viernes, 15 de diciembre de 2017

Espera el instante

La victoria superficial no es nada cuando nos jugamos el alma. Un alma que curtida en educaciones inconcebibles se engalana de pormenores para evitar el tedio de no sentirse más que en referencia de algo.
La proactividad del combate es tan sutil como un hilo de seda entre los dientes, que no profundiza más allá del límite de la piel en la encía. Si forzamos, sangramos, si nos quedamos en la puerta no entramos, si pretendemos algo más que aquello en lo que el mero acto de la guerra consiste, herramos.
El sin sentido de luchar hacia fuera nos lleva a precipitar nuestra derrota interior aunque haya luces que celebren nuestro desatino; no es gratuito, brilla el alma por su ausencia y eso lo determina finalmente todo. Es complejo renunciar a la gloria imaginada cuando aún no hemos comenzado a sudar bajo la cota, es preciso, imprescindible, apremiante, reducirnos. Bajar del corcel que corre hacia el precipicio para sentir victoriosos una caída cuyo límite está como siempre en el suelo.
En eso nos apuntan los antiguos para perfilar el sutil desencanto que abre la puerta a la verdadera libertad que clarifica la consciencia. Ser, estar, alertas, permanentemente alertas, para poder fijar cuándo, cómo y por qué actuamos. No podemos avanzar más allá de los límites predestinados aunque las flores esperen impacientes nuestro desfile; puede que ese desfile lo realicemos tumbados sobre un duro mármol definitivo. Es preciso, imperioso, ajustarse al instante. Es tan fino, tan efímero, tan contundente, que no precisa proyecciones imaginadas que difícilmente quepan en esta impresionante prontitud.

No anticiparnos, pero no llegar tarde al encuentro del aliento que nos da la vida. No infravalorar lo desconocido asumiendo que la mayor parte de todo escapa a nuestro control. Aceptar y decidir desde esta aceptación nos acerca al tao de lo exacto antes de que una expansión descontrolada, cuyos límites se difuminan en un infinito que no nos pertenece. Es el instante permanente construido el que nos ofrece toda la gloria, toda la felicidad de la contención, todo el placer del sentido inmediato y toda la vibración vital que el existir nos confiere. Nos lo da poniéndonos delante aquello que admiramos, que odiamos o que deseamos, no como una prueba, sino como un ejercicio constante del control al que un buscador del tao no puede renunciar. Ese es el origen y el fin de un universo que comienza en una inspiración y termina, definitivamente, cuando exhalamos.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

33 sin guerra interior

¿Qué nos sujeta al borde del abismo que queremos evitar? Conozco el sentido del dictado, su utilidad, su necesidad, pero ¿qué nos consigue parar cuando el fuego se incendia involuntario?
Reprimir y morir en silencio, con una sonrisa triste hacia afuera y un ceño interior fruncido que conmociona el alegre despertar que ambicionamos. No es fácil; no… Un buen guerrero no se deja llevar, pero a veces no es arrastre sino empuje lo que siente. También, a veces, cuando todo fluye desde el cielo, parece que el fuego ha dejado finalmente de existir.
Una mota de polvo en el silencio de la tranquila madrugada, una simple mota, puede cambiar el orden de la balanza, entonces el caos se dispara de inmediato, antes incluso de que nuestros ojos lo proyecten hacia fuera. No usar armas, no enfadarse, son premisas imposibles cuando el aire divino del intelecto no ilumina la oscura perversión del origen transitorio que heredamos.
Por eso es el arte de formarse el fundamento inquebrantable del verdadero guerrero, de conocer, de saber qué ocultan las almas que peregrinan nuestras sombras cuando los árboles de antaño dejan de darnos resguardo. Es preciso observar y aprehender lo conocido para hacerlo parte del programa descodificado, ese que nos invita a matar antes de pronunciar palabra, el que nos susurra misteriosas órdenes que van más allá de lo aceptable.
No podemos contenernos cuando la comprensión no alcanza el mínimo deseado. No podemos ni intentar detener una furia que no se ha topado antes con el muro de la compasión, la comprensión y la reflexión. Una furia huérfana de sentido que no ha recibido el bautismo del cuidado personal, de la sobriedad del cultivo espiritual que obliga, siempre, a mirar de frente a nuestra sombra, a aceptarla y a demostrarle quién manda en la plaza.
Es el alma trascendente la que está a resguardo del bien o del mal, no hay dualidad en ella porque no es de este mundo. Es preciso nutrirla de amor, de sinceridad y de convicción, para que podamos estar a la altura que el destino nos depara. Un destino construido, un destino que avanza lento pero constante hasta hacernos, quizá,  caer en la cuenta de que fuimos lo que no quisimos ser.

