miércoles, 5 de octubre de 2016

Armonízar la dependencia


Asumimos papeles de mando cuando apenas somos capaces de gobernar nuestros instintos. El ego permanente se encarga de dar al traste con todo aquello que imponemos para contramedir el impulso animal primitivo. Esta convivencia entre ego fabricado y animal sin domesticar coexisten frente a un alma hambrienta de serena compatibilidad. Lo alto y lo bajo se manifiestan de esta forma impidiendo la emergencia del término medio que alimenta el equilibrio de los opuestos.
Queremos gobernar desde arriba sin reducirnos a lo que consideramos abajo, sin caer en la cuenta que lo que es allí también es aquí. Descubrimos al pensar en esto que al final todo es ego disfrazado, porque el instinto real no obedece a restricción, tan solo a conciencia.
Reprimir su función antagónica nos lleva a acumular la presión oportuna para un desastre inevitable. Mientras, fabricamos ilusiones que enmascaren los minutos que pasamos frente al espejo para no darnos cuenta de ello en nuestros ojos. La mirada no miente al concienciar nuestro modelo de contraste. Es el alma la que clama silencio y oportunidad para emerger. Es la voluntad de ser más que otros la que nos lleva al derrumbe de lo posible porque existimos para la construcción de algo mucho mayor que nosotros mismos.
No podemos descubrir este misterio si previamente no aceptamos su grandeza y nuestra minúscula intervención en los designios infinitos de una entidad universal desconocida. Igual que ella se reduce a la carne en la que habita su soplo, nosotros debemos asumir la reducción necesaria de lo falso para encontrar la minúscula porción de lo cierto que esconde el eterno secreto que intentamos desvelar.
Grande y pequeño son tan solo circunstancias excepcionales y temporales de algo que no está sujeto al espacio ni al tiempo. Equivocada es pues la dirección de nuestra expansión reduccionista. Doblados los ejes de la conciencia que aspira a profundizar y conectarse con aquello que viaja mucho más rápido que nuestro mero pensamiento. El corazón late un sinfín de pulsaciones pero mantiene su ritmo, un ritmo pequeño que no podemos confundir con el latido solar que proporciona la vida en nuestra tierra.
Ese encuentro de procesos, esa reducción previa de la velocidad consciente para integrar la amalgama de complejos procesos que nos gobiernan, ese impulso desconocido que busca el placer ante la angustia de desconocer, no son más que el juego permanente de flujos que se entretienen mientras la vida evoluciona en todas direcciones.

Somos el árbol cuyas ramas crecen influenciadas por el sol, el viento y el sustrato que nutre sus raíces. Somos a la vez la sabia que emerge de sus células y el sentido inmediato de existir a través de un pensamiento que no terminamos de ubicar desde una visión altiva de nuestra estructura. El ser es mucho más que el «nosotros» y por eso debemos aceptar la proporción para que su enormidad se integre con el tiempo en nuestra memoria, en nuestros pensamientos y en nuestro fondo ahora inaccesible. Desde esta certeza obtendrá en realidad el alma lo que desea sin más velo que el fragmento de tiempo que vivimos.

martes, 20 de septiembre de 2016

Partir desde la base


Los complejos que inundan nuestra sociedad se diluyen cuando el simple gesto de respirar diferencia con claridad al día de la noche. Esperamos ausentes de nosotros mismos a que el orden sea construido desde el permanente esfuerzo, sin pararnos demasiado a pensar el motivo de nuestra creciente complejidad.
Los días se evaporan mientras cansamos el espíritu intentando dilucidar el origen de nuestros demonios. Los sabios aclaran poco cuando nos sumergimos en sus reflexiones interminables, esas que siempre concluyen en la nada inevitable de toda ficticia creación. El Tao nos aguarda en todo constantemente, pero no nos convence su cruda realidad.
El hambre de sentido del hombre nos impulsa a construir castillos de aire en los que no cabe ni un alfiler cuando conseguimos saturar de tonterías nuestro presente. Desde ahí el pasado se vuelve lastre y el futuro un muro infranqueable; tan solo un momentáneo instante de silencio resquebraja nuestra propia obstrucción construida y, de golpe, todo se simplifica tanto que nos parece hasta falso.
Ser o no ser es tan solo una mera cuestión que nos transporta sin remedio a las afueras de lo que somos. El Tao no exige conjeturas, no se presta a valoración, no se muestra mientras que todo lo refleja. Ver y oír es insuficiente cuando es nuestra mente creativa la que se esfuerza en convertir en blanco y negro todo aquello que recibe. Tanto esfuerzo en soplar cuando el viento por si solo hace el trabajo que corresponde. ¿A qué virtud real aspiramos? ¿Debemos hacerlo desde nuestro propio parecer o escuchar ese viento de otoño que salpica de imprecisión nuestros recuerdos?
Fijamos objetivos estáticos en un mar bravío de instantes perpetuos que se entrelazan y superponen infinitas veces en cada segundo. Queremos fijar el patrón de una foto de algo que no se detiene. Avanzamos a filmarlo, pero no hay ni una mota de sentimiento en ese conjunto de colores desplazados en un simple objeto. Llegamos a estas conclusiones deprimentes cuando intentamos sacar agua de un pozo de piedras resecas que, en su propio eco, nos anuncia la escasez de líquido de su poca profundidad. Solo al mirar al cielo cobra vida lo eterno, se incrementa hasta el infinito lo incierto y se nos brinda el agua de la certeza. Solo el Tao responde cuando callamos, solo el Tao simplifica el complejo entramado que nos intenta pervertir un alma que crece en conciencia.

