domingo, 28 de agosto de 2016

Acumular virtud

Maitreya (The Buddha of the Future) Country: China Date: 557-581 Medium: Bronze and gilding Mudra
Nos afanamos en conservar lo que en su propia naturaleza no perece. Necesitamos comprender el sentido de la restricción para justificar nuestro arrebato hacia el animal que nos contiene sin diferenciar con claridad quién habla con quién.
Es el vacío el que otorga su poder en una estructura anclada en la mesura. Que vigila el éxodo involuntario de su propia voluntad disfrazada de fluidos que empujan desde dentro como si algún gusano lo llamase. Ese momento de tensión inalterable en el que la virtud se contamina de presencia y la carne, infalible en su capacidad de fallar, nos promete un minúsculo instante que declina nuestra esencia preparada para otros fines.
Sucumbimos a esta receta de la reserva para mantener la firmeza que el carácter requiere pintado de ideal, aunque en lo más irrelevante de nuestro propio eco asentimos conocedores de la ilusión melancólica que todo esto suscita al que está tras los polos.
Tiempo y espacio se escapan y los observamos alejarse, detenidos, en un momento no circunscrito si queremos a esta vejación imaginada. Vemos pasar los días y los años. Vemos modificarse la tierra que pisamos, unas veces sin color, otras desilusionada del daño que le hicimos al señalarla. El alma se nutre de principios y en la base de nuestra pirámide escondida está permanente el principio fundamental de nuestro sentido. Ese se reparte por doquier cuando las fauces de la bestia se desmadran y muestran más blancos que rojos los colmillos.
Al interior le repugna la sangre, pero convertida en el nacar de la vida se pregunta para qué contener lo destinado a fluir desde nosotros. Quizá al convertir el vino en pan no nos damos cuenta que la vida se nos escapa un poco más deprisa sin tergiversar nuestro sentido existencial. Quizá estamos para eso o quizá para otros menesteres menos espirituales. El alma no nos lo dice para que la eterna duda nos propague el desconsuelo que nos invita a avanzar un paso más desde la orilla.
El ángel que vendrá, el que dura eternamente, llegó antes de que empezáramos a buscarlo y permanece ligado a lo que creemos que somos para susurrarnos desde siempre, tú eres eso.

martes, 2 de agosto de 2016

El arte de la guerra I

Iniciamos un análisis veraniego complementario a nuestra habitual reflexión sobre el Daodejing, nos referimos al Sun Tzu, El arte de la guerra.
Cabe preguntarse por qué es importante este libro para los practicantes de artes marciales. Quizá, desde la perspectiva del que pretende profundizar en el sentido de su entrenamiento, esta pregunta carezca de sentido pero, para el que se asoma ahora a este viejo y nuevo mundo, para el que comienza el estudio de la vía, el arte de la guerra puede ser una fuente de sentido práctico, simbólico y filosófico, entre otros muchos, y una fuente de inspiración de incalculable valor.
Existen numerosas versiones y traducciones del texto original, pero no ha sido nuestra intención hacer un análisis exhaustivo de contenidos en planos comparativos ni en valoraciones filológicas que escapan a nuestra limitada capacidad de erudición. Hemos querido abordar una reflexión práctica que nos sea de utilidad para replantearnos las cuestiones que nos competen como artistas marciales por y desde el ámbito del estudio y práctica de las artes marciales.
Hemos utilizado para nuestras reflexiones la versión de Thomas Cleary, una versión comentada que aclara algunos aspectos del texto antiguo, pero que también abre nuevas incógnitas que se prestan, como la mayoría de textos antiguos chinos, a múltiples interpretaciones.
El arte de la guerra, en esencia, contiene los mismos elementos que lo que denominamos arte marcial. En la base de su propia definición podemos apreciar la similitud de sus significados y ver que, en ambos casos, se apunta a un profundo y similar objetivo. Esta primera coincidencia axiomática nos conmina inexorablemente a echarle un vistazo un poco más allá de la mera lectura casual y revisar similitudes y orientaciones que, en el libro sobre todo, nos ponen de manifiesto la gran cantidad de elementos indirectos compartidos que tienen mucho, o todo, que decir en una situación bélica.
No ahondaremos tampoco en las adaptaciones actuales del libro, ni en las versiones orientadas al plano empresarial o de crecimiento personal que, aunque válidas en muchos casos, nos parecen personalmente una perversión del texto empleado con fines comerciales, lo que condiciona la veracidad directa de las relaciones que de base podamos plantear. Qué duda cabe de que su utilidad en estos terrenos está más que demostrada pero, a nuestro parecer, donde más tiene que ofrecernos este texto es precisamente en nuestro ámbito, un perímetro con el que comparte el alma germinal de su propio sentido intrínseco.
Ya en el prefacio nos apunta Cleary que el texto se presenta desde la perspectiva de su inclusión en el contexto general de la gran tradición espiritual del taoísmo, motivo que nos impulsa a la inclusión de esta versión dentro de este espacio de reflexión sobre textos que es nuestro club de lectura.
Por otra parte, nos hemos permitido reflexionar amplificando el espectro significativo de las palabras porque, aunque el texto habla en todo momento del conflicto bélico, los ámbitos de acción de un soldado y de un practicante civil, al ser tan distintos, pueden necesitar de esta distintiva argumentación idealizada.
También, en la introducción del libro se nos detalla el paralelismo que presenta la filosofía contenida en el libro con la correspondiente a las artes curativas, que magnifica el valor de la estrategia para evitar la confrontación como culmen de la efectividad en todas sus premisas filosóficas. Este punto es extremadamente importante y relevante para nuestro contexto por dos motivos fundamentales.
El primero de ellos es que, en realidad, la mayor parte del entrenamiento de las artes marciales es una preparación para adaptar al individuo al momento del combate integrando en su cuerpo y en su mente todo el potencial estratégico, táctico y técnico diseñado para dar respuesta a cualquier incógnita ofensiva inesperada. Esta prevención, esta prophyilaxis, este prepararse para la guerra con el fin de alcanzar la paz, es una constante que hermanan objetivamente las finalidades del libro que nos ocupa y del ámbito artístico marcial.
En segundo lugar, porque este principio de vencer sin luchar es una máxima también en  la idea final del combate desde la perspectiva de un artista marcial, que fomenta el desarrollo de un espíritu lo suficientemente fuerte, determinado y perceptible, que amilane o, por lo menos, haga desistir de intenciones ofensivas al que por cualquier motivo pretende romper el equilibrio pacífico de un momento determinado.
En estos dos extremos se mueve nuestro texto y en estos dos extremos nos movemos al estudiar y practicar el arte marcial que elegimos.
Partiendo pues de esta premisa, queremos abordar un análisis puntual sobre cada uno de los capítulos que contiene el texto y ahondar en sus definiciones, establecer relaciones y concordancias subjetivas, proponer similitudes o reinterpretaciones filosóficas de aspectos aparentemente toscos o excesivamente materiales desde enfoques más sutiles. En definitiva, queremos utilizar el libro y sus apartados como una estructura en la que hundir los dientes para encontrar las bases conceptuales y filosóficas de la práctica marcial tradicional.
Comencemos con los Criterios estratégicos a ver qué podemos encontrar en este apartado.
CRITERIOS ESTRATÉGICOS
La estrategia es la madre de la práctica. Debe estar presente antes, durante y después del entrenamiento. Su sentido, tal y como lo plantea el arte de la guerra, comienza por aceptar que los métodos de defensa resultan vitales para la supervivencia y que su examen, el examen de la acción militar, resulta absolutamente indispensable por constituir la base de la vida y la muerte.
Este primer párrafo es crucial a la hora de dar sentido al entrenamiento, de dar sentido a dedicar horas y horas a adquirir actitudes y aptitudes para el combate. Vivimos en la sociedad del bienestar adormecidos ante la posibilidad de que las cosas se tuerzan cuando menos lo esperamos. Resulta igualmente irónico que cualquier uso que podamos hacer de nuestras artes en una situación de necesidad nos puedan llevar, casi con toda seguridad, a la cárcel.
Está penado cualquier uso arbitrario injustificado de estas habilidades. El contexto pide medición, pide control, pide inteligencia. El arte también nos enseña eso, tanto en su parte táctica como en su modelo filosófico, un modelo basado en intentar eludir la contundencia del encuentro antes de que este ocurra.
