lunes, 29 de octubre de 2018

Misterio de los misterios. 45



La diferencia entre lleno y vacío va mucho más allá de la apariencia, se aleja de cualquier reducción a la que nuestra mente nos invite. Esta voluntad de ajustar los significados para que lo enorme quepa en lo minúsculo es tendencia natural de lo limitado. Lo hacemos porque sólo así podemos atisbar algunos de los matices del aroma absoluto.
Llenar y vaciar un vacío que parece estar lleno, un juego de palabras y un sin sentido a la lógica que gobierna nuestros actos. Es el principio inmanente de todo el que debemos aceptar como inalcanzable.
Percibir un poco no es mucho, pero compensa el vacío total al que nos termina llevando cualquier encadenamiento racional. Lo intentamos solventar imaginando realidades irreales porque esa es la naturaleza de nuestro pensamiento, poner imaginado lo que creemos que falta.
Pero falta tanto que poner que tan solo fragmentamos ligeramente la razón. Lo hacemos para que la luz que se filtra desde el infinito ilumine sin sentido todo lo que hacemos y somos. Ser y no ser, tener y no tener, siempre viajando de una reflexión a otra mientras en el transcurso estroboscópico de nuestro pensamiento acelerado vislumbramos penumbras, sombras, arquetipos que nos señalan un más allá incuestionable.
El Tao está ahí, es indiscutible el orden y concierto de la conciencia, la fragilidad de lo construido, su impermanencia. Intentamos nombrar pero erramos, intentamos dejar de pensar en él y nos llega algo que suscita de nuevo nuestra curiosa insistencia. Este vaivén de saber y no saber es el baile de la vida, el espejismo en el que se aparecen y desaparecen nuestras emociones, nuestros recuerdos, nuestros sentimientos. En la oscilación del alma recogemos y depositamos cosas de un lado a otro llenando y vaciando cosas que son vacías y llenas a la vez.
Sin discutir nos entregamos a una u otra parte del desempeño creyendo hacer siempre lo correcto, aquello que nos dicta nuestro instinto que no es más que reflejo.
El alma vuela en los sueños y nos despoja de la certeza de lo tangible, reproduciendo sin materia todo aquello que creemos sentir en exclusiva en el mundo, eso que llamamos realidad. Soñamos o estamos despiertos, estamos soñando que soñamos y, a la vez, despertando permanentemente desde el mundo de lo oculto.
Lo sabemos, no necesitamos reflexionar sobre ello, pero la dureza de la vida, la inconsistencia de todo lo que existe en relación a algo más, desbarata cualquier tranquilidad que esta certeza nos podría regalar. Por eso el sabio se escapa, huye a la montaña para excluir de la ecuación los roces ruidosos de la mera convivencia de los seres. Prefiere la compañía de la luna, el susurrar del viento entre los árboles y el suave sonido de los animales que viven en el mismo espacio pero sin estorbarse.
Ese vacío es el principio de los seres, es el final de lo que queremos creer en esta madre tierra que nos construye célula a célula, aliento a aliento, sueño tras sueño. Solo en el brevísimo espacio que divide el sueño de la vigilia, en esa grieta minúscula en la que la razón baja la guardia, adquirimos las certezas que el día y sus secuaces intentarán arrebatarnos. Es en ese momento en el que somos conscientemente inconscientes y el Tao, el que no podemos nombrar ni describir, se manifiesta en nuestro corazón para sugerirnos seguir caminando sin preguntas.

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