jueves, 6 de diciembre de 2018

Espejismo vacío de lo aparente. 48



Vivimos en un entorno simulado. Nuestra mente orquesta colores, sonidos, olores y recuerdos aderezados con mil detalles del momento. Después compone una visión sensacional de lo que es, de lo que fue (modificado de nuevo) y de lo que será con todo el lugar a las dudas.
Esta construcción permanente nos ilumina una esperanza tan vacía como el principio existencial. No da respuesta, no las contiene, tan solo elucubra conjeturas en las que mejor no enmarañarse. Es el destino el que nos va abriendo las puertas tras cada tropiezo del que no podemos estar seguros de ser los responsables.
El alma no se escribe, no se describe, no sabemos si es o si no es. En esa duda navega la opinión del que habla de todo sin saber verdaderamente de nada. Sin conocer el principio de la línea es imposible deducir la causa de todos estos efectos que experimentamos dudando.
El vacío es la realidad, el lleno también. Establecer es congelar, determinar es fijar irrealidades que traspasan universos de los que también tenemos que dudar. Sentir es solo una experiencia construida con los fragmentos percibidos de un algo desconocido, por lo tanto mejor explorar el resultado, mejor sentir la feliz realidad de estar sin más hacia delante o hacia atrás.
El arte del amor nos enseña a crear la vida, el arte de la violencia nos enseña a destruirla, esa vida que experimentamos incierta, desconocida, con la apariencia de un sentido en un conjunto de sentidos aparentados. El amor nos aproxima a esta posibilidad creativa, pero destruye la esencia individual obligándonos a desdoblar lo que somos para sentir por otros u otros. La violencia destruye la vida, pero también construye espacios para que nuestra vida individual sobreviva a la maraña sucia y contaminada del conjunto, un conjunto que existe luchando simplemente por ser y por tener algo que nunca termina acompañándonos a ninguna parte.
Esta simetría de sin sentidos es una loa a la realidad que pretendemos capturar con la misma red que la fabrica, que pretendemos entender desde llenos y vacíos sin poder definir previamente qué es qué en cada caso.
Sentir profundo, en silencio, sin querer oír nada, sin imaginar, sin fantasear sobre lo que es o lo que no es, esa es la vía pura para que podamos asomarnos a un precipicio sin borde ni profundidad. Un punto de la existencia en el que lo definido y lo indefinido fluctúan mientras nuestro corazón, con su latir permanente, nos insinúa si todo ello no será quizá un simple reflejo de este ir y venir de la sangre.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Vaciar el Yin y llenar el Yang. 47


Un orden universal aparentemente alterado es el resultado de encumbrar a la inteligencia por encima de la intuición. Los sabios de antaño promovían este pensamiento ofreciendo fórmulas impensables en nuestro tiempo. No usar la inteligencia parece una metáfora imposible de descifrar desde la atalaya de la sociedad del conocimiento, parece imposible de admitir.
Sin embargo, los maestros hablaban desde profundidades a las que la mayoría de las personas actuales no nos hemos asomado. Son espacios del entendimiento en el que se parte de una serie de bases predefinidas que simplemente hemos descartado centrándonos en el humo de la hoguera.
Lo simple frente al mensaje es descartar su complejidad. Lo inteligible es solo la superficie de una idea que puede tener múltiples estratos; formas mentales que nos lleven a afirmar precisamente lo contrario de lo que aparentan las palabras que pretenden definir la idea.
Quizá por eso, el gobierno del sabio que invita a que la gente no tenga conocimientos es algo mucho más profundo que el mero escaparate de estas palabras. Intentar abordar la razón sabiendo que esta es el eco desdibujado de otros procesos ocultos, inmensos y mucho más poderosos, le debería quitar cualquier atisbo de credulidad incuestionable.
El pueblo como masa sabe pero no conoce, relaciona superficies pero no engarza profundidades, estima futuros aparentes desde lógicas mecanizadas, ese pueblo puede llevar al desastre a la humanidad si no se le invita a calmar su pensamiento y a dejar de intentar explicar lo inexplicable.
En esta tesitura se mueve este apartado del libro que resulta, cuando menos, muy conflictivo para el intelecto democrático posmoderno, un intelecto que se ve atacado y reacciona de inmediato descalificando la mera raspadura de lo que oculta el sentido real de las palabras.
Apuntamos a lo externo de las cosas, a los gurús, a las riquezas, en definitiva, a aquello que se torna deseable desde un ego que quiere estar por encima de la media. Esto fomenta la guerra incesante por ser más, por aparentar más, por obtener más, más superficie para demostrar que en el mundo de la nada somos aun menos que nosotros mismos.
Llenar el estómago es volver a lo real, al centro del proceso, a la experiencia vital inmediata y constante en la que todas estas fantasías posesivas se disipan. El estómago aparece aquí como tierra en la que sembrar las raíces que debemos cultivar con la paciencia y el conocimiento profundo de las cosas, ese que no se puede apenas describir de forma justa.
Lo profundo de nuestro cuerpo son los huesos, esos que el maestro nos invita a robustecer como indicando que debemos dejar la piel y sus arrugas para adentrarnos en la estructura sólida de nosotros que da soporte al resto, esa estructura que sobrevive a nuestra desaparición material definitiva.
Ordenado desde el interior hacia el exterior, el sabio confía en nutrir su esencia sin permitir que le venza nada de lo que su mente superficial fabrique para confundirlo. Esa razón vinculada al ego, esa magnífica herramienta para la interacción entre personas, es la clave que debe ser educada y valorada sólo en su justa medida. El orden depende pues de poder mantener este equilibrio entre una inmensa profundidad desconocida y una leve superficialidad sobrevalorada.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Un leve nudo en mitad del flujo. 46