Vigilad de cerca, no equivoquemos la ruta de progresión para que lo que alimente el sentido parta de una raíz con esencia. Quizá esa es la compleja pero sencilla propuesta de desaparecer lo justo para que nuestro espíritu ilumine una conciencia que se construye, generación tras generación, dando golpes de cabeza en los propios muros que ella misma fabrica. ¿De dónde surgirá tanto anhelo de sentido?

domingo, 28 de agosto de 2016

Acumular virtud

Maitreya (The Buddha of the Future) Country: China Date: 557-581 Medium: Bronze and gilding Mudra
Nos afanamos en conservar lo que en su propia naturaleza no perece. Necesitamos comprender el sentido de la restricción para justificar nuestro arrebato hacia el animal que nos contiene sin diferenciar con claridad quién habla con quién.
Es el vacío el que otorga su poder en una estructura anclada en la mesura. Que vigila el éxodo involuntario de su propia voluntad disfrazada de fluidos que empujan desde dentro como si algún gusano lo llamase. Ese momento de tensión inalterable en el que la virtud se contamina de presencia y la carne, infalible en su capacidad de fallar, nos promete un minúsculo instante que declina nuestra esencia preparada para otros fines.
Sucumbimos a esta receta de la reserva para mantener la firmeza que el carácter requiere pintado de ideal, aunque en lo más irrelevante de nuestro propio eco asentimos conocedores de la ilusión melancólica que todo esto suscita al que está tras los polos.
Tiempo y espacio se escapan y los observamos alejarse, detenidos, en un momento no circunscrito si queremos a esta vejación imaginada. Vemos pasar los días y los años. Vemos modificarse la tierra que pisamos, unas veces sin color, otras desilusionada del daño que le hicimos al señalarla. El alma se nutre de principios y en la base de nuestra pirámide escondida está permanente el principio fundamental de nuestro sentido. Ese se reparte por doquier cuando las fauces de la bestia se desmadran y muestran más blancos que rojos los colmillos.
Al interior le repugna la sangre, pero convertida en el nacar de la vida se pregunta para qué contener lo destinado a fluir desde nosotros. Quizá al convertir el vino en pan no nos damos cuenta que la vida se nos escapa un poco más deprisa sin tergiversar nuestro sentido existencial. Quizá estamos para eso o quizá para otros menesteres menos espirituales. El alma no nos lo dice para que la eterna duda nos propague el desconsuelo que nos invita a avanzar un paso más desde la orilla.
El ángel que vendrá, el que dura eternamente, llegó antes de que empezáramos a buscarlo y permanece ligado a lo que creemos que somos para susurrarnos desde siempre, tú eres eso.

