miércoles, 6 de abril de 2016

Honrarás a tu padre y a tu madre

Dirección del libro 
Mirar hacia atrás recuperando la conciencia heredada quizá nos aproxima, de una forma más precisa, a la realidad de lo que somos. No podemos dejar de pensar hacia afuera sin detenernos a vislumbrar las luces que nuestros ancestros dejaron en nuestro interior.
Depurar esas luces de las sombras adheridas nos permite un mayor nivel de luz interior para descubrir nuestro principio. Hacerlo es tarea irremediable si queremos dar a luz el espíritu que espera pacientemente a nuestro despertar.
No vamos de sobrados, esperamos simplemente a conocer el sentido de este embarazoso proceso mediante el cual nuestro espíritu se perfila como un instrumento más de un plan universal interminable. Viajamos en el espacio y en el tiempo a través de los recuerdos sin pararnos a pensar si realmente son nuestros o los heredamos de nuestros antepasados. Rendirles culto es un acto de perfeccionar nuestra tarea permanente hacia lo iluminado de nuestra esencia. Es crucial descubrir este proceso para dar la luz al mundo, la partícula minúscula que nos corresponde aportar a lo que entendemos por humanidad.
Quizá pensamos que la perdimos pero ser conscientes, en esencia, es ya un acto de rebeldía frente a la fuerza con la que las ideas intentan sujetar el inevitable resurgir del corazón. Este, atrapado entre el cuerpo y el deseo de ser algo más que un aliento, nos susurra en los sueños esas historias que nosotros mismos no quisimos contarnos cuando la luz del alba nos despertó.
El mundo nos espera para despedirnos, el alba se perpetúa con el atardecer para darnos conciencia de estar en un tiempo en el que todo transcurre demasiado deprisa. Viajamos desde el pasado en una conciencia que muta de personaje para adentrarse en los confines del infinito y lo hacemos como polizones escondidos de nuestra inmediata reflexión materialista.
Solo el olor de este particular modo de comunicarse con nosotros nos advierte de la importancia del acto de amar a los demás a través de nuestras virtudes purificadas. Dar la luz y desgastar las sombras con sentimientos más fuertes que su pésima naturaleza debe ser nuestra sagrada misión en el viaje. Si olvidamos que todo es una creación fantástica de una mente que quiere jugar todo el tiempo, la sombra que esos pensamientos proyectan puede anquilosar el proceso emergente que nos procura el sentido de lo humano.

Nuestros padres y nuestros hijos darán buena cuenta de ello cuando el círculo se cierre y el estado que nos rodee no sea más un eco de la existencia que juntos, aunque separados por el tiempo, insistimos en vivir. Qué otro fundamento podría consolidarnos más con la vida que esta certeza aceptada en su origen, sin vincularnos a más símbolos que el que nos proporciona la claridad que nos permite ver cómo, en cada segundo, nuestra mente produce algo relacionado con nuestro entorno, con nuestro pasado y con nuestro futuro. Solo el corazón sincero, depurado y cultivado correctamente, dispondrá de la fuerza necesaria para separar el grano de la paja inservible de la que se valen todos los instintos malignos que pervierten el sentido sagrado de la vida.