viernes, 22 de enero de 2016

Lo creativo


Aparece frente a mí, imponente. Su escalera me alumbra un posible camino de llegada a mi objetivo, pero difícil, escalonado, exigente. Nada es lo que parece a simple vista y esta imagen me lo muestra, impasible, consciente de que el tiempo siempre juega en mi contra y mi decisión es la que acorta la demora.
Una escala apuntando a un junio soleado en el que el cielo como testigo y destino exige cuatro pilares para sostener el ascenso. Elevación, logro, propiciar y perseverancia. Cuatro exigencias que en sí mismas configuran cada uno de los seis peldaños premonitorios.
Crear. ¿Quién crea si partimos de una base celeste que nos alienta y nos define en nuestra más profunda naturaleza? Aquello para lo que nacimos, para lo que morimos, ese destino pendiente de escribir se nos muestra libre, intercalado, potencialmente sinérgico con los diez mil seres que nos acompañan en el tránsito permanente del ahora.
Ahora es el momento de empezar la subida sin cuestiones. Que la certeza pueda nacer de una pregunta desubicada nos muestra la grandeza celestial de un dragón que convive en nuestra permanente ausencia presencial. El alma nos espera y nos regala un fragmento en cada sueño que traemos a la mañana. Esos sueños, esos deseos, esa energía que nos impulsa a crecer en una dirección mejor que en otra, nos llega de sueños compartidos en los que el cielo articula las notas melodiosas que dan color a la materia. Quizá somos sueños reflejados que pueden tocarse a lo lejos. De cerca convivimos con la permanente pregunta de si en realidad somos o creemos ser, qué irónico juego de palabras inexistentes.
Todo es posible, todo está por hacer. Lejos o cerca no importa, tan sólo saber si realmente estamos dispuestos a llegar, si queremos dejar por el camino todo aquello que nos dieron y sobraba. Necesitamos conocer nuestros sueños más profundos, su relación con el dragón celestial que nos anima para no errar en el rumbo prefijado, que nadie se asuste por intentarlo. A veces, aun sin creerlo, el cielo no se ríe del que gasta una vida en realizar lo que vale una vida, solo los tontos se ríen, solo los tontos.
Fuerte, infatigable, irreductible, así es el alma del guerrero que acepta la batalla vital de ser lo que decide. Esta imagen exigida, este fragmento de sombras escalonadas sobre nuestra conciencia responsable, en este signo nos acompaña, no hables.
Cúbrete al principio sin acción que conlleve urgencia, que filtre la prisa como una parte más de un proceso cuyo ritmo es marcado desde arriba. Espera, paciente, creando fortaleza, asentando la solidez, descubriendo cada fragmento propio que necesitaremos durante todo el trayecto. La espera silenciosa y quieta por fuera entraña un gran movimiento interior. El cielo está tan dentro como fuera y es el dragón el que se mueve cuando la luz se refleja en nuestra estática figura. Si no sabemos detenernos, si se nos cuela la  materia en el principio del cielo, malo. Es el viento quien empuja sin dudarlo y avanzamos más desde el principio. Esperaremos para que el tiempo abra las ventanas de lo posible y la muchacha que siempre nos amenaza con volver retome su vuelta a casa sin promesas, la recompensa será seguir avanzando hacia la cumbre de nuestro destino.
Aparece en la escena el necesario. Cuando el alumno está preparado el maestro suele ser inmediato. Ojo avizor y menoscabo el dolor cuando las apariencias de un ego en fuga creativa deben dejar su paso al señor de lo real que lo asesora. Es preciso descubrir a esta persona y que la luz siga imponiendo su carácter para que nuestra obra se detalle. El rio no se va a parar en este instante crucial que transitamos y, en espera de tiempos mejores, nos entregamos a escuchar lo que nos llega del sabio, es lo apropiado sin duda.
En ese fuego permanentemente avivado se transforma el dibujo en algo que nos invita a acercarnos a aquellos pares humanos. A vivir lo que buscamos, juntos, sin el rencor que nos ofrece sabernos distintos. Si permaneces, el éxito es seguro y el camino hacia la cima sigue su curso.