Si ocurre, si no hay salida, la cuestión entonces se replantea en términos de aclarar si somos lo suficientemente hábiles para aplicar lo aprendido en su justa proporción. Una proporción que pueda ser en cualquier caso motivo de análisis y de argumentación positiva hacia nuestra conducta o puede ser un impacto directo en la línea de flotación de nuestra vida.
En el texto se habla de un análisis del camino, el clima, el terreno, el líder y la disciplina. No hay ni uno solo de estos parámetros que podamos obviar en nuestro territorio cuando las cosas se oscurecen. Evaluar las posibilidades dejando de lado las emociones, con toda la frialdad que una situación tan delicada nos requiere, resulta vital para no adentrarse en territorios de los que difícilmente podremos escapar.
El primer punto, el camino, nos insinúa la necesidad de ser auténticos y luchar desde la convicción de que nuestra defensa es justa, es necesaria, es real. Quizá por esto, en sus comentarios, Cleary nos habla de humanidad y justicia como sinónimos del «camino».
En el caso del clima o de las estaciones del año, debemos fijar las condiciones en las que ocurriría nuestro combate o nuestra fuga. Conocer el tiempo es conocer si estamos en condiciones de afrontar la situación asumiendo el clima interior y exterior. Aunque en el libro no se cita, en el ámbito de la medicina tradicional china se asocia habitualmente los cambios emocionales a cambios climáticos internos, ruptura del equilibrio entre los cinco elementos haciendo alusión a frio, calor, humedad, etc. Si adoptamos una visión unipersonal adaptativa del texto, tenemos que aceptar que estos parámetros, aplicados a un ejército, resultan de difícil extrapolación. Debemos pues individualizar el enfoque para entender a qué nos estamos refiriendo.
El texto no se refiere en absoluto a esto que estamos resaltando ya que habla de las condiciones climatológicas óptimas para la batalla. En nuestro caso podemos tener dicho elemento en cuenta, pero quizá mucho más nuestra disponibilidad de espíritu para el combate y la ausencia de emociones que comprometan nuestra efectividad y proporcionalidad en la lucha.
El análisis del terreno es una premisa fundamental ya que cualquier combate que podamos tener en la calle dista mucho del mullido tatami, de las protecciones y de la horizontalidad y agarre del terreno que pisamos. Es preciso evaluar este punto para no caer, para no resbalar, para no perder el equilibrio, para no usar elementos inapropiados en el instante de la lucha, para plantear acciones acordes a la distancia real a la que nos encontramos.
No podemos lanzar acciones de piernas, aunque estemos a distancia óptima para usarlas, si nos encontramos en un suelo lleno de aceite que resbala y nuestro calzado son zapatos de suela lisa. Tampoco saltaremos en espacios de techos bajos o llenos de estantes y, mucho menos, nos permitiremos el lujo de caer a un suelo lleno de cristales o piedras. Todos estos elementos deben ser valorados de inmediato antes de decidir nuestra acción determinante. Esto no se aprende normalmente en el tatami pero es una reflexión que cualquier persona inteligente debe hacerse para evaluar la efectividad de su sistema en diferentes ámbitos de aplicación.
Tal y como el autor nos resalta en el apartado relativo a La autoridad, los antiguos reyes consideraban la humanidad como lo más importante. Para un artista marcial esto no es distinto y los valores que señala el libro como ejemplares, el arete que resalta para establecer una autoridad natural, sin imposición, se basan en la expresión de la autoridad desde la inteligencia, la honradez, la humanidad, el valor y la severidad.
Todos estos elementos, desde el plano interior al que nos referíamos antes y, por supuesto, en su emanación individual hacia el exterior, configuran unas bases de exigencia para el practicante de artes marciales que conformará, a través de su permanente puesta en práctica en la vida, un espíritu óptimo para afrontar los envites de momentos de riesgo o de conflicto.
La disciplina, como siguiente elemento de análisis, tiene una vinculación directa con todo lo expuesto en estos últimos párrafos. El carácter, en su firme construcción, exige disciplina y claridad a la hora de organizar las prioridades vitales, nuestra propia jerarquía interior de valores y la proporcionalidad de cargas a las que nos sometemos dentro de nuestras verdaderas capacidades. Debemos aprovisionarnos de forma efectiva para afrontar los retos. La primera merma energética que tiene cualquier individuo parte, fundamentalmente, de su incapacidad de disponer de inmediato su estado de ánimo ante cualquier situación adversa. Afrontar las situaciones desde un punto de aceptación de la realidad y de sus posibles consecuencias nos permite decidir cómo aplicar nuestros conocimientos y habilidades a esa situación. Valorar nuestras ventajas sin mostrarlas al enemigo utilizando la confusión como aliada.
Esta valoración de la situación, que señalábamos al comienzo del texto como uno de los elementos preventivos más importantes, nos invita a utilizar todo aquello que podamos para evitar nuestro desgaste. Si queremos evitar una importante implicación emocional para no enturbiar nuestro clima interior, debemos provocar precisamente eso en un oponente ante el que tenemos posibilidades de victoria.
Una parte importante del libro es aplicable a situaciones asimétricas de combate en el que uno se puede tener que enfrentar a alguien más fuerte o a un grupo más numeroso. Los sistemas nos facilitan recursos estratégicos y tácticos para este tipo de situaciones, aunque los que nos aconseja el texto son de un incalculable valor. Humildad para provocar arrogancia, fuga aparente para desgastar energía, dividir el grupo y atacar en momentos inesperados y no revelar las intenciones en ningún momento reduciendo el tiempo de acción y reacción sin prolegómenos que puedan desvelar nuestro objetivo.
Por último, concluye el capítulo con un párrafo sintético en el que se afirma que la profundidad de los criterios estratégicos aplicados es la garantía de superioridad ante una situación bélica, adversa o de conflicto. Esto nos muestra que el camino del entrenamiento, de la preparación, de la concreción de elementos, del autoconocimiento y el conocimiento de nuestros adversarios son las pautas que marcan la diferencia entre ganar o perder, entre vivir o morir.
Seguiremos reflexionando la semana que viene con una nueva entrada sobre el segundo capítulo que se prevé interesante: En medio de la batalla.


