martes, 25 de septiembre de 2018

La fuerza del fluir. 43



Explotamos convencidos de nuestro éxito venidero. Pensamos que un mero amasijo de fibras musculares puede más que una tormenta del desierto. Estamos tan acostumbrados a imaginar a seres todopoderosos que olvidamos nuestra minúscula insignificancia en el engranaje infinito que mueve el universo.
Si bien este olvido se torna imprescindible precisamente por la conciencia clara de esta diferencia de magnitudes, ¿cómo soportar el peso de una claridad tan grande? Somos pequeños pero grandes nuestras aspiraciones que no cumplen los mínimos de adaptación. No podemos contener en nosotros el universo porque no hay continente ni contenido que crear o percibir, solo magma infinito.
Ese magma fluye como el agua, tiene propiedades líquidas en la interacción permanente de todas sus partículas. Cuando algo se mueve todo se mueve. Cuando aumenta la temperatura ocurren ciertas cosas, cuando disminuye ocurren otras. Todo el juego del flujo depende de la temperatura y esta, aunque podamos darle mil explicaciones, está ligada al roce y a la presión entre las partes.
Convivimos rozando y presionados, aumentando y disminuyendo distancias relativas que, sin darnos cuenta, nos acercan a nuevos aspectos diferentes de aquellos de los que nos alejamos. Allí de nuevo roce y presión.
Flujo es la palabra mágica que describe la armonía de este líquido, a veces gas, a veces sólido, que nos compone. Ese flujo requiere conciencia de agua, visión de agua, adaptación de agua, contundencia de agua. Fluir sin descanso en el trasiego de la vida mientras acumulamos, evaporamos, congelamos y hacemos correr a raudales todo lo que somos, todo nuestro entorno, nuestras relaciones, nuestras emociones, nuestros pensamientos, nuestros razonamientos…
Estamos fluyendo aun sin percibirlo, el aire, la sangre y la energía por dentro; el viento, el agua, las gentes y el dolor por fuera. Estamos y al instante hemos pasado incluso de nuestra sombra. Nunca es el mismo el río que observamos y nunca somos nosotros mismos si conseguimos mantener el equilibrio entre las extremidades del frío y el calor.
El agua es el símbolo que nos define cuando se acaban los argumentos descriptivos. No tienen sentido en el ayer ni en el mañana, todo está ocurriendo, todo está pasando.
En esta ola en la que navegamos siendo viento y agua a la vez, solo cabe dejarse mecer sin oponerse, dejar que nuestro impulso primigenio nos guíe sin más razón que la advertencia de que hay obstáculos que exigen modulación, de que hay situaciones en las que endurecerse solo garantiza la quebradura inmediata. Otras, requieren un roce que el vapor no puede garantizarnos. La justa medida de ambas es la que certifica la permanencia y el flujo entre la voluntad del agua de los riñones y el espíritu profundo del agua del corazón. Si somos agua en tan gran medida y el universo se adhiere a la norma ¿por qué no aprender de ella?

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