Las leyes del pasado siguen existiendo en un presente que se niega a aprender la lección. Nosotros somos testigos, cogemos el relevo de intentar cerrar el bucle de la guerra y abrir el paradigma de la paz antes de que la esperanza se disipe. Ahora y siempre es el momento para armonizarnos con el cielo y asumir la verdadera lucha hacia la virtud. 

miércoles, 4 de octubre de 2017

Pecador en duelo

Todo guardado, tan solo el aliento en el aire anuncia un instante que va a transformarlo todo. El sol, calentando y hasta doliendo en la cúspide, intenta filtrar su fuego entre las sombras de los árboles que cobijan ese infame intervalo.
La espada, lista, engrasada, usada tantas veces en el vacío que apenas recuerda cómo era el tacto del cortar transferido con intenciones oscuras. Matar o morir, esa era su escusa cuando toda el alma se le ponía de frente recordándole la deuda acumulada.
Ahora no era el momento de dudar. El semblante húmedo, las arrugas asumiendo la carga de los años y sirviendo de dique a lo que ni los mismos riñones se atrevían reivindicar. Aquello era una mezcla de miedo, osadía e incertidumbre. El cuello tenso, sin más maniobra posible en el cuerpo que el desenvaine y el estoque o corte, nunca supo decidir por encima de lo que el momento le dictaba, quizá ahí el secreto de su destreza hasta ahora.
Pero el instante se prolongaba, el corazón galopaba como nunca y empezaba a dudar si los años habían destemplado el hierro interior que reflejaba el arma escondida. El calor no ayudaba y ya el aire comenzaba a restringir su dotación. Llegó a dudar de la lealtad de sus pulmones en mitad de aquel terrible momento.
Miró a los ojos ajenos, insistió en doblegar su furia y viendo nula su potestad decidió buscar más adentro otro tipo de carbones que alumbraran su alma para aquella batalla de córneas, iris y párpados. El alma no estaba. Temeroso buscó aún más adentro y comenzó a sacar el dolor que acumulaba escondido entre muertes, engaños, tropiezos…; entre todo lo que nunca se atrevió a contar porque la mentira no le cabía tanta entre sus dientes. Luchó en la vida por ser algo que no era y, en ello, sus espadas disfrazadas se perdieron sedientas de verdad y de justicia, tan solo le quedó aquél triste hierro con más llagas que victorias firmadas en su filo desdentado.
La ira de su certeza le partió en dos los escalones y ya no podía subir, se había adentrado demasiado en sí mismo para buscar algo que quizá nunca existió, quizá fue un sueño mantenido por el vigor juvenil, disuelto ahora por años de gula y lujuria sin control.
Nunca se preocupó de esforzarse por saber por qué; por qué buscaba los rostros de la muerte en otros siempre que el fuego de su pereza le impedía mirarse en un espejo y ver en él, reflejadas, todas las fauces del infierno a cuya puerta tantas veces llamó.
No sentía realmente ni pena de sí mismo, envidió tanto la virtud de los otros que ni siquiera se preguntó si él mismo la tenía, tan solo pidió y arrasó todo aquello que le recordaba su carencia. Así era él.
Ahora la noche se disipaba y el amanecer parecía más triste que en ningún otro invierno. El rocío de la mañana hacía temblar sus rodillas como nunca antes temblaron. Sus manos, imprecisas, jugaban sin descanso con una hoja impaciente por acabar, de una vez por todas, con aquel simulacro de presencia. La hoja era más digna que el portero que empuñaba el triste trozo de madera que contenía su corazón. Ahora era la espada misma la que clamaba por morir a manos de su dueño.
Él, en su soberbia, había ofendido a todo aquel que se le cruzó en el interés; nunca dejó títere con cabeza cuando la obra era del otro. Ahora sentía firmemente el descrédito que cada estoque regalado le había dibujado en la frente. Ahora su mirada no soportaba el peso de esa piel sobre las cejas y apenas le quedaban rendijas por las que ver lo que tenía delante. La mañana no ayudaba en su cansancio invernal por empezar el día.  Ambos compartían la pereza ante la vida y esperaban algo de un cielo en el que dejaron de creer antes mismo de su primer desencanto.
En ese día supo que la vida era poca, quería más. Quería seguir sin saber bien para qué. Quería vivir sobre todo a costa de lo que fuera. Fue en ese instante cuando miró fijamente al momento y murió de repente, sin llegar a usar la hoja de la que tanto dudaba.

Cargado de lastres no pudo despegar del suelo en el que se hundieron para siempre su cuerpo y su alma evaporada mucho antes, sin llegar siquiera a un infierno que intentó escapar de él tanto como lo hizo el cielo. Ahí yace en fragmentos descompuestos muriendo un poco más para siempre.

