martes, 17 de julio de 2018

¿Ser o no ser el verdugo?




¿Quién soy? ¿Cuál es mi cometido? ¿Hasta qué punto es este mi camino? Estas preguntas invaden el alma de cualquiera que reflexiona en la dirección interior. Podemos sucumbir al pensamiento y desviar nuestros objetivos sin apenas darnos cuenta de ello. Miramos para otro lado intentando, sin querer, evitar las cuestiones que son verdaderamente fundamentales.
El vacío nos llama, pero nuestra mente indiscreta se esfuerza por llenar todo el espacio en el que manifestar lo que esencialmente somos. Retomar ese camino, el del solo de violín (consciente) que apenas es acompañado ocasionalmente por la orquesta (de razonamientos interminables), es la vía desde la que podemos entender fugazmente nuestro destino. Una comprensión tan rápida, tan directa, tan profunda, que no deja rastro en la razón para divagar sobre ello. Instalada en el alma profunda nos aclara las cuestiones trascendentales que tanto nos inquietan, dejando al corazón como emisario.
Superado el bache toca saber qué nos corresponde. El libro nos habla del momento más duro posible, un escenario en el que intervenimos apagando una vida. ¿Es ese realmente nuestro cometido? Cada uno porta su sentido y su Tao personal que no siempre es el de la violencia. La vida es dura y llena de contratiempos pero siempre habrá lobos, perros pastores y corderos. El lobo mata sin pestañear cuando la situación se lo propone, el perro pastor defiende el rebaño hasta sus últimas consecuencias, el cordero corre, se esconde y asume la muerte sin luchar cuando esta le cae literalmente encima.
El hombre en esencia no puede ni debe ser nunca un cordero. No puede ni debería ser nunca un lobo, ese es el sentido del pastor que dulcifica la rabia y que aviva el fuego de la supervivencia en todo el que lo busca para reflejarse en él. Si el Tao del hombre es a veces tan distinto, cabe preguntarse qué papel tenemos nosotros en ello.
Proteger, ser protegido o agredir ¿Cuál de las tres me corresponde? Acertar en esta pregunta es fundamental para avanzar sin demora a lo que nos concierne. Equivocarse es herirse en lo más profundo de nuestro sentido, es errar el tiro de la existencia para sufrir en ella las consecuencias del error. No podemos permitirnos esa herida porque toda la trama depende de ella, no somos sólo nosotros.
El corazón siempre sabe la respuesta y la razón está ahí para regular las acciones que nos competen, no para desbocar lo que esencialmente portamos como misión hacia la vida, por mucho o poco que esta se ajuste a lo que un día, equivocados, soñamos. Silencio, tranquilidad, certeza y determinación.

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