lunes, 1 de agosto de 2016

Luz que no deslumbra


Antes de hacer un malicioso análisis de uno mismo es conveniente definir el principio y final que nos divide. Establecer el marco en el que discurre lo justo que nos sitúa justo en el centro de nuestro sentido, ni un milímetro más ni un milímetro menos. Avanzar directo puede ser una fórmula que comprometa nuestro sentido grupal insoslayable. El mar comienza en el horizonte y termina en una orilla en la que entra y sale a su placer, mas no gobierna en realidad el daño que inflige a la costa, tampoco la forma en que engulle y escupe el sol.
Son los límites del otro los que configuran los nuestros, es nuestro espacio bien delimitado el que evita que caigamos en la desgracia de querer ser más que otros, de exponer rectitudes que no van con el orden de un universo incomprensible. Aceptar lo natural nos aleja de la desgracia escondida en una irreal felicidad permanente, tan solo el silencio nos corrige antes de que el ansia de ruido nos corrompa.
Ir y venir pero sin demasía, sin arrogancia, ajustando el tono al soplo del instante y sin buscar el exceso que llamamos felicidad más allá de la profunda satisfacción de sentir realmente el presente existido. Es esa falsa felicidad permanente, esa búsqueda irreal la que nos lleva a sobrepasar nuestro horizonte, la que nos lleva a impactar con violencia en la roca para ampliar el espacio en el que esparcir nuestro efímero espumarajo, unas veces más gris que blanco.
Humildad sin sumisión, sin expectativas gobernadas por un deseo, sincera, ajustando la luz que proyecta nuestra presencia a su real radiación, ni un milímetro más ni un milímetro menos. Solo esa humildad real nos sitúa felices en un estar sin condiciones, sin abordajes, sin invasiones. Un estar mantenido en la línea que descubrimos cuando el silencio nos aúpa a sus lomos y nos traslada al espacio infinito del ser, el ser en toda su expresión minúscula y eterna.
En ese silencio toleramos, aceptamos, comprendemos. En ese silencio inmediato, el que nos permite vernos de veras, no necesitamos más leyes que las que rigen la ausencia de intervención; intervenir entonces significa fracasar disfrazados de éxito.

Ese antifaz de la sonrisa provocada, ese velo que susurra hacia afuera un color diferente en nuestro rostro, esa canción melancólica que pinta el presente de una emoción inexistente, todos ellos, como esbirros de nuestro propio engaño insalubre, son destapados y descubiertos bajo el acero del silencio, bajo la ausencia de imágenes hacia adentro. Tan solo la luz callada del presente proyecta realmente la sombra que somos y la materia, entonces, se torna eco de la ausencia de luz para comprender de inmediato que en ese espacio intermedio de luces y sombras proyectadas existimos realmente.