El 32 va sobre el amor

“Gravity of Center” performed by Quixotic. Photo by Phil Koenig
La grandeza que se escapa siempre - ¿Qué se escapa?
si la búsqueda se antepone a la escucha. - ¿Antes o después?
Es un perfil afilado en el que descuartizamos el instante, - ¿Nosotros o quién?
como si el sentido de todo fuese rebuscarnos menospreciados. - ¿Quién valora?

¿Es el amor el sentido, - ¿Con o sin sentido?
es el amor quien nos conmina a destituirnos - ¿Solo el amor?
para implantar lo que gobierna desde otra perspectiva, - ¿Mirando o sintiendo?
sonora, coloreada, definida por ojos que no salen del cuerpo? - ¿Entran de algún modo?
Es el amor en estado puro el que sonroja, no el carmín. - ¿Para qué nos pintamos?

Ese trazo fino de pincel ensimismado en algo banal, - ¿Lo sientes?
después del trance crece hacia fuera, - ¿Quién nos espera?
y tan solo los despiertos perciben el aroma en el dibujo, - ¿A qué huele el amor?
el color en el sentimiento y la música en el paladar de lo que ven. - ¿Blanco o negro?

El amor trastoca para dar a todo un orden inquebrantable, - ¿Círculo o cuadrado?
y, a semejanza de los fuegos fatuos del intelecto, - ¿Preguntamos todos o uno?
describe danzas internas inapagables. - ¿Cómo baila el universo dentro?
¿Quién rumia lo del incendio?, - ¿Tú, o Tu, o tu otro tú?
¿quién perece?, ¿quién?, ¿quién? - ¿Lo entiendes?
No lo sabemos. - ¿Quién lo sabe?

Escucha, ahora, ¡AMA! - ¿o?
No, no puedes porque buscas qué significa. - ¿Pensar o sentir?
Quieres conocer el sentido de la historia - ¿Te atreves?
pero tan solo usas la lengua y te amarga la tinta. - ¿Dónde buscar?
El papel tampoco, - ¿Hay orden real?
aunque huela a instante no te dice de qué va todo esto. - ¿Y la memoria?

Ama, lee despacio, saborea con delicadeza y siente - ¿Es crecer esto?
cada palabra, su rima, el orden, tu eco. – ¿Antes o después del vacio propio?
No mires, paladea. - ¿Qué usas de ti?
No huelas, toca con el alma el aroma e incrústatelo. - ¿Dónde?
Revienta si puedes y recomponte. - ¿Hacia dónde?
Escupe y traga lo que tragas y escupes - ¿Quieres un poco?
No llores. - ¿Para qué?
Grita, lucha, entiende, despierta. - ¿Vamos juntos?

¿Qué haces? Si vas de primero sin amor, sin sobriedad, sin valor. - ¿Por qué así?
Muere, quizá en eso eres coherente. - ¿Quién me puede medir sin error?
El amor te mata pero de distinta forma. - ¿Vives o sueñas?
Lenta y dulcemente. - ¿Moriste ya antes?

Muere de veras y no temas morir. - ¿Miedo o ira?
Ya es tarde para la queja cuando el olor de la madera, del fuego y de la tierra - ¿Cómo esquivarlos?
se aproximan cada noche a tu ventana invitándote a anticiparte. - ¿Cuántas noches?
Diles que esperen, que estás muriendo poco a poco sin prisas como viviste. - ¿Es necesario?

Deja que sufran la esperanza de verte antes de tiempo. – ¿Alguien te espera?
El susurro que escuchaste fue un disparo desde dentro, - ¿Quién da la balas?
un estruendo que rompió más que arregló y así vivimos recogiendo. - ¿Compartes tus trozos?
Permite salir el ansia de volver para poder volver sin el ansia. - ¿Quedará alguien en pie cuando vuelvas?
Y allí, en ese hueco gélido que nunca esperabas encontrar, ¿Es tuyo o no?
encontrarás al fin la respuesta a un misterio que no es más que miedo disfrazado de palabras. - ¿Como las presentes?
Que no es otra cosa que tus ganas de tirar la piedra y esconder el alma. - ¿Con dureza o suave?
No vaya a ser que te des cuenta de - ¿Me invitas también?

que la piedra, la mano y la diana no son sino tú mismo. - ¿Quién soy yo?