Sin dragón en el tercero nos sentimos más acertados. El aumento nos ha colocado en una posición mejor para ver el pasado y recordar que sin mirarlo erramos. No somos más de lo que espera nuestro sueño, no somos más que lo que nos dicen nuestros adentros. Ellos hablan, comentan, son testigos de grandezas aparentemente moldeadas. Nosotros vemos en ellas al cielo que nos inhala y por eso, humildes, sin crecernos, aumentamos la calma, calmamos el entusiasmo y perduramos en la intención sin resquebrajos. Ese lago bajo el cielo muestra lo que nos debemos, la pisada sólida, el espíritu erguido, sin detrimentos, humilde pero ancho. Dirigidos sin pausa vamos al objetivo y el dragón vigilando impasible el baile de sonidos que hacemos al arrastrarnos. Desde arriba quizá podamos volar en la caída, desde arriba, quizá lo alegramos.
En ese instante, en ese momento de luz aproximada, en el borde explorado, junto al elevado precipicio que alcanzamos, aparecen los dos puentes ofrecidos, la virtud silenciosa por un lado y por el otro, encadenado, el deber humano significativo. Ahora hay que decidir qué camino tomamos, si el del santo olvidado o el de ese que todos añoran ser en sus sueños, el logro superado. No hay tacha en decidir, el cielo nos coloca despiertos en esta cima y en ella decidimos si somos nube o lluvia, noche o día. El alma no carece de dobleces y el cielo nos ha configurado así para mostrarle nuestras vías recuperando su sentido celeste en nuestras dudas.  
Un suave viento sobrevuela ese cielo que nos muestra el camino del día de sol y sombra. Ese viento nos insinúa relajar el avance, suavizar lo aparentemente inevitable. Transitar delicado entre rocas aún aristadas, no provienen las heridas a veces más que de la propia carga. Abandonamos temporales la intención emergente para domar aquellos detalles pequeños que configuran nuestro momento. Hay que doblegar los excesos resistentes y el brillo del amor que buscamos en nuestra acción perseverante fluye, incesante, hacia los bienes. Es el cielo quien lo anuncia soplando nuestro norte y venciendo al horizonte atardecido.
Dragón volando en el cielo que soñamos, dragón temprano. Ahora estamos en el quinto peldaño. Ahora más que nunca nos acercamos a los fragmentos dispersos de nuestra esencia. Llegan y llegamos sin decisiones que tomar, nos aproximan las fuerzas iguales que transitan siempre en convergencia, es el destino en su más pura esencia el que nos une. Ahora somos y por eso estamos, cerca unos de los otros, nos preguntamos en conjunto qué somos aquí arriba, ¿cómo hemos llegado? El silencio es la respuesta que merece no hacer la pregunta, es ahora o nunca cuando saltamos, hacia abajo o hacia arriba. Que sea dios el qué decida si le damos la batuta, ya estamos más cerca de él en este instante de lo que nunca estuvimos, ahora el peligro de equivocar nuestro destino es un delito injustificado, hay aquí más luz que sombras si nos permitimos errar.
Ojo, mucho ojo entonces. Subimos más de lo debido y el dolor responde. No sabemos hasta dónde si no escuchamos constante al dragón interior responder a nuestros sueños iniciales. Qué desastre querer ser más que nadie incluidos nosotros mismos. El límite está dibujado en cada línea transcurrida, sin dudas, sin temores, sin descanso, el norte no espera al dormido, su tránsito milenario continúa su curso y nuestra obra, siempre insignificante, se nos puede poner por delante.
Es entonces cuando entendemos que el mal siempre nos acecha y el bien nos exige mecha que quemar en cuatro nuevos postes para sujetar el cielo del bien. Primero, sin demora, el tigre y la grulla enamorados, solo así el hijo de ambos pertenece al equilibrio que buscamos. Segundo, inmediato, el mal desalentado por culpa de nuestra inquebrantable voluntad de verdad. Tercero, sin descanso, vacuidad para que no haya filo maligno que nos corte, ir al encuentro con lo mismo sería mucho más que torpe. Cuarto, ahora, sin dar nada a la maldad nos espera convencido el bien que invocamos permanente, no hay que dudar sobre qué alimentar. Siempre la luz que nos acoge debe ser decidida, ni un instante navegar las aguas de la duda sobre esto porque, a no ser que todo en bloque mute hacia el oeste, nuestro destino es la luz verdadera que da vida a la tierra.