martes, 2 de agosto de 2016

El arte de la guerra I

Iniciamos un análisis veraniego complementario a nuestra habitual reflexión sobre el Daodejing, nos referimos al Sun Tzu, El arte de la guerra.
Cabe preguntarse por qué es importante este libro para los practicantes de artes marciales. Quizá, desde la perspectiva del que pretende profundizar en el sentido de su entrenamiento, esta pregunta carezca de sentido pero, para el que se asoma ahora a este viejo y nuevo mundo, para el que comienza el estudio de la vía, el arte de la guerra puede ser una fuente de sentido práctico, simbólico y filosófico, entre otros muchos, y una fuente de inspiración de incalculable valor.
Existen numerosas versiones y traducciones del texto original, pero no ha sido nuestra intención hacer un análisis exhaustivo de contenidos en planos comparativos ni en valoraciones filológicas que escapan a nuestra limitada capacidad de erudición. Hemos querido abordar una reflexión práctica que nos sea de utilidad para replantearnos las cuestiones que nos competen como artistas marciales por y desde el ámbito del estudio y práctica de las artes marciales.
Hemos utilizado para nuestras reflexiones la versión de Thomas Cleary, una versión comentada que aclara algunos aspectos del texto antiguo, pero que también abre nuevas incógnitas que se prestan, como la mayoría de textos antiguos chinos, a múltiples interpretaciones.
El arte de la guerra, en esencia, contiene los mismos elementos que lo que denominamos arte marcial. En la base de su propia definición podemos apreciar la similitud de sus significados y ver que, en ambos casos, se apunta a un profundo y similar objetivo. Esta primera coincidencia axiomática nos conmina inexorablemente a echarle un vistazo un poco más allá de la mera lectura casual y revisar similitudes y orientaciones que, en el libro sobre todo, nos ponen de manifiesto la gran cantidad de elementos indirectos compartidos que tienen mucho, o todo, que decir en una situación bélica.
No ahondaremos tampoco en las adaptaciones actuales del libro, ni en las versiones orientadas al plano empresarial o de crecimiento personal que, aunque válidas en muchos casos, nos parecen personalmente una perversión del texto empleado con fines comerciales, lo que condiciona la veracidad directa de las relaciones que de base podamos plantear. Qué duda cabe de que su utilidad en estos terrenos está más que demostrada pero, a nuestro parecer, donde más tiene que ofrecernos este texto es precisamente en nuestro ámbito, un perímetro con el que comparte el alma germinal de su propio sentido intrínseco.
Ya en el prefacio nos apunta Cleary que el texto se presenta desde la perspectiva de su inclusión en el contexto general de la gran tradición espiritual del taoísmo, motivo que nos impulsa a la inclusión de esta versión dentro de este espacio de reflexión sobre textos que es nuestro club de lectura.
Por otra parte, nos hemos permitido reflexionar amplificando el espectro significativo de las palabras porque, aunque el texto habla en todo momento del conflicto bélico, los ámbitos de acción de un soldado y de un practicante civil, al ser tan distintos, pueden necesitar de esta distintiva argumentación idealizada.
También, en la introducción del libro se nos detalla el paralelismo que presenta la filosofía contenida en el libro con la correspondiente a las artes curativas, que magnifica el valor de la estrategia para evitar la confrontación como culmen de la efectividad en todas sus premisas filosóficas. Este punto es extremadamente importante y relevante para nuestro contexto por dos motivos fundamentales.
El primero de ellos es que, en realidad, la mayor parte del entrenamiento de las artes marciales es una preparación para adaptar al individuo al momento del combate integrando en su cuerpo y en su mente todo el potencial estratégico, táctico y técnico diseñado para dar respuesta a cualquier incógnita ofensiva inesperada. Esta prevención, esta prophyilaxis, este prepararse para la guerra con el fin de alcanzar la paz, es una constante que hermanan objetivamente las finalidades del libro que nos ocupa y del ámbito artístico marcial.
En segundo lugar, porque este principio de vencer sin luchar es una máxima también en  la idea final del combate desde la perspectiva de un artista marcial, que fomenta el desarrollo de un espíritu lo suficientemente fuerte, determinado y perceptible, que amilane o, por lo menos, haga desistir de intenciones ofensivas al que por cualquier motivo pretende romper el equilibrio pacífico de un momento determinado.
En estos dos extremos se mueve nuestro texto y en estos dos extremos nos movemos al estudiar y practicar el arte marcial que elegimos.
Partiendo pues de esta premisa, queremos abordar un análisis puntual sobre cada uno de los capítulos que contiene el texto y ahondar en sus definiciones, establecer relaciones y concordancias subjetivas, proponer similitudes o reinterpretaciones filosóficas de aspectos aparentemente toscos o excesivamente materiales desde enfoques más sutiles. En definitiva, queremos utilizar el libro y sus apartados como una estructura en la que hundir los dientes para encontrar las bases conceptuales y filosóficas de la práctica marcial tradicional.
