lunes, 2 de mayo de 2016

¿Dónde está la bella?




Lamentamos sucumbir al derrumbe de nuestra ilusoria fortaleza cuando el alma animal se manifiesta. Es ocasional pero nos perturba el pensamiento que creíamos equilibrado. Asumimos un centro de cuyo equilibrio excluimos a un caos necesario y fundamental para dar vida a lo creativo.
Ser como pequeños recién nacidos no nos garantiza acceder directamente al estrado de la verdad. Tan solo en el silencio de una soledad trabajada nos damos cuenta de esto y la ausencia se va convirtiendo, por sí sola, en el psicopompo que nos eleva de lo terreno a lo celeste.
No hay engaños que valgan cuando descansamos en nuestro sincero pensamiento. Solo desde él podemos darnos cuenta de cómo dirigimos la fuerza en nuestro interior, cómo nos dominan los pensamientos que viven a más profundidad de la que alcanzan nuestras inmersiones circunstanciales. Estos pensamientos que se perfilan como una suerte de sueño estigio, nos acaban llevando a vivir la vida como un sueño en el que nos alejamos en todo momento del presente. ¿Qué lógica nos arrastra a ese fondo y qué herramientas podemos utilizar para abordar nuestra tarea de descubrir la realidad?
Seguir el Tao es complejo y fácil a la vez. No debemos hacer nada, no debemos sobresalir, no deberíamos esforzarnos en hacerlo más allá del límite que intuimos necesario en nuestra pequeña labor permanente.
Para ello debemos estar en armonía integrando ese caos que no podemos dominar junto a cualquier razonamiento derivado. Observar es una forma de sentir profundamente la realidad que nos invade para, de su eco, extraer los filamentos deshojados que tienen algo que decirnos sobre nuestro principio. Ese algo nos aporta el conocimiento que anticipa el desastre de desgastar vanamente la energía que tenemos para subir hasta el cielo que disipa cualquier dualidad.
Esta honda virtud que pretendemos buscar tiene un sentido en lo más profundo de nuestra reflexión. Parecemos estar ligados, anclados, vinculados sin remedio a la bestia interior que nos ha ayudado a alcanzar esta época de atroces disfrazados, de mentiras ensalzadas, de palabras vacías y actos desproporcionados.
En esta desgracia en la que vive nuestro mundo siempre tenemos la opción de apostar por el silencio, por la solitaria reflexión que nos haga pensar en los que son injustamente sacrificados por el enorme grupo desmerecido del que formamos parte.
Ahora, quizá más que nunca, tenemos que limpiarla de todo aquello que nos impregnan con finura los malvados y dirigir nuestra energía a generar una mente limpia como la de un bebé. Una mente que aprende a concentrarse en hacer que el espíritu, en su manifestación individual o colectiva, nos aproxime a una forma coherente de integrar a la bestia y la bella que todos hemos contenido siempre.  Debemos hacerlo con el mismo amor que llevó a Psique a lo más profundo del Hades para reparar su vínculo con Eros y ser así bendecida por Zeus con la inmortalidad.
No perecerá el espíritu que acceda al plano de crecimiento destinado, tan solo tenemos que ver claramente cómo se articula el proceso de desgastar este ego torpe y construido por el bosque de bestias en el que vivimos, un lugar en el que apenas unos pocos miran en su interior y se preguntan ¿dónde está la bella?