martes, 24 de julio de 2018

40 Los hombres están hambrientos



¿Qué entendemos por pueblo llano? Qué entendemos por los de arriba?
Malgastamos una parte importante del vivir planteando cómo poder hacerlo según la norma. Buscamos ser y tener antes que solamente existir conscientes de que esto, progresivamente, se acaba.
La merma de la vida es equiparable a un breve suspiro del universo en el que nos enfrascamos en tareas inútiles diferenciando esto de aquello. Los que pueden, los que tienen, los que gobiernan, son siempre aquellos cuya ambición, ego y avaricia supera la media de los circundantes. No somos pasto ni rebaño, pero lo parecemos cuando desatendemos nuestra sagrada misión de vivir libres de trampas.
El panorama siempre es oscuro si miramos de soslayo, percibiendo en detalle la tela de araña en la que estamos inmersos. Hablamos de red olvidando el significado real de esa palabra. Parece una broma en la que lo más evidente se diluye en lo ilusorio para mostrarnos en nuestras narices cómo muchos se alimentan de nuestras vidas.
Retomar el control es separarse de esta trama. Avivar el fuego de lo individual requiere renunciar a tantas cosas dulces como podamos. Adentrarnos en el camino oscuro y sinuoso de nuestro yo más profundo para rescatarlo de las fauces ilusorias que otros dibujan para nosotros, para tenernos inmóviles dentro del tejido que sustenta sus guaridas; cual arañas que atrapan insectos que sueñan en su capullo de tela inmovilizante que son libres para soñar.
¿Dónde queda el volar de nuestro espíritu?, ¿sólo en los sueños? ¿Acaso renunciar a este agasajo paralizante es revolucionario, es reaccionario, es imposible? Lo será más si sucumbimos a confundir el sueño enredado con la última realidad de libertad. Una libertad llena de peligros pero nunca menores que el destino que nos confiere estar situados y encapsulados donde otros han decidido que estemos.
No depender de ello, comunicarnos, observar la finura de los hilos que nos atrapan, su adherencia casi imperceptible, su invisible trama a nuestra primera mirada, es un primer paso para abandonar la vida corrupta que nos proponen y asumir el riesgo obligatorio de ser nosotros mismos sin tejidos que nos sitúen. El vacío del espacio es el entorno libre dispuesto para la existencia. Escapar se vuelve ahora una gran prioridad en nuestras necesidades inmediatas ya que la red crece, se fortalece y nos atrapa con más fuerza que nunca.

martes, 17 de julio de 2018

¿Ser o no ser el verdugo?




¿Quién soy? ¿Cuál es mi cometido? ¿Hasta qué punto es este mi camino? Estas preguntas invaden el alma de cualquiera que reflexiona en la dirección interior. Podemos sucumbir al pensamiento y desviar nuestros objetivos sin apenas darnos cuenta de ello. Miramos para otro lado intentando, sin querer, evitar las cuestiones que son verdaderamente fundamentales.
El vacío nos llama, pero nuestra mente indiscreta se esfuerza por llenar todo el espacio en el que manifestar lo que esencialmente somos. Retomar ese camino, el del solo de violín (consciente) que apenas es acompañado ocasionalmente por la orquesta (de razonamientos interminables), es la vía desde la que podemos entender fugazmente nuestro destino. Una comprensión tan rápida, tan directa, tan profunda, que no deja rastro en la razón para divagar sobre ello. Instalada en el alma profunda nos aclara las cuestiones trascendentales que tanto nos inquietan, dejando al corazón como emisario.
Superado el bache toca saber qué nos corresponde. El libro nos habla del momento más duro posible, un escenario en el que intervenimos apagando una vida. ¿Es ese realmente nuestro cometido? Cada uno porta su sentido y su Tao personal que no siempre es el de la violencia. La vida es dura y llena de contratiempos pero siempre habrá lobos, perros pastores y corderos. El lobo mata sin pestañear cuando la situación se lo propone, el perro pastor defiende el rebaño hasta sus últimas consecuencias, el cordero corre, se esconde y asume la muerte sin luchar cuando esta le cae literalmente encima.
El hombre en esencia no puede ni debe ser nunca un cordero. No puede ni debería ser nunca un lobo, ese es el sentido del pastor que dulcifica la rabia y que aviva el fuego de la supervivencia en todo el que lo busca para reflejarse en él. Si el Tao del hombre es a veces tan distinto, cabe preguntarse qué papel tenemos nosotros en ello.
Proteger, ser protegido o agredir ¿Cuál de las tres me corresponde? Acertar en esta pregunta es fundamental para avanzar sin demora a lo que nos concierne. Equivocarse es herirse en lo más profundo de nuestro sentido, es errar el tiro de la existencia para sufrir en ella las consecuencias del error. No podemos permitirnos esa herida porque toda la trama depende de ella, no somos sólo nosotros.
El corazón siempre sabe la respuesta y la razón está ahí para regular las acciones que nos competen, no para desbocar lo que esencialmente portamos como misión hacia la vida, por mucho o poco que esta se ajuste a lo que un día, equivocados, soñamos. Silencio, tranquilidad, certeza y determinación.

jueves, 12 de julio de 2018

Valentía y temeridad se superponen sin descanso



La gran dicotomía radica en los extremos que los textos antiguos nos invitan visitar. No estamos en línea entre lo que sí y lo que no, sin embargo, parece que todo lo que hacemos ahonda en la idea de que vamos contracorriente.
Sin valor no podemos afrontar la fe que se nos pide. Sin mover montañas voluntariamente nos encontramos a veces con un magma inesperado justo bajo nuestros ojos, sin rojo ni calor, pero todo se mueve sin que nosotros podamos hacer más que navegar lo indescifrable.
Es infinita su complejidad y desnuda nuestra osadía al pretender adentrarnos sin una esperanza realmente consciente. Estamos ahí, esperando a un final en el que pretendemos entender lo que no conseguimos hacer en vida. Es difícil admitir esta propuesta sin pararnos a pensar. Es difícil pensar cuando la propia magnitud del problema invalida los minúsculos procesos de nuestro efímero intelecto. Es difícil SER cuando renunciamos a los recuerdos, la razón y nuestras expectativas. Vencer sin luchar significa claramente evitar la lucha directa, evitar la victoria y evitarnos a nosotros mismos. Sin lucha, sin vencimiento y sin nosotros solo queda ese Tao que esperamos ansiosos, como si el vivir dependiera exclusivamente de comprender este infinito desorden.
Pensar es numerar, medir, calcular y construir desde ahí castillos imaginarios en un plano que no es ni siquiera el reflejo real del sueño de algo que nos supera en demasía.
No somos adversos al cielo, no luchamos contra él; quizá solo protestamos por poder percibirlo sin entenderlo y eso, de antemano, parece invalidarnos dentro de nuestro pensamiento habitual. Esta es la clave liberadora que tenemos que afrontar: despedirnos del pensar, despedirnos del luchar por entender y de juzgar si en comprender hay acaso alguna victoria. No es más que el mayor orgasmo al que aspira nuestra razón sin aplicar sus procesos a intentar aceptar lo ilógico de la batalla.
No basta solo la fe y la esperanza, ser valiente significa medir el sentido que queremos otorgarle a este importante espacio de conciencia que se abre ante nosotros. Existir sin más es la temeridad de la que el libro nos advierte. Intentar ir más allá de lo posible es errar de antemano, no debemos ir sin ser llamados, la respuesta no es racional, es observar el discurrir de esta vida maravillosa que experimentamos con conciencia y envites constantes de lo que creemos calcular.
Quizá ser valientes no es más que esforzarnos por entendernos, ser reales y no esperar más de la vida que aquello que nos ofrece a través de nuestro esfuerzo, nuestra escucha y la liberación ocasional de todo lo que viste el escenario en el que creemos existir.