martes, 19 de septiembre de 2017

Qué listos los gusanos

Es difícil pretender no congelarse en un estado de satisfacción. Conseguir el calor que proporciona un combustible interior bien asentado nos anima a no movernos de ese momento intrascendente. Una parte de nosotros pretende seguir alimentándolo consiguiendo con ello aumentar nuestro peso y decadencia.
Erudición es contención sin aplicativos necesarios para  la vida. Quizá algunos tengan ese destino prescrito por entidades insospechadas, pero entonces ¿para qué las piernas?
El alma quiere expandirse y para ello necesita conocer. El conocimiento es un modelo de avance, es un rio con sus lagos, no un estanque. Acumular es desprenderse de la opción dinámica de explorar el universo externo e interno. Tan solo navegamos entre las palabras claras de los que en su vuelo pudieron observar la lejanía. Qué curva pretendemos observar sin un centímetro de elevación cuando el peso de contener nos lo impide. Qué mar alcanzaremos sin que quebremos el embalse para regar los campos de nuestro futuro.
Saber para hacer, saber para dar, saber para sentir y poder volar con todo ello más allá de nuestro instante atascado. Es el olor del futuro el que nos debería aconsejar a que nuestra erudición silenciosa evolucionase en un modelo real de conocimiento aplicable a nuestras vidas. Es necesario aceptar el amargor de la ingratitud como un fragmento afilado para tallar nuestras aristas y que el saber acumulado se gastara en dar erosión al proceso. Ser conscientes del fracaso engrosado al que nos condena el simple hecho de acumular conocimiento es la llave para transformar la situación hacia el flujo que nos corresponde. Vivimos y morimos por ello, pero suelto el espíritu, la aventura comienza enseguida.
Vivir es lo excitante sorprendidos por cada muestra de luz que ilumina nuestra comprensión. Conocer para avanzar, comprender para regalar aquello que entendimos a mentes que buscan igual que nosotros completar ese círculo maravilloso del ser. No hay trabas en la búsqueda, no hay temor en el conocimiento, tan solo vigilancia ante la posibilidad de que la densidad en la que hurgamos no nos absorba como movedizas arenas que llenan de ilusión tan solo la mente; el alma y el cuerpo serían despedidos de inmediato.
Es ese almacén de datos el que simula en nuestro ego que tenemos algo que nos hace más. Que estúpida ironía cuando no se hace nada con aquello que se conoce. Es preciso aprender para levantar el vuelo, pero que tonto gesto mantener la barca con la que cruzamos el río aún en la ascensión de la montaña que esconde la luz que buscamos.

Tomar y desprender, la naturaleza nos lo enseña con el alimento, con el agua, con el aire y con los sueños. Tomar y soltar. Si el conocimiento no fluye en pulsaciones tal y como nos muestra todo el universo, seremos almas estreñidas que no consiguen en verdad el alimento que pretenden. Quizá si no cambiamos conseguiremos ser en un futuro no muy lejano un gran bote de conocimiento almacenado en neuronas que se van descomponiendo poco a poco. ¡¡Qué listos los gusanos!!

martes, 22 de agosto de 2017

El Tao da y el hombre actúa

Dibujar el vacío con vacío no es posible. Pretendemos llenar algo cuya naturaleza fundamental es la vacuidad aunque nosotros no podamos percibir más que lo que sentimos. Así evaluamos las cosas en virtud de sus apariencias, sin pararnos a pensar que en realidad no son nada más que destellos dentro de nuestra mente, quizá reflejos de un sueño ya olvidado.
Intentamos convencer con palabras de aquello que nuestra mirada niega absolutamente, no por convicción de lo pensado, sino porque nuestro corazón no acepta intermediarios y fluye a raudales para aquel que sabe escuchar lo inaudible.
Qué grato aquello que convoca a los sentidos y que falso resulta equivocarse cuando el paladar saborea el dulce néctar de la adulación. No se esconde el significado verdadero del fulgor de un amanecer compartido, todos vimos el mismo principio y el final nos acogerá sin jerarquías. El lamento es una actitud innegociable ante el espíritu, su vacío no contiene ni la más leve queja que evidencie nuestra sintonía. No somos semejantes, somos sonido y eco entrelazados en una danza desconocida que pretende presentarnos.
El cielo se manifiesta simple, emerge hacia un bien indiscutible mientras que la tierra, a través de nuestra solidez, nos plantea alternativas al bien que nos destruyen. No hay fugas si el corazón no es oculto tras el párpado involuntario, el sabor amargo trae otro tipo de mensajes que no deben ser descifrados cuando el alma no está a la altura. Es el aire lo que compartimos no las misiones que el cielo nos reparte, es el agua la que nos nutre por igual, aunque tan solo el soplo celeste acentuado nos permite ver más allá de su mera transparencia. Sentir y pensar no son lo mismo.
De esto colegimos que saber y conocer no son la misma necesidad para todos ni misión equiparable en almas asimétricas, cada cual cumple su función en el perfil del espectro que le toca, cada cual con su nota, cada cual con su misiva, cada cual con su sueño irrealizado.

