viernes, 12 de octubre de 2018

La mitad izquierda de la tablilla. 44



A veces el texto que nos propone el maestro es tan complejo, tan oscuro, que no acierto a comprender si su intención es forzar la llama que se apaga, o simplemente invitarnos a ver el abismo de la locura que entraña el intelecto.
Intentamos comprenderlo todo con la parte más superficial que nos compone. Algo así como si la espuma del mar, tras el estallido de la ola, pretendiese ser reflejo de su magna profundidad.
Este estrato externo, el que nos hace ver y sentir el resto de percepciones con sus destellos, es nuestra esperanza y a la vez nuestra amargura. Tan solo en el presente profundo podemos sobrevivir al anhelo de un pasado cargado de culpas, rencores, dudas y errores. Tan solo en este inmediato presente evitamos ser arrastrados por un futuro lleno de expectativas, proyectos y locuras que, en definitiva, no son más que destellos inexistentes de realidades imaginadas.
Es este el instante donde nada de esta irrealidad puede sobrevivir y descargar sobre nosotros la semilla infeliz de lo irreal, de aquello que pretende cristalizar para siempre el flujo incesante que debemos percibir sin menoscabos. Imaginamos realidades medibles para evitar infinitas circunstancias.
Confundidos entre la función y la forma describimos un mundo en el que no cabe el espíritu. Nos reducimos voluntariamente para poder encerrarnos en algo limitado, algo describible, algo explicable por reglas tan simples como un sí o un no, sin comprender que un paso más allá está, impredecible, lo perpetuo. Somos presos de la parte más débil de nosotros, la más vulnerable y la menos estable. Aquel que cultiva la influencia sabe bien la normativa para hacernos caer en sus trampas.
Reponer el orden de las cosas es imperio del bien para nosotros. Es ahí, en los dominios del espíritu, donde nadie más que nosotros y el ahora gobiernan. Es ahí donde el miedo se disipa, la duda se restringe, el amor eclosiona y la bondad se manifiesta como la esencia de lo natural condenada al desprestigio.
Despertar al espíritu es un acto original. Una acción desde la inacción de alimentar la espuma que se disipa. Sólo ello nos compone y vibra permanente en la música del cielo que negamos, del dios que discutimos y del alma que pretendemos suplantar con números y medidas.
El camino del Tao es el camino del espíritu, del silencio, del presente, del amor y del despertar. Es el punto sin retorno en el que ya no encaja ningún tipo de pregunta. Es la base de una fe inquebrantable que usa la razón como herramienta para negarla a ella misma sin ningún género de dudas.
Esta certeza nos regala el silencio interior, nos decanta por el presente y nos muestra sin velos la realidad del alma. Y lo hace enseñándonos a amar la existencia y regalando a la vida lo mejor de su producto a través de lo mejor de nosotros, lo más puro, lo menos contaminado. Esta es la mitad izquierda de la tablilla, la que el maestro nos invita a guardar. Quizá deberíamos colocarla tras el sentido de justicia, ese que nos otorga lo infinito cuando lo sentimos con claridad desde el corazón. ¿Qué duda puede caber en un universo de certezas?

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