La función desapegada que nos exigen los momentos que intercambiamos ameriza a diario en un mar tumultuoso. Un océano de incertidumbres que hacen zozobrar la nave de nuestra vida y dificultan su estable posicionamiento. Es tan complejo saltar como caer, tan difícil aceptar el impacto exigido del suelo como la sensación de flotar en un aire que le robamos al cielo por momentos. No podemos tomar partido sabiendo que lo bello y lo feo son relativos.
Todo obedece a leyes de orden mayor. Si insistimos en la luz, la oscuridad nos envuelve con más fuerza si cabe. De puertas para afuera no merece la pena intentar nada que vaya más allá de la mirada, nuestra mirada llena de amor y compasión.
Es imposible sustraerse de esta norma y excesivamente familiar implicarse en aquello a lo que el libro nos invita a separarnos. Sin embargo, sabemos de sobra su certeza y caminamos por los bordes de este intento permanente de no ser, de no actuar, de no intervenir.
Sólo dominamos el decidir, nada más. El cielo y la tierra juegan con nuestro exterior mostrando y quitando todo aquello que le place a un orden que surgió sin nosotros. Es ahora, en nuestra conciencia perceptiva de todo este infinito maremágnum, cuando entendemos que no hay mayor aprendizaje que descubrir nuestro centro para no zozobrar en el tumulto. Sólo podemos trabajar desde dentro aquello que pretendemos encontrar fuera.
Todo, absolutamente todo lo que nos rodea, es un caos sin orden aparente. Es ir y venir, subir y bajar, esconderse o relucir, es todo y nada a la vez. En el medio, entre ese cielo y tierra en tensión permanente, el nudo que somos se desata lentamente, año tras año, hasta que el continuo se deshace de nosotros y fluimos hacia arriba o hacia abajo, según sea la inercia sumada de nuestras voluntades.
Decidimos estar, aprender las leyes del instante, del presente, del ahora. Las otras son imprevisibles por más que queramos controlarlas. Estamos sin dirección definida hacia afuera, pero con el eje de la percepción interior claramente definido. Es el ego el que al compararnos, al medirnos, al posicionarnos, nos hace partícipe de un juego sin reglas al que no estamos invitados a jugar. El resultado es siempre el mismo.
Es preciso observar, estar tranquilos y, en el silencio de nuestro templo interior, permanecer expectantes cogiendo aquellas corrientes que más representan el sentido, esa sensación de estar realmente en el lado correcto de la polaridad conteniendo el germen infinito de su opuesto.
Fluctuamos sin descanso y no debemos permitir que el constructo que elabora la última parte de nuestra mente construida tome las riendas de nada. Es joven, inmaduro y osado. El arte de la vida es el arte de esperar pacientemente disfrutando de todo aquello que va a menos velocidad que la impuesta.
Esta velocidad que aumenta por momentos, es el resultado inevitable de ir bajando en esa ola que tarde o temprano llegará a costas que no conocemos. Podemos estar en ella, observar todo lo que nos rodea y disfrutar de la experiencia de ser conscientes de todo. Infravalorar este regalo es un insulto a poderes superiores que no entenderemos en esta vida materializada.
Es preciso que el espíritu de lo humano tome las riendas del camino que conoce; lo sabe porque viene de allí y es allí a donde nos dirigimos. Solo entonces aprendemos de ese maestro infinito que es el instante.

lunes, 29 de octubre de 2018

Misterio de los misterios. 45



La diferencia entre lleno y vacío va mucho más allá de la apariencia, se aleja de cualquier reducción a la que nuestra mente nos invite. Esta voluntad de ajustar los significados para que lo enorme quepa en lo minúsculo es tendencia natural de lo limitado. Lo hacemos porque sólo así podemos atisbar algunos de los matices del aroma absoluto.
Llenar y vaciar un vacío que parece estar lleno, un juego de palabras y un sin sentido a la lógica que gobierna nuestros actos. Es el principio inmanente de todo el que debemos aceptar como inalcanzable.
Percibir un poco no es mucho, pero compensa el vacío total al que nos termina llevando cualquier encadenamiento racional. Lo intentamos solventar imaginando realidades irreales porque esa es la naturaleza de nuestro pensamiento, poner imaginado lo que creemos que falta.
Pero falta tanto que poner que tan solo fragmentamos ligeramente la razón. Lo hacemos para que la luz que se filtra desde el infinito ilumine sin sentido todo lo que hacemos y somos. Ser y no ser, tener y no tener, siempre viajando de una reflexión a otra mientras en el transcurso estroboscópico de nuestro pensamiento acelerado vislumbramos penumbras, sombras, arquetipos que nos señalan un más allá incuestionable.
El Tao está ahí, es indiscutible el orden y concierto de la conciencia, la fragilidad de lo construido, su impermanencia. Intentamos nombrar pero erramos, intentamos dejar de pensar en él y nos llega algo que suscita de nuevo nuestra curiosa insistencia. Este vaivén de saber y no saber es el baile de la vida, el espejismo en el que se aparecen y desaparecen nuestras emociones, nuestros recuerdos, nuestros sentimientos. En la oscilación del alma recogemos y depositamos cosas de un lado a otro llenando y vaciando cosas que son vacías y llenas a la vez.
Sin discutir nos entregamos a una u otra parte del desempeño creyendo hacer siempre lo correcto, aquello que nos dicta nuestro instinto que no es más que reflejo.
El alma vuela en los sueños y nos despoja de la certeza de lo tangible, reproduciendo sin materia todo aquello que creemos sentir en exclusiva en el mundo, eso que llamamos realidad. Soñamos o estamos despiertos, estamos soñando que soñamos y, a la vez, despertando permanentemente desde el mundo de lo oculto.
Lo sabemos, no necesitamos reflexionar sobre ello, pero la dureza de la vida, la inconsistencia de todo lo que existe en relación a algo más, desbarata cualquier tranquilidad que esta certeza nos podría regalar. Por eso el sabio se escapa, huye a la montaña para excluir de la ecuación los roces ruidosos de la mera convivencia de los seres. Prefiere la compañía de la luna, el susurrar del viento entre los árboles y el suave sonido de los animales que viven en el mismo espacio pero sin estorbarse.
Ese vacío es el principio de los seres, es el final de lo que queremos creer en esta madre tierra que nos construye célula a célula, aliento a aliento, sueño tras sueño. Solo en el brevísimo espacio que divide el sueño de la vigilia, en esa grieta minúscula en la que la razón baja la guardia, adquirimos las certezas que el día y sus secuaces intentarán arrebatarnos. Es en ese momento en el que somos conscientemente inconscientes y el Tao, el que no podemos nombrar ni describir, se manifiesta en nuestro corazón para sugerirnos seguir caminando sin preguntas.