Ahora, cuando la noche se aproxima, es cuando podemos limpiar el saco que contiene nuestro diamante oscurecido, enseñarlo a la luna pasajera y que nos llene con sus mensajes sin palabras. Solo ellos conllevan el sacrificio que nos garantiza el tránsito milagroso que queremos realmente bailar. Dando el cielo y actuando el hombre en correspondencia se armonizan todos los rayos de luz que podemos reflejar hacia el abismo. A cada cuál que lo ilumine como corresponda.  

sábado, 5 de agosto de 2017

Gallos y perros a lo lejos

Crecemos, sin descanso, en cantidad y en calidad. El alma se perpetúa cuerpo tras cuerpo intentando mejorarse a sí misma cuando el velo de la ignorancia no se hace tan tupido como el enigma que nos separa de comprender racionalmente lo divino.
Crecemos y avanzamos en la historia de la vida conscientes de que la magnitud de lo que hagamos se diluirá con el tiempo, en apenas mil años pasajeros no quedará nada de este tránsito apasionado. Instruidos en esta realidad incuestionable, podemos decidir una vida con menos para ser más. Hemos crecido y no sabemos realmente si nos hemos equivocado al hacerlo. No sabemos si el futuro necesita muchas más almas para propagar nuestra existencia o si este crecer desmedido será la tumba que cavemos para, simplemente, dejar de ser.
El texto nos habla de reducción, de parar el trasiego de un lugar para otro y sentir el espacio y el tiempo presente que nos contiene en cada instante. Saborear nuestra comida, disfrutar lo que tenemos en una morada tranquila cerca de los que en verdad conocemos o creemos conocer.
El día y la noche se van perpetuando mientras viajamos juntos desde el fondo de lo que somos a la cúspide de lo que podremos ser cuando el espíritu se eleve de verdad. La guerra contra la naturaleza se ganó aplastándola sin percibir que nosotros, los humanos, éramos parte de ella. Nos hemos suicidado sin saberlo para disfrutar de un tiempo extraño de conjeturas sobre un futuro, uno cada vez es más oscuro de llenar tanto vacío con otros humanos cada vez más desconocidos.
Creced y multiplicaros es una señal que nos invita a mejorar y a vernos a nosotros mismos en los cuerpos y almas de los que nos rodean. Qué complejo entender palabras que la mera razón disfraza de oportunismo para que los más bajos instintos se apoderen de la ruta por descubrir. Qué razones ocultas existirán para este incuestionable desastre del progreso.

Extraño el enigma de la vida y extrañas las palabras del tiempo que nos llegan pidiendo reducción en un mundo en permanente crecimiento. Quizá el silencio nos hable más que estas palabras y el sentimiento que inunde nuestra anterior reflexión traiga más respuestas que preguntas. Difícil de entender cuando el hombre en su esencia quiere conocer de dónde viene el sonido del gallo en la lejanía.

jueves, 20 de julio de 2017

In-competencia


Nos deslumbra ocasionalmente la sensación luminosa de estar por encima de alguien. Creemos, hipnotizados, que nuestros semejantes no lo son tanto y que, en virtud de sus sueños, los nuestros se superponen en importancia dando la orden de partida a nuestro ego.
Somos pero no somos. Aspiramos a silenciarnos cuanto antes después de hacer el máximo ruido, uno que nos haga ensombrecer temporalmente el eco de todo un valle que en realidad nos supera. En esos instantes aspirados, no somos más que ese fragmento humano entristecido por su pequeñez, e intrigado por su misión en este mundo de inercias predefinidas que llamamos destino.
Ser grande es ser pequeño en el maremagno de importancias investidas. Sentirse exclusivo ante el resto es lícito pero dentro del límite de nuestro pensamiento. El límite de la expresión lo rige la convicción de que el resto desaparecerá pronto igual que nosotros mismos. El silencio nos lo recuerda en cada atardecer al que nos sometemos.
Ser grande es insuficiente para aquellos que no comprenden el valor de sucumbir, de estar detrás del colectivo al que empuja con todas sus fuerzas hacia la luz, solo con el ruido intrascendente de sus pasos.
Lloraremos a la vejez al no percibir suficiente el trabajo de toda una vida, no sabemos si por olvido o por desestimar la importancia que tiene el hecho de haber respirado tanto, y junto a tantos, sin más pretensión que una sonrisa sincera.
Hay pocas claves que descubrir en este aspecto ya que el tiempo se acelera progresivamente y nos permite, llegando casi a la meta, vislumbrar más de cerca lo que hay detrás de ella. La luz se abre paso por sí misma por más que nos escondamos. Pensarse más que algo es ser, de facto, menos que ello.
Solo percibir nuestra pequeñez, nuestra insignificancia ante la obra divina, ante un cielo eterno e infinito, nos puede mostrar la grandeza de nuestra pequeña y efímera existencia. Vivir sin competir con nada es vivir plenamente nuestra más pura realidad. Es vivir descubriendo a diario qué hemos sido hasta ahora y qué podemos ser a partir de este momento. Ese es el instante crucial que el destino pone delante de nosotros en cada segundo de la vida, en cada intervalo en que nos obliga a decidir. Esos momentos en los que decimos ¡yo no tengo que decidir porque ya lo sé! es el momento de la catástrofe personal absoluta, el momento de la sordera voluntaria, el momento de la máxima confusión ante la realidad. No sabemos y no lo sabremos, pero sí podemos decidir. Somos porque lo sentimos y eso ya es mucho. Aspirar a más es desear elevarse ante las gentes tal y como dice el libro.
Qué gran consejo caminar encima sin que el peso se perciba o delante sin dañar a nadie. Qué difícil en un mundo de exámenes constantes, de oposiciones para conseguir el trabajo, de lucha para mejorar en la jerarquía de una empresa que se bate en duelo permanente con otras.
Quizá el adepto, más que elevarse sobre los demás, persigue salirse de la partida mucho antes de que esta termine. El precio que debe pagar por ello es desaparecer para siempre de la lucha incesante y vislumbrar un horizonte diferente gobernado por otros vientos menos malhumorados.
La lucha es una constante que no podemos eludir y el alma del que siente la necesidad de trascender lleva impresa en su gen fundamental la certeza de que, al final, la vida es derrotada temporalmente por la muerte. Esa derrota es realmente la victoria de un espíritu que debe crecer indefinidamente para cumplir esa parte de la inercia global que le compete. Ese es el momento en el que el tao se percibe a sí mismo en toda su grandeza dentro de un nosotros que desaparece de inmediato.

