemente disfrutando de todo aquello que va a menos velocidad que la impuesta.
Esta velocidad que aumenta por momentos, es el resultado inevitable de ir bajando en esa ola que tarde o temprano llegará a costas que no conocemos. Podemos estar en ella, observar todo lo que nos rodea y disfrutar de la experiencia de ser conscientes de todo. Infravalorar este regalo es un insulto a poderes superiores que no entenderemos en esta vida materializada.
Es preciso que el espíritu de lo humano tome las riendas del camino que conoce; lo sabe porque viene de allí y es allí a donde nos dirigimos. Solo entonces aprendemos de ese maestro infinito que es el instante.