viernes, 12 de octubre de 2018

La mitad izquierda de la tablilla. 44



A veces el texto que nos propone el maestro es tan complejo, tan oscuro, que no acierto a comprender si su intención es forzar la llama que se apaga, o simplemente invitarnos a ver el abismo de la locura que entraña el intelecto.
Intentamos comprenderlo todo con la parte más superficial que nos compone. Algo así como si la espuma del mar, tras el estallido de la ola, pretendiese ser reflejo de su magna profundidad.
Este estrato externo, el que nos hace ver y sentir el resto de percepciones con sus destellos, es nuestra esperanza y a la vez nuestra amargura. Tan solo en el presente profundo podemos sobrevivir al anhelo de un pasado cargado de culpas, rencores, dudas y errores. Tan solo en este inmediato presente evitamos ser arrastrados por un futuro lleno de expectativas, proyectos y locuras que, en definitiva, no son más que destellos inexistentes de realidades imaginadas.
Es este el instante donde nada de esta irrealidad puede sobrevivir y descargar sobre nosotros la semilla infeliz de lo irreal, de aquello que pretende cristalizar para siempre el flujo incesante que debemos percibir sin menoscabos. Imaginamos realidades medibles para evitar infinitas circunstancias.
Confundidos entre la función y la forma describimos un mundo en el que no cabe el espíritu. Nos reducimos voluntariamente para poder encerrarnos en algo limitado, algo describible, algo explicable por reglas tan simples como un sí o un no, sin comprender que un paso más allá está, impredecible, lo perpetuo. Somos presos de la parte más débil de nosotros, la más vulnerable y la menos estable. Aquel que cultiva la influencia sabe bien la normativa para hacernos caer en sus trampas.
Reponer el orden de las cosas es imperio del bien para nosotros. Es ahí, en los dominios del espíritu, donde nadie más que nosotros y el ahora gobiernan. Es ahí donde el miedo se disipa, la duda se restringe, el amor eclosiona y la bondad se manifiesta como la esencia de lo natural condenada al desprestigio.
Despertar al espíritu es un acto original. Una acción desde la inacción de alimentar la espuma que se disipa. Sólo ello nos compone y vibra permanente en la música del cielo que negamos, del dios que discutimos y del alma que pretendemos suplantar con números y medidas.
El camino del Tao es el camino del espíritu, del silencio, del presente, del amor y del despertar. Es el punto sin retorno en el que ya no encaja ningún tipo de pregunta. Es la base de una fe inquebrantable que usa la razón como herramienta para negarla a ella misma sin ningún género de dudas.
Esta certeza nos regala el silencio interior, nos decanta por el presente y nos muestra sin velos la realidad del alma. Y lo hace enseñándonos a amar la existencia y regalando a la vida lo mejor de su producto a través de lo mejor de nosotros, lo más puro, lo menos contaminado. Esta es la mitad izquierda de la tablilla, la que el maestro nos invita a guardar. Quizá deberíamos colocarla tras el sentido de justicia, ese que nos otorga lo infinito cuando lo sentimos con claridad desde el corazón. ¿Qué duda puede caber en un universo de certezas?

martes, 25 de septiembre de 2018

La fuerza del fluir. 43



Explotamos convencidos de nuestro éxito venidero. Pensamos que un mero amasijo de fibras musculares puede más que una tormenta del desierto. Estamos tan acostumbrados a imaginar a seres todopoderosos que olvidamos nuestra minúscula insignificancia en el engranaje infinito que mueve el universo.
Si bien este olvido se torna imprescindible precisamente por la conciencia clara de esta diferencia de magnitudes, ¿cómo soportar el peso de una claridad tan grande? Somos pequeños pero grandes nuestras aspiraciones que no cumplen los mínimos de adaptación. No podemos contener en nosotros el universo porque no hay continente ni contenido que crear o percibir, solo magma infinito.
Ese magma fluye como el agua, tiene propiedades líquidas en la interacción permanente de todas sus partículas. Cuando algo se mueve todo se mueve. Cuando aumenta la temperatura ocurren ciertas cosas, cuando disminuye ocurren otras. Todo el juego del flujo depende de la temperatura y esta, aunque podamos darle mil explicaciones, está ligada al roce y a la presión entre las partes.
Convivimos rozando y presionados, aumentando y disminuyendo distancias relativas que, sin darnos cuenta, nos acercan a nuevos aspectos diferentes de aquellos de los que nos alejamos. Allí de nuevo roce y presión.
Flujo es la palabra mágica que describe la armonía de este líquido, a veces gas, a veces sólido, que nos compone. Ese flujo requiere conciencia de agua, visión de agua, adaptación de agua, contundencia de agua. Fluir sin descanso en el trasiego de la vida mientras acumulamos, evaporamos, congelamos y hacemos correr a raudales todo lo que somos, todo nuestro entorno, nuestras relaciones, nuestras emociones, nuestros pensamientos, nuestros razonamientos…
Estamos fluyendo aun sin percibirlo, el aire, la sangre y la energía por dentro; el viento, el agua, las gentes y el dolor por fuera. Estamos y al instante hemos pasado incluso de nuestra sombra. Nunca es el mismo el río que observamos y nunca somos nosotros mismos si conseguimos mantener el equilibrio entre las extremidades del frío y el calor.
El agua es el símbolo que nos define cuando se acaban los argumentos descriptivos. No tienen sentido en el ayer ni en el mañana, todo está ocurriendo, todo está pasando.
En esta ola en la que navegamos siendo viento y agua a la vez, solo cabe dejarse mecer sin oponerse, dejar que nuestro impulso primigenio nos guíe sin más razón que la advertencia de que hay obstáculos que exigen modulación, de que hay situaciones en las que endurecerse solo garantiza la quebradura inmediata. Otras, requieren un roce que el vapor no puede garantizarnos. La justa medida de ambas es la que certifica la permanencia y el flujo entre la voluntad del agua de los riñones y el espíritu profundo del agua del corazón. Si somos agua en tan gran medida y el universo se adhiere a la norma ¿por qué no aprender de ella?

lunes, 10 de septiembre de 2018

Expandir y contraer. 42

chinesemartialstudies.com

Toda la existencia se compone de dos manifestaciones que fluctúan sin descanso. La expansión y la contracción son la cara y la cruz de la moneda de todo lo que percibimos y experimentamos. Este latir permanente se nutre en esencia de una forma de tensión indescriptible, una tensión que no decae más que cuando queremos percibir y dirigir el movimiento.
El cielo nos propone esperar, nos insta a dejar fluir la tensión natural entre la expansión y la contracción sin acrecentar inconscientes ninguna de ambas.
El dar y el recibir no son más que el dejarse arrastrar como la flecha que es disparada, una flecha con la voluntad última de ver aproximarse su blanco sin que nada ni nadie pueda evitar que se desvíe.
Sin embargo, el riesgo del desaliento, el riesgo de disminuir esa potencia de salida, nos puede arruinar el trayecto. Podemos reducir con nuestro anhelo la velocidad del impulso necesaria para llegar a nuestro inevitable destino. Podemos llegar tocando levemente la diana que nos espera. En ambos casos el sentido se difumina con la misma intensidad que pusimos en detener el impulso natural. Una fuerza que nos insinúa la necesidad de llegar ampliada para traspasar ese blanco, ese fragmento de magma en el que nuestra realidad parece cobrar algún tipo de significado.
Ver la diferencia entre ese cielo y esta tierra, entre este movimiento de aproximación o de alejamiento, conmueve el principio fundamental de percepción que nos ha sido regalado. Percibimos la luz y la oscuridad a la que nos lleva el descontrol de los impulsos que no pertenecen al momento de la vía. Queremos saber más mirando hacia atrás, cuando lo único que queda es progresar olvidando hacia delante.
Qué claridad cuando paramos de intervenir y observamos como el movimiento, instruido por el viento, nos mece en una danza involuntaria, una danza plagada de ángulos y sentimientos regalados por el cielo. Ver es la mejor opción de ese instante, pensar la debilita, actuar la reprime. Es preciso entregarse, darse, olvidarse de toda la cadena construida para recrear la sensación de peso de la tensión inicial. Toca disfrutar, atravesar obstáculos afilando nuestro extremo, nuestra conciencia, la que tiene que atravesar un universo de infinitas dimensiones.
Este afilado ocurre por el simple roce con la vida cuando bordeamos los 360 grados de giro que le debemos a cada instante, a cada reflexión, a cada pensamiento. En este girar sobre nosotros mismos, sin olvidar ninguna parte del continuo, es cuando crecemos, cuando nos expandimos, cuando comprendemos lo suficiente como para seguir expandiendo la parte que no se detiene. Es entonces cuando podemos evitar contraer más que lo que corresponde a la mera existencia material de nuestro presente, un presente que desaparece nada más tocarlo. Parece como si el existir no fuese más que la leve humareda de un fuego que se encendió hace millones de años y cuyo destino no es otro que apagarse.

sábado, 4 de agosto de 2018

Blandos y duros destinos



Vencer o sucumbir en algo no es decisión propia en el justo momento en el que el acto se ha consumado. Hacer lo que hay que hacer, antes de que llegue el momento, se corresponde con una visión proyectada y acertada sobre las posibilidades reales que tenemos.
No todos tenemos las mismas. De la misma forma en la que el cielo no debate su dureza con la tierra, o la tierra no pretende ascender hacia el universo, contraernos y expandirnos son siempre acciones que se complementan en la justa medida de nuestro Dao individual, una brizna efímera del gran Dao que nos contiene a todos.
Todos queremos ser fuertes sin que nos quepa pensar que quizá no lo seamos en la medida que cada situación nos requiere. El «Yes we can» es una falacia que nos convierte de inmediato en esclavos cuyo peor patrón posible no es otro que nuestro propio ego.
A veces no podemos, a veces lo duro es demasiado duro o nosotros somos, esencialmente, demasiado blandos. No aceptar esto de partida nos lleva al permanente conflicto de la culpa, del remordimiento, de la baja autoestima del que siente que no ha estado a la altura que se esperaba de él. Nosotros somos simplemente nosotros. Con nuestro cielo y nuestra tierra.
La misma idea de vencer se establece con corrección en un único parámetro de ser nosotros mismos, con nuestras fuerzas y nuestras debilidades. Con nuestras expectativas de mejorar lo débil y nuestra esperanza de reblandecer lo duro comprendiendo el sentido real de nuestra fuerza en equilibrio.
No estamos ante la convicción de que para conseguir algo tenemos que ser más de lo que somos. El libro nos propone entender la naturaleza primordial de la vida y de la muerte, así como el concepto de adaptación a la singularidad del instante desde nuestra propia singularidad; todo ello sin que medie una expectativa inducida más allá de nuestra pura realidad.
La vida y la muerte se distinguen en su solidez y su inconsistencia. La una deviene de la otra sin perjuicio de sus diferencias. El cielo que baña todo aquello que no podemos tocar dispone el espacio en el que fluctúan los sólidos engranajes de una trama discutible. Es el instante el que determina el sentido, el instante pone lo de arriba en su lugar y descansa en lo de abajo, mientras nosotros debatimos el porqué de las cosas.
Es así, somos así y nuestro yo más profundo lo sabe. Somos fuertes de espíritu o no y a la vez débiles de intelecto o no; nuestros músculos relajados son blandos esperando órdenes de dureza. Nuestros huesos son duros pero el núcleo blando que contienen produce aquello que nos mantiene con vida ante las invasiones.
Esta danza permanente de conceptos, de consistencias, de expectativas, son el flujo perenne entre el cielo y la tierra debatiendo los términos finales de la conciencia ulterior.
Una vez más se nos invita a contemplar la fiesta de colores y sombras solidificadas; se nos invita a distinguir para percibir la grandiosidad de la obra, a espantarnos de su magnitud y a aceptar nuestra breve y efímera insignificancia. Qué más significado que el de sentirnos público de algo tan maravilloso en lo que lo blando y lo duro no son más que sonrisas y lágrimas inexpresivas.

martes, 24 de julio de 2018

40 Los hombres están hambrientos



¿Qué entendemos por pueblo llano? Qué entendemos por los de arriba?
Malgastamos una parte importante del vivir planteando cómo poder hacerlo según la norma. Buscamos ser y tener antes que solamente existir conscientes de que esto, progresivamente, se acaba.
La merma de la vida es equiparable a un breve suspiro del universo en el que nos enfrascamos en tareas inútiles diferenciando esto de aquello. Los que pueden, los que tienen, los que gobiernan, son siempre aquellos cuya ambición, ego y avaricia supera la media de los circundantes. No somos pasto ni rebaño, pero lo parecemos cuando desatendemos nuestra sagrada misión de vivir libres de trampas.
El panorama siempre es oscuro si miramos de soslayo, percibiendo en detalle la tela de araña en la que estamos inmersos. Hablamos de red olvidando el significado real de esa palabra. Parece una broma en la que lo más evidente se diluye en lo ilusorio para mostrarnos en nuestras narices cómo muchos se alimentan de nuestras vidas.
Retomar el control es separarse de esta trama. Avivar el fuego de lo individual requiere renunciar a tantas cosas dulces como podamos. Adentrarnos en el camino oscuro y sinuoso de nuestro yo más profundo para rescatarlo de las fauces ilusorias que otros dibujan para nosotros, para tenernos inmóviles dentro del tejido que sustenta sus guaridas; cual arañas que atrapan insectos que sueñan en su capullo de tela inmovilizante que son libres para soñar.
¿Dónde queda el volar de nuestro espíritu?, ¿sólo en los sueños? ¿Acaso renunciar a este agasajo paralizante es revolucionario, es reaccionario, es imposible? Lo será más si sucumbimos a confundir el sueño enredado con la última realidad de libertad. Una libertad llena de peligros pero nunca menores que el destino que nos confiere estar situados y encapsulados donde otros han decidido que estemos.
No depender de ello, comunicarnos, observar la finura de los hilos que nos atrapan, su adherencia casi imperceptible, su invisible trama a nuestra primera mirada, es un primer paso para abandonar la vida corrupta que nos proponen y asumir el riesgo obligatorio de ser nosotros mismos sin tejidos que nos sitúen. El vacío del espacio es el entorno libre dispuesto para la existencia. Escapar se vuelve ahora una gran prioridad en nuestras necesidades inmediatas ya que la red crece, se fortalece y nos atrapa con más fuerza que nunca.

martes, 17 de julio de 2018

¿Ser o no ser el verdugo?




¿Quién soy? ¿Cuál es mi cometido? ¿Hasta qué punto es este mi camino? Estas preguntas invaden el alma de cualquiera que reflexiona en la dirección interior. Podemos sucumbir al pensamiento y desviar nuestros objetivos sin apenas darnos cuenta de ello. Miramos para otro lado intentando, sin querer, evitar las cuestiones que son verdaderamente fundamentales.
El vacío nos llama, pero nuestra mente indiscreta se esfuerza por llenar todo el espacio en el que manifestar lo que esencialmente somos. Retomar ese camino, el del solo de violín (consciente) que apenas es acompañado ocasionalmente por la orquesta (de razonamientos interminables), es la vía desde la que podemos entender fugazmente nuestro destino. Una comprensión tan rápida, tan directa, tan profunda, que no deja rastro en la razón para divagar sobre ello. Instalada en el alma profunda nos aclara las cuestiones trascendentales que tanto nos inquietan, dejando al corazón como emisario.
Superado el bache toca saber qué nos corresponde. El libro nos habla del momento más duro posible, un escenario en el que intervenimos apagando una vida. ¿Es ese realmente nuestro cometido? Cada uno porta su sentido y su Tao personal que no siempre es el de la violencia. La vida es dura y llena de contratiempos pero siempre habrá lobos, perros pastores y corderos. El lobo mata sin pestañear cuando la situación se lo propone, el perro pastor defiende el rebaño hasta sus últimas consecuencias, el cordero corre, se esconde y asume la muerte sin luchar cuando esta le cae literalmente encima.
El hombre en esencia no puede ni debe ser nunca un cordero. No puede ni debería ser nunca un lobo, ese es el sentido del pastor que dulcifica la rabia y que aviva el fuego de la supervivencia en todo el que lo busca para reflejarse en él. Si el Tao del hombre es a veces tan distinto, cabe preguntarse qué papel tenemos nosotros en ello.
Proteger, ser protegido o agredir ¿Cuál de las tres me corresponde? Acertar en esta pregunta es fundamental para avanzar sin demora a lo que nos concierne. Equivocarse es herirse en lo más profundo de nuestro sentido, es errar el tiro de la existencia para sufrir en ella las consecuencias del error. No podemos permitirnos esa herida porque toda la trama depende de ella, no somos sólo nosotros.
El corazón siempre sabe la respuesta y la razón está ahí para regular las acciones que nos competen, no para desbocar lo que esencialmente portamos como misión hacia la vida, por mucho o poco que esta se ajuste a lo que un día, equivocados, soñamos. Silencio, tranquilidad, certeza y determinación.

jueves, 12 de julio de 2018

Valentía y temeridad se superponen sin descanso



La gran dicotomía radica en los extremos que los textos antiguos nos invitan visitar. No estamos en línea entre lo que sí y lo que no, sin embargo, parece que todo lo que hacemos ahonda en la idea de que vamos contracorriente.
Sin valor no podemos afrontar la fe que se nos pide. Sin mover montañas voluntariamente nos encontramos a veces con un magma inesperado justo bajo nuestros ojos, sin rojo ni calor, pero todo se mueve sin que nosotros podamos hacer más que navegar lo indescifrable.
Es infinita su complejidad y desnuda nuestra osadía al pretender adentrarnos sin una esperanza realmente consciente. Estamos ahí, esperando a un final en el que pretendemos entender lo que no conseguimos hacer en vida. Es difícil admitir esta propuesta sin pararnos a pensar. Es difícil pensar cuando la propia magnitud del problema invalida los minúsculos procesos de nuestro efímero intelecto. Es difícil SER cuando renunciamos a los recuerdos, la razón y nuestras expectativas. Vencer sin luchar significa claramente evitar la lucha directa, evitar la victoria y evitarnos a nosotros mismos. Sin lucha, sin vencimiento y sin nosotros solo queda ese Tao que esperamos ansiosos, como si el vivir dependiera exclusivamente de comprender este infinito desorden.
Pensar es numerar, medir, calcular y construir desde ahí castillos imaginarios en un plano que no es ni siquiera el reflejo real del sueño de algo que nos supera en demasía.
No somos adversos al cielo, no luchamos contra él; quizá solo protestamos por poder percibirlo sin entenderlo y eso, de antemano, parece invalidarnos dentro de nuestro pensamiento habitual. Esta es la clave liberadora que tenemos que afrontar: despedirnos del pensar, despedirnos del luchar por entender y de juzgar si en comprender hay acaso alguna victoria. No es más que el mayor orgasmo al que aspira nuestra razón sin aplicar sus procesos a intentar aceptar lo ilógico de la batalla.
No basta solo la fe y la esperanza, ser valiente significa medir el sentido que queremos otorgarle a este importante espacio de conciencia que se abre ante nosotros. Existir sin más es la temeridad de la que el libro nos advierte. Intentar ir más allá de lo posible es errar de antemano, no debemos ir sin ser llamados, la respuesta no es racional, es observar el discurrir de esta vida maravillosa que experimentamos con conciencia y envites constantes de lo que creemos calcular.
Quizá ser valientes no es más que esforzarnos por entendernos, ser reales y no esperar más de la vida que aquello que nos ofrece a través de nuestro esfuerzo, nuestra escucha y la liberación ocasional de todo lo que viste el escenario en el que creemos existir.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Las barreras del equilibrio. 37 LXXII



Las barreras del equilibrio son a veces indefinidas. Tanto como aquello que separa a un mal menor de un mal mayor. Es cierto que el alma se debate constantemente entre el cielo y el infierno sin saberlo. Opta por decisiones que esconden tras el telón motivos bien diferentes a los nuestros.
Algo así ocurre en nuestra mente. Descansamos de nosotros mismos y nos damos cuenta entonces de cuanta presión contenemos; cuanto nos esforzamos por no ver aquello que sabemos que no conviene a nuestras decisiones pasajeras. Y sin darnos cuenta, esas decisiones tomadas a saltos y de reojo, contaminan el espectro de posibilidades en el que se proyecta nuestra efímera existencia material.
Es cierto que ablandarse no mejora el resultado y las briznas de hierbas que rozamos, son ya suficiente para delatar su presencia a nuestro tacto. No es preciso apretarlas, romperlas o arrancarlas. Tan solo susurrarles, desde la piel, que estamos ahí para que el eco de nuestra llamada reciba su efectiva y rápida respuesta.
En ese roce sutil suficiente descansa la metáfora de nuestro discurrir silencioso por la vida. Una vida que nos invita a florecer para después cortar nuestros pétalos más sugerentes, siempre cuando menos lo esperamos. Una invitación al resplandor que debemos obviar conocedores de sus dobles intenciones. La masa es tenaz y su hálito mediocre hace agacharse desde abajo en sus miserias a todo aquello que pretende alcanzar los rayos de sol que le delaten. El cielo también se confabula con esta bajeza imperante en el mundo de los humanos.
Lo hace ayudando a que prolifere la oscura inmundicia de los que se revuelcan en el fango de la indecisión permanente por desidia. Ayuda a que crezca el desorden propio de quienes no ordenan su interior por sistema. De los que han decidido que no pueden decidir, una curiosa ironía solo invisible para quienes tienen los ojos cubiertos de  liviandad.
Es por esto que el alma pura debe permanecer en el silencio de sus sombras para que la brea de lo popular, investida de la autoridad falsa y putrefacta de la mayoría, no le arruine el sentir delicado que pretende cuando mira hacia arriba.
Es por esto que el sabio, el que ha hecho el camino de conocerse y ha vuelto con las alforjas vacías, discrimina cuidadoso en qué territorios expande su morada. Lo hace así para no decirle al ciego aquello de su ceguera, ni invitar al sordo a que comprenda con sus manos. El alma es individual y afín tan solo a una minoría semejante.

jueves, 26 de abril de 2018

El forjador

Forja de espadas

Un fuerte olor a carbón, musgo y quizá orín inundó mi olfato. Llegué con el consejo a la espalda de otros muchos más grandes que yo. Me empujaron a su puerta para que pudiese encontrar la materia que mi alma demandaba, un elemento compuesto de hierro y carbón.
Me encontré a un anciano encorvado sobre un pequeño yunque. Movía una piedra sobre una hoja de acero en una cadencia permanente, un ritmo del que casi se contagia de inmediato mi respiración.
Sin levantar la mirada, absorto en su tarea, sus palabras me sorprendieron sacándome del hipnótico trance de observar sus movimientos.
«Solo tienes que esperar»
Solo cuatro simples palabras. No volví a escuchar nada de él después de la última sílaba que su rostro escondido me regaló. No supe responder, no pude responder. Estaba atrapado en el movimiento de sus manos; él lo percibió de inmediato y yo también.
El olor me atravesaba cuanto más me acercaba a mirarlo. Fijé mi mirada en la hoja, la víctima o beneficiaria de su gesto abrasador, rítmico y constante. No podía ver más que un conjunto de islotes oscurecidos que afloraban como sombras en aquel magnífico pétalo de acero alargado. Prometía ser algo excepcional, algo mágico. Eran círculos de un color más oscuro que dibujaban un mapa topográfico indescifrable en el alargado y afilado, cada vez más, cuerpo de la espada. Toda la luz del espacio interior de aquel oscuro taller confluía en sus filos.
Seguía adherido a la imagen, a un perfil incomprensible en el que no sabía si el forjador estaba agachado, sentado o, simplemente, era un fragmento más del acero puliéndose y afilándose a sí mismo. Sentí esa fusión, era lo que yo deseaba, lo que me había hecho caminar semanas para llegar a este lugar tan alejado.
La montaña, el viaje y el cielo con sus noches estrelladas, me habían quizá preparado para el impacto sensitivo de este instante. Creí que viajaba a visitar a un artesano y me encontré con una espada encarnada. Era el silencio convertido en estruendo, calor, humedad, olor y magia.
Sin apenas moverse, volcó sigiloso un cazo de barro con extrañas inscripciones. En su interior un líquido amarillento caía para bañar la hoja, lo hacía en una línea discontinua desde el fondo hasta la punta. Era el tramo final de un viaje interior en el que el acero y el humano se habían mezclado sin remedio.
El secado duró horas, quizá segundos, no podría precisarlo. Después, las telas blancas impolutas utilizadas en la limpieza, una tras otra, cientos de ellas, caían a mis pies como si estuviese presenciando la llegada inminente de una nueva primavera. Miré a la puerta para convencerme de que el invierno seguía dominando el momento, pero competía el interior maloliente con los copos de nieve que ya habían borrado los rastros de mi llegada.
Sin levantar la cabeza, sujetando el arma con ambas manos enguantadas me la ofreció. Arrodillado frente a mí, no podía decidir con claridad qué hacer en ese instante. Solo el magnetismo del arma, su sutil vibración sonora, me hacían aproximarme a ella como si el mismo destino estuviese construyendo ese momento sin contar para nada con mi voluntad. Ese fue el único instante de temor antes de tocar su empuñadura. Una vez que la así con la diestra, la duda se esfumó y un feroz pero delicado espíritu contaminó de mortal perfume todas y cada una de las partículas que me formaban hasta entonces. Mis pensamientos se transformaron, mi mirada se acentuó, mis músculos se relajaron y mi corazón latió al mismo ritmo de la forja; acababa de recibir el alma transferida sin apenas saber qué ocurría. Ahora ella y yo éramos un único cuerpo, ahora tenía la llave para abrir las grietas del alma en las que se esconde lo divino de cada instante.
Juré en ese mismo momento, sin palabras en mi mente, fidelidad eterna a la causa de la verdad. En ese instante de juramento, de compromiso hacia el cielo y hacia la tierra, vislumbre mi pasado, mi presente y un futuro en el que el cielo se abría ante mí, ofreciéndome los dos caminos que señalan los dos filos del arma. El cielo o el infierno.
El hombre se alejó hacia el interior de las sombras y yo me alejé sin decir nada, tan solo dejando en el portón la única condición recomendada como pago, una bolsa con los fragmentos de hierro que en el viaje me regaló la montaña.

sábado, 3 de marzo de 2018

Saber

Thoth. Dios egipcio del conocimiento

Nos adentramos no por propia voluntad. Algo inherente al  Ser nos empuja a conocer de qué van los prolegómenos. No sabemos, pero creemos saber más de lo que pensamos. Llegamos a un tipo de conocimiento en el que la superficie enquista la voluntad de sumergirse. Lo hace para ofrecernos sabores diversos de una misma calaña innecesaria, pero que consigue el objetivo de confundirnos. Como si la razón, en su corteza juvenil, tuviese un sentido meramente operativo  para poder entender el paquete de sentidos entrelazados.
No vamos de saber, pero pretendemos conocer lo  incognoscible. Aumentamos nuestras perspectivas imaginando una miríada de variables posibles en las que se nos escapa, siempre, un factor fundamental. Estamos dentro de la mente, no fuera.
Todo está condicionado. Los colores se confabulan con los sonidos para que el viento acaricie nuestro pelo y el aroma de las flores nos haga saborear la primavera incipiente. Imaginamos que cada una de estas cosas es algo más que vacío sin dejar de tener razón al hacerlo.
Pero el susurro indescrito, el que hace que al conjunto le surjan sueños profundos en los que repetimos sin descanso el mismo olor, la misma cita, el mismo principio, no es visible en la mañana. Percibir el universo quizá solo sirva para revolcarnos en el sentir y evitar que la mente se hunda más hacia abajo.
Quizá allí no podemos soportar la presión, la falta de luz, el conocimiento de otros habitantes sin clemencia. Quizá, cuando nuestra humanidad se enfrenta a su propio sentido construido, esconde aquello que nos destrozaría un alma de cuya existencia no paramos de dudar. Basta mirarnos sin imaginarnos para percibirla en toda su plenitud luminosa. La parte oscura es la que subyace esperando su momento para atraparnos y llevarnos más allá de lo que en superficie podremos nunca comprender.
No es racional el sentido, no es conocimiento calcular, enumerar y clasificar. Es solo proceso temporal mientras el yang se torna yin de nuevo en su constante y macabra danza.
Imaginamos un silencio lleno de contenido y sobre él construimos fascinantes teorías que no son más que la pura matemática de los colores y las proporciones. Medidas de un mundo indescifrable que pretendemos corromper desde la ausencia.
El frio llegará, se perderá nuestro todo y apenas quedará en la superficie un fragmento vital que nos delate. El mundo olvidará, tarde o temprano, aquello que fuimos, que somos o que seremos. Solo entonces tendremos esas respuestas que buscamos, solo entonces podremos despedirnos y saludar en el umbral desconocido que siempre dibujamos sonriente. Los arcos de la entrada no tienen forma de sonrisa, están tristes o enfadados. Prefiero esforzarme en atrapar inclemente el ahora; en realidad mi única alternativa a la locura. Quizá el presente que se esfuma constante, me regale sentir algo efímero de lo que significa mi existencia.

sábado, 3 de febrero de 2018

Blancos y negros entrelazados


Me pregunto siempre de dónde surgen mis razones para emprender una acción determinada. Es una pregunta tramposa que me aproxima a vislumbrar la  inconsistencia que tiene mi lógica racional, la misma que me impide descender a zonas más profundas de la mente.
Desde esa simple cuestión, hasta toda la retahíla de pensamientos asociados, suele discurrir una parte de mí, normalmente aletargada, que percibe inmutable cómo actúan los engranajes automáticos de lo lógico. Ese proceso ocurre entregando, una y otra vez y sin descanso, un sí o un no al plasma mental de lo consciente.
No puedo comprender de dónde surge mi intención original si no consigo sumergirme en la parte más profunda de esa inconsistente fluctuación. Sentir la distancia que separa lo que observo de aquello que intuyo roba toda solidez a mis reflexiones. Un proceso improductivo a la vez que contraproducente.
Ante la certeza experimental de esta distancia, me surge la idea de dejar de buscar razones para mis actos, de aceptar definitivamente que forman parte intrínseca e inmutable de lo que soy, quizá en una forma de esencia que nadie me garantiza que exista. Y es en ese momento, en ese finísimo instante, en el que siento la trampa que mi propia superficialidad me estaba preparando.
Las veces que percibo el engaño, consigo descender de golpe a un nivel más próximo al origen de mis intenciones originales. Comprendo que detrás de muchos actos hay susurros ocultos a mis lógicas operativas. El interior no opera igual que el exterior. Son dimensiones diferentes con exigencias de escucha distintas. Sin descenso al nivel de lo intuido no hay comprensión real posible de nuestros propios empujes.
Hablamos de una zona de nuestra mente en la que apenas podemos hablar y en la que tan solo escuchamos dejando que el cálido magma de la paciencia, esa eterna aconsejada, enlace en orden correcto los segmentos de ADN de nuestras historias más profundas. Al fijarse por completo la cadena de razones verdaderas, entonces comprendemos. Sin deducir, sin reflexionar, sin determinar antes o después, el mensaje es siempre claro e inmediato.
Esa joya introspectiva está en nosotros desde siempre. Requiere de un estoico silencio para mostrar su brillo. Vive camuflada entre razones aproximadas y reflejos de un mundo externo que lucha por ocultarnos la dolorosa verdad. Son impulsos de un cielo oculto en nuestro interior, que demanda la luz del exterior para convertirse en algo más que en murmullos subliminales de eso que llamamos subconsciente.
Qué mayor luz que entender nuestro sentido a partir de los segmentos iniciales que lo construyen. Ser testigos de esta subtrama, sin interferir plenamente en ella, nos muestra la causa global ancestral que nos empuja, inmisericordes, al abismo de una acción determinada.
Es el silencio quién dispone, construye, muestra y fluye interiormente, dándole un sentido ocasional a todo. Somos más vacío que lleno, y tan solo las corrientes circundantes dibujan nuestra figura física y mental ante los otros. Quizá lo hacen para devolvernos la sombra de lo que esperábamos ver sin intenciones.

Ese es el mágico momento en el que nos percibimos como reflejos de un espejismo vacío, rodeados de vibraciones que determinan el cómo, cuándo y por qué de nuestros actos más inverosímiles. Los mismos actos que pretendemos dilucidar con una simple estructura de blancos y negros entrelazados bien lejos del corazón.