Es en este fragmento de él que sentimos como individuales cuando comprendemos el valor de ser y de no ser, de estar pero no saber dónde y por qué, de sentir de forma aislada un minúsculo eco de una reverberación infinita que viene sonando desde el principio de los tiempos. En ese instante en el que somos flauta y sonido, tambor y vibración, trueno y nube, no tiene sentido competir con nada porque somos plenamente conscientes de que somos todo y nada a la vez. Qué gran competencia escondida en esta ilusión transitoria.  

miércoles, 5 de julio de 2017

Mantener la ignorancia


¿De qué nos sirve el pensamiento cuando el movimiento no está presente en su jugada? Sentimos, vivimos, intentamos gobernar un pedazo de tiempo y espacio en el que nuestra consciencia se debate entre el saber o no saber, entre la felicidad del iluso o la terrible preocupación del razonador.
El alma está sin debate cuando el malestar se propaga desde nuestros actos vespertinos y un simple dolor de muelas nos devuelve a la realidad de lo inmediato. No ir más lejos impide de forma natural que las palabras no construyan historias, historias que nacen con exigencia anticipada de interpretación.
El mar de los instantes mantienen este pequeño discurrir tranquilo en el que las cuestiones emergen sin descanso, anunciando múltiples finales diferentes. ¿Quién descubre en el debate interior qué nos conviene? Esas historias que nunca serán nos ofrecen sensaciones de poder, de garantía, de capacidad sobre todo lo que ocurrirá en un mañana incierto. El ahora no precisa quizá de tantos recursos, no requiere una anticipación excesiva cuando de lo que se trata es de conocer el sentido de nuestro camino.
Vivir y sobrevivir van de la mano pero sustentados por diferentes sentimientos y necesidades. Lo uno sin lo otro son una abstracción de una dimensión a la que no pertenecemos. El color sigue entrando por el ojo y nos avisa del inminente derrumbe de la luz. Cuando cerremos definitivamente las puertas no quedará más luz en nuestro interior que la que hayamos recogido en fragmentos de ahoras comprendidos. Ese quizá puede ser otro sueño por el que yo mismo apuesto para construir mi futuro universo inexistente. Quizá es mejor desconocer, no saber, andar los pasos de otros sin preguntar por lo diferentes que son nuestras huellas de las de aquellos que nos antecedieron en este caminar por el fango.
¿Para qué preguntárselo? Vivir y sobrevivir son hermanos gemelos de buscar la felicidad. Ella es el fruto de una aparente ignorancia o de una real sensación de plenitud. Esta sensación que nace de no necesitar nada más. De no necesitar más una vez conseguido todo, o de no necesitar más una vez no deseado nada. Esta dicotomía nos habla de llenos y vacíos que fluyen constantes en este ciclo permanente de luz y oscuridad. Hoy sé y soy feliz, mañana desconozco y estoy pleno igualmente.
Sin embargo el hambre y la saciedad son la antesala de más de lo mismo. Conozco y desconozco al mismo ritmo que despierto para después caer de nuevo dormido en el sueño de este presente permanente que se me escapa en suspiros.
¿A qué misteriosa virtud aspiro cuando no me queda claro si desear algo y conseguirlo o no desear nada y estar como estoy? De ambas intenciones ¿cuál me proporciona un camino que contemplar? Si no hay respuesta para algo tan simple como esto, quizá las plantas estén más cerca del Tao que nosotros que, permanentemente, nos debatimos sobre el sentido de estar aquí mientras comemos plantas y nos desplazamos por el mundo preguntando y respondiendo a todo lo que aparece frente a nosotros. Quizá, en algún momento, hay que aceptar el desconsuelo como parte del trayecto de esto que nos hace diferentes y, sin aspirar a gobernar nada más, seguir el impulso de nuestros sueños más gratificantes. Estos sueños que nos separan durante un tiempo de un suelo empeñado, año tras año, en atraernos definitivamente hacia él.


miércoles, 31 de mayo de 2017

APRENDER DESAPRENDIENDO

Tanto al comienzo como al final, se manifiesta lo simple con claridad absoluta. Enfrascados en contener lo incontenible, luchamos con uñas y dientes para que nadie toque aquello que en realidad no nos pertenece.
Criticamos la actitud en otros sin reparar en nuestras propias manchas malhumoradas. En ellas reside el infortunio del desconocimiento, en ellas, vislumbradas tras la humilde inclinación, encontramos directas respuestas que eliminan nuestra angustia. Nada en realidad nos pertenece de pieles para afuera.
Aferrar, sujetar, mantener, temer perder el control de algo incontrolado desde el principio es nuestro propio autoengaño fabricado. Un enorme pecado incongruente en el que nos empeñamos en resbalar a diario para que no se nos olvide, al golpear contra el suelo, que la tierra sigue manteniendo nuestro peso hasta el final de este pequeño y efímero viaje.
Mantener con certeza esta prudencia revelada y no mirar más lejos del ahora, nos enseña que el futuro imaginado no pinta con los mismos tonos con los que dibujamos nuestros sueños infantiles. La deshonra recae sobre el que actúa pretendiendo algo más que nada. El impulso del alma dirige la acción en un espíritu que cultiva la paciencia hasta el morir, último reducto del silencio que nos queda.

Solo podemos mantener lo inamovible, aquello que ni el sudor ni el aliento perturban cuando la calma de la tarde llega a la ventana. Sentarnos a mirar nos permite ser conscientes y apenas más de eso. Esa no acción dirigida es el escenario que mantiene en vilo al personaje que nació con nosotros, uno que no se conforma con ser testigo del milagro y se empeña pesaroso en intentar reproducirlo. Basta una gota de rocío para saber que no podremos nunca ni acercarnos. Es el reflejo que esa pequeña gota nos regala en su quietud el que nos muestra lo distorsionado que está nuestro sueño de no desear nada.

miércoles, 12 de abril de 2017

Hacer sin hacer, nacer sin nacer

Man on verandah (David Alexander Colville, 1920-2013)
Si hablamos sobre el no hacer, la contaminación que nuestra mente ha adquirido a lo largo de todos estos años hará su aparición mostrándonos un significado simple, directo, inequívoco. Se trata de estarse quieto y de no hacer nada.
Sin embargo, estar quieto no significa obligatoriamente no hacer nada, sobre todo si nos referimos al concepto tradicional de Wu Wei del que ya hemos hablado en otros espacios.
Ante la premisa de dejar de hacer no se nos ocurre inicialmente gran cosa. Para comprender mejor el significado profundo de esta instrucción debemos trasladarnos a nuestro almacén de recuerdos, sentarnos a meditar sobre lo que sentimos en aquella ocasión en la que, sin quererlo quizá, nos quedamos quietos en mitad de una calle muy transitada absortos en nuestra observación. Podemos encontrar este significado en la sensación, en el sentimiento de calma que produce lo simple frente a lo complejo, lo lento frente a lo acelerado, lo real frente a lo virtual…
Estar sin estar no es un galimatías ininteligible que debamos abordar como si de un Koan Zen se tratara. Es tomar partido por una vía menos compleja, menos autoexigente hacia lo exterior pero enormemente exigente en cuanto a consciencia real del instante en el que estamos inmersos.
La vida es mucho más simple en esencia de lo que el establishment nos propone. No necesitamos tantas cosas que distraigan nuestra atención. Atentos: «distraer la atención». La atención es el objetivo real, el foco sobre lo que aconsejamos meditar para abordar la cuestión a la que apuntábamos al principio.
El texto nos habla de tener por grande lo pequeño y por mucho lo poco. En esas breves palabras se muestra, no se esconde, el significado. La simple conversación prestando atención a nuestras emociones y a las emociones manifestadas por la persona que nos acompaña puede ser mucho más nutritiva en el plano espiritual que debatir acaloradamente de un tema en el que nuestro nivel de influencia es escaso, quizá cero.
Nos agarramos a los problemas porque nuestra mente ha evolucionado en esa dirección. Se ha autoconfigurado en su entorno de supervivencia para afrontar las cuestiones y solventarlas. Debemos dar un giro a esa tendencia sin que por ello renunciemos a la naturaleza profunda de nuestra mente. Enfocar la cuestión en cómo desarrollar nuestra percepción más pura. Cómo evitar que se nos cuele aquello que contamina la imagen del objeto observado.
Todo tiene su momento. En determinadas situaciones debemos relacionar elementos para comprender o abordar reflexiones de mayor calado racional que las meditativas. Cuando estamos buscándonos a nosotros mismos, cuando el trabajo consiste en contenerse, en aceptarse, en comprenderse, la tarea parte originalmente de observar desde la tranquilidad de que ya hemos llegado aquí. El trabajo vital original está hecho. Ahora toca entender, comprender y sobrevivir para poder asumir esta tarea de nuestra conciencia.
El texto de hoy nos propone mucho más que una simple expresión verbalizada de nuestro sentimiento sobre él. Nos invita al cambio, a calmar el entusiasmo de imágenes que se disolverán inevitablemente en el mañana. Solo la experiencia consciente inmediata, real, profunda, nos puede ayudar a construir un sentido y sentimiento sincero hacia lo milagroso de nuestra pura existencia. Ese es el milagro, ese es el descubrimiento. Nada puede superar en magnificencia a la conciencia que nos contiene comprendiéndose y sintiéndose a sí misma en cada célula u átomo que nos conforma en este universo manifestado.

No somos nada para serlo todo, no hacemos gran cosa más que cambiarlo todo de sitio en muchos niveles. Nos entretenemos en dar y pedir, en buscar y encontrar, en imaginar y hacer. Todo ese proceso hermoso, propio, necesario para todo lo que somos, tiene un contrapunto sereno en el que nos podemos encontrar relajados, sintiendo la vida, respirando el universo, soportados por la tierra mientras el cielo cubre nuestro momento real. Ese contrapunto es puro, no necesita intermediarios, ni objetos en los que proyectar la ansiedad de construir que hemos desarrollado milenio tras milenio. El espíritu está ahí esperando a ser despertado. Quizá para que despierte debemos desacelerar este sueño de objetivos, proyectos y expectativas y, sin anularlo, dejarlo estar en el territorio racional del juego permanente al que jugamos los humanos cuando olvidamos que algo dentro de nosotros está percibiendo todo esto, un algo que no podemos comprender pero al que podemos unirnos para amplificar la experiencia vital que tanto ansiamos.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Algunos hombres no tan buenos

En nuestras profundas reflexiones sabemos  que queremos ser mejores que alguien o que algo. Sentimos esa pulsión sin llegar a distinguir con claridad cuál es el objeto de nuestra  premura por transformarnos en direcciones diferentes a aquellas en las que nos encontramos.

El actor es, sin duda, nuestra propia naturaleza que empuja hacia arriba por más que la lastremos entre cosas, sueños e irrealidades. El alma que sucumbe a la opresión de lo cómodo no es otra que la misma que produce la queja sobre la monotonía de la que pretende alejarse. Todo es cambio y el Tao integra este pensamiento, este discernimiento, esta ilusión en un flujo interminable de alternancias entre lo evidente y lo oculto.

Queremos desentrañar los misterios que corresponden a entidades superiores a nosotros mismos, quizá porque una parte de esa entidad milagrosa que llamamos Tao nos contiene y es parte de nosotros al mismo tiempo. No podemos desembarazarnos de esa intención porque forma parte intrínseca de este Tao innombrable que no dejamos de mencionar. Es esta intención de descubrir, de despertar, de conocer, la que encierra en sí misma la propia naturaleza oculta de un infinito que quiere conocerse desde el reflejo que nuestras consciencias unificadas le regalan. Por eso es necesaria la luz, la claridad de pensar y actuar, la necesaria luminosidad que engendra un corazón que acepta todo sin juicios pero apartando y acercando aquello que su naturaleza primordial le dicta. Es así porque esa naturaleza es en esencia un segmento de una vía inexplicable regalándose a sí misma la experiencia individual  fragmentada.


Desde esta perspectiva, ¿cómo desechar a los hombres por malos o por buenos? ¿Cómo localizar las oscuridades que ellos mismos están intentando, conscientes o inconscientes, atravesar en su camino natural hacia la luz? El Tao es hogar de todos los seres y foco iluminado que seguir cuando se decide finalmente si ponemos o quitamos; quizá este es el gran dilema que debemos resolver y cuya respuesta está acuñada de antemano en el sentido permanente que guía nuestra evolución latido a latido, sueño a sueño, vida tras vida.