miércoles, 8 de noviembre de 2017

33 sin guerra interior

¿Qué nos sujeta al borde del abismo que queremos evitar? Conozco el sentido del dictado, su utilidad, su necesidad, pero ¿qué nos consigue parar cuando el fuego se incendia involuntario?
Reprimir y morir en silencio, con una sonrisa triste hacia afuera y un ceño interior fruncido que conmociona el alegre despertar que ambicionamos. No es fácil; no… Un buen guerrero no se deja llevar, pero a veces no es arrastre sino empuje lo que siente. También, a veces, cuando todo fluye desde el cielo, parece que el fuego ha dejado finalmente de existir.
Una mota de polvo en el silencio de la tranquila madrugada, una simple mota, puede cambiar el orden de la balanza, entonces el caos se dispara de inmediato, antes incluso de que nuestros ojos lo proyecten hacia fuera. No usar armas, no enfadarse, son premisas imposibles cuando el aire divino del intelecto no ilumina la oscura perversión del origen transitorio que heredamos.
Por eso es el arte de formarse el fundamento inquebrantable del verdadero guerrero, de conocer, de saber qué ocultan las almas que peregrinan nuestras sombras cuando los árboles de antaño dejan de darnos resguardo. Es preciso observar y aprehender lo conocido para hacerlo parte del programa descodificado, ese que nos invita a matar antes de pronunciar palabra, el que nos susurra misteriosas órdenes que van más allá de lo aceptable.
No podemos contenernos cuando la comprensión no alcanza el mínimo deseado. No podemos ni intentar detener una furia que no se ha topado antes con el muro de la compasión, la comprensión y la reflexión. Una furia huérfana de sentido que no ha recibido el bautismo del cuidado personal, de la sobriedad del cultivo espiritual que obliga, siempre, a mirar de frente a nuestra sombra, a aceptarla y a demostrarle quién manda en la plaza.
Es el alma trascendente la que está a resguardo del bien o del mal, no hay dualidad en ella porque no es de este mundo. Es preciso nutrirla de amor, de sinceridad y de convicción, para que podamos estar a la altura que el destino nos depara. Un destino construido, un destino que avanza lento pero constante hasta hacernos, quizá,  caer en la cuenta de que fuimos lo que no quisimos ser.

Las leyes del pasado siguen existiendo en un presente que se niega a aprender la lección. Nosotros somos testigos, cogemos el relevo de intentar cerrar el bucle de la guerra y abrir el paradigma de la paz antes de que la esperanza se disipe. Ahora y siempre es el momento para armonizarnos con el cielo y asumir la verdadera lucha hacia la virtud.