Y si todo a la vez se transforma, bendita unión creadora que en un coro de dragones cantan ensimismados el milagro de la vida entre abajo y arriba. El cielo vuelca su techo y el suelo se vuelve noche estrellada. No sabemos entonces si el mar es el reflejo o el cielo, sin tantos brillos, el entresuelo. Es entonces cuando la fusión se realiza y la calma primitiva perpetúa su existencia. Damos gracias al cielo y a la tierra por ser bendecidos y sumamos todos nuestros hitos a una hilera interminable de olvidos. El cielo sonríe en nuestros ojos y la escalera se recoge hasta que la demanden otros. Tres monedas, seis tiradas, un destino, palabras…

miércoles, 20 de enero de 2016

¿Entrar, estar o salir?

Salir o entrar son nuestras eternas conjeturas. Quedarnos o intentar ir un poco más allá, mensaje que nos alienta permanentemente a no naufragar en un presente que árido se pinta. El consuelo se dibuja como venidero cuando los instintos se subliman, sin embargo la muerte acecha en cada esquina. Esquivarla, eludirla, retrasarla. ¿Cuánto gastamos en estas acciones que nos alejen del terrorífico momento?
Para el que muere a diario, el que va conociendo poco a poco la fantasía existencial que nos contiene, la muerte no es más que el descanso consciente para alcanzar otro tipo de descanso inconsciente en el que el presente es mucho más amplio, tanto como nuestros sueños nos deparan.
Semejantes a los ilusionados anacoretas del pasado, muchos se esfuerzan en reconducir sus instintos para lograr expectativas de retardo, pero la historia nos lo comunica sin descanso, no hay opción de fuga verdadera. La necesidad de entrar y de salir en la vida se torna puerta giratoria que nos diluye el ego como polen esparcido por el viento para que la vida continúe su curso, un curso en el que, quizá, seamos intrascendentes. El saberse finalista de la recta vital que transitamos no es motivo de burla o de descaro. Nuestra impronta vital tiene todo el sentido que le confiere el mero hecho de existir. El sentido, esa eterna cuestión tan sencilla de resolver, se torna angustiosa cuando vemos que ha transcurrido el plazo del que dispusimos para abordar su estructura, para construir un sentido de imágenes, sentimientos, pensamientos, acciones y obras por doquier. Entrar y salir sin dejar nada a cambio no deja de ser una ironía extraña en la que el que recoge nuestro testigo está ya también difuminándose en este plano temporal adormecido, quizá el alma viaja como polizón en cuerpos que no saben realmente a dónde van.
El Tao nos muestra a cada momento las opciones de vivir, de sentir, de imaginar en este presente permanente sin ambiciones de lo que corresponde a sus fueros. Entramos y salimos según su dictado y vamos o volvemos a donde él nos propone, pero sin duda decidimos cada paso que damos en este yermo camino. Podemos sembrar, recoger, reír al hacerlo conscientes de nuestra fortuna por sentir esta experiencia, aunque dudemos a veces de quién es realmente el que siente y qué significa en verdad esto de sentir.
Vivir no tiene excusas, morir es inevitable. Asumir que lo que hay más allá de nuestra comprensión lo llamamos Tao y con eso dejamos de definirlo nos puede dar pistas sobre cómo articular algo tan extraño como nuestra futura desaparición, una desaparición que es tal a los ojos de una mente material que se autoengaña para transitar la experiencia, ¿nos creemos también esta falacia?. Quizá por todo esto el libro nos sitúa, si queremos, como uno entre diez que realmente sabe guardar la vida pero ¿para guardarla realmente de qué? Quizá de nuestra propia desconfianza, de nuestro miedo, de nuestra inconsistencia y de nuestra personalidad mutable que fluye sin descanso hasta la muerte.

El principio y el fin se perpetúan para construir un momento que da como fruto a las personas. Como fruto, como flor y como perfume, un sentido apreciable sería el de percibirnos tal y como somos, sin alejarnos mucho del ahora y sin discutir qué fue o será porque esa respuesta no podemos encajarla en nuestro instante.