Comencemos con los Criterios estratégicos a ver qué podemos encontrar en este apartado.
CRITERIOS ESTRATÉGICOS
La estrategia es la madre de la práctica. Debe estar presente antes, durante y después del entrenamiento. Su sentido, tal y como lo plantea el arte de la guerra, comienza por aceptar que los métodos de defensa resultan vitales para la supervivencia y que su examen, el examen de la acción militar, resulta absolutamente indispensable por constituir la base de la vida y la muerte.
Este primer párrafo es crucial a la hora de dar sentido al entrenamiento, de dar sentido a dedicar horas y horas a adquirir actitudes y aptitudes para el combate. Vivimos en la sociedad del bienestar adormecidos ante la posibilidad de que las cosas se tuerzan cuando menos lo esperamos. Resulta igualmente irónico que cualquier uso que podamos hacer de nuestras artes en una situación de necesidad nos puedan llevar, casi con toda seguridad, a la cárcel.
Está penado cualquier uso arbitrario injustificado de estas habilidades. El contexto pide medición, pide control, pide inteligencia. El arte también nos enseña eso, tanto en su parte táctica como en su modelo filosófico, un modelo basado en intentar eludir la contundencia del encuentro antes de que este ocurra.
Si ocurre, si no hay salida, la cuestión entonces se replantea en términos de aclarar si somos lo suficientemente hábiles para aplicar lo aprendido en su justa proporción. Una proporción que pueda ser en cualquier caso motivo de análisis y de argumentación positiva hacia nuestra conducta o puede ser un impacto directo en la línea de flotación de nuestra vida.
En el texto se habla de un análisis del camino, el clima, el terreno, el líder y la disciplina. No hay ni uno solo de estos parámetros que podamos obviar en nuestro territorio cuando las cosas se oscurecen. Evaluar las posibilidades dejando de lado las emociones, con toda la frialdad que una situación tan delicada nos requiere, resulta vital para no adentrarse en territorios de los que difícilmente podremos escapar.
El primer punto, el camino, nos insinúa la necesidad de ser auténticos y luchar desde la convicción de que nuestra defensa es justa, es necesaria, es real. Quizá por esto, en sus comentarios, Cleary nos habla de humanidad y justicia como sinónimos del «camino».
En el caso del clima o de las estaciones del año, debemos fijar las condiciones en las que ocurriría nuestro combate o nuestra fuga. Conocer el tiempo es conocer si estamos en condiciones de afrontar la situación asumiendo el clima interior y exterior. Aunque en el libro no se cita, en el ámbito de la medicina tradicional china se asocia habitualmente los cambios emocionales a cambios climáticos internos, ruptura del equilibrio entre los cinco elementos haciendo alusión a frio, calor, humedad, etc. Si adoptamos una visión unipersonal adaptativa del texto, tenemos que aceptar que estos parámetros, aplicados a un ejército, resultan de difícil extrapolación. Debemos pues individualizar el enfoque para entender a qué nos estamos refiriendo.
El texto no se refiere en absoluto a esto que estamos resaltando ya que habla de las condiciones climatológicas óptimas para la batalla. En nuestro caso podemos tener dicho elemento en cuenta, pero quizá mucho más nuestra disponibilidad de espíritu para el combate y la ausencia de emociones que comprometan nuestra efectividad y proporcionalidad en la lucha.
El análisis del terreno es una premisa fundamental ya que cualquier combate que podamos tener en la calle dista mucho del mullido tatami, de las protecciones y de la horizontalidad y agarre del terreno que pisamos. Es preciso evaluar este punto para no caer, para no resbalar, para no perder el equilibrio, para no usar elementos inapropiados en el instante de la lucha, para plantear acciones acordes a la distancia real a la que nos encontramos.
No podemos lanzar acciones de piernas, aunque estemos a distancia óptima para usarlas, si nos encontramos en un suelo lleno de aceite que resbala y nuestro calzado son zapatos de suela lisa. Tampoco saltaremos en espacios de techos bajos o llenos de estantes y, mucho menos, nos permitiremos el lujo de caer a un suelo lleno de cristales o piedras. Todos estos elementos deben ser valorados de inmediato antes de decidir nuestra acción determinante. Esto no se aprende normalmente en el tatami pero es una reflexión que cualquier persona inteligente debe hacerse para evaluar la efectividad de su sistema en diferentes ámbitos de aplicación.
Tal y como el autor nos resalta en el apartado relativo a La autoridad, los antiguos reyes consideraban la humanidad como lo más importante. Para un artista marcial esto no es distinto y los valores que señala el libro como ejemplