sábado, 3 de marzo de 2018

Saber

Thoth. Dios egipcio del conocimiento

Nos adentramos no por propia voluntad. Algo inherente al  Ser nos empuja a conocer de qué van los prolegómenos. No sabemos, pero creemos saber más de lo que pensamos. Llegamos a un tipo de conocimiento en el que la superficie enquista la voluntad de sumergirse. Lo hace para ofrecernos sabores diversos de una misma calaña innecesaria, pero que consigue el objetivo de confundirnos. Como si la razón, en su corteza juvenil, tuviese un sentido meramente operativo  para poder entender el paquete de sentidos entrelazados.
No vamos de saber, pero pretendemos conocer lo  incognoscible. Aumentamos nuestras perspectivas imaginando una miríada de variables posibles en las que se nos escapa, siempre, un factor fundamental. Estamos dentro de la mente, no fuera.
Todo está condicionado. Los colores se confabulan con los sonidos para que el viento acaricie nuestro pelo y el aroma de las flores nos haga saborear la primavera incipiente. Imaginamos que cada una de estas cosas es algo más que vacío sin dejar de tener razón al hacerlo.
Pero el susurro indescrito, el que hace que al conjunto le surjan sueños profundos en los que repetimos sin descanso el mismo olor, la misma cita, el mismo principio, no es visible en la mañana. Percibir el universo quizá solo sirva para revolcarnos en el sentir y evitar que la mente se hunda más hacia abajo.
Quizá allí no podemos soportar la presión, la falta de luz, el conocimiento de otros habitantes sin clemencia. Quizá, cuando nuestra humanidad se enfrenta a su propio sentido construido, esconde aquello que nos destrozaría un alma de cuya existencia no paramos de dudar. Basta mirarnos sin imaginarnos para percibirla en toda su plenitud luminosa. La parte oscura es la que subyace esperando su momento para atraparnos y llevarnos más allá de lo que en superficie podremos nunca comprender.
No es racional el sentido, no es conocimiento calcular, enumerar y clasificar. Es solo proceso temporal mientras el yang se torna yin de nuevo en su constante y macabra danza.
Imaginamos un silencio lleno de contenido y sobre él construimos fascinantes teorías que no son más que la pura matemática de los colores y las proporciones. Medidas de un mundo indescifrable que pretendemos corromper desde la ausencia.
El frio llegará, se perderá nuestro todo y apenas quedará en la superficie un fragmento vital que nos delate. El mundo olvidará, tarde o temprano, aquello que fuimos, que somos o que seremos. Solo entonces tendremos esas respuestas que buscamos, solo entonces podremos despedirnos y saludar en el umbral desconocido que siempre dibujamos sonriente. Los arcos de la entrada no tienen forma de sonrisa, están tristes o enfadados. Prefiero esforzarme en atrapar inclemente el ahora; en realidad mi única alternativa a la locura. Quizá el presente que se esfuma constante, me regale sentir algo efímero de lo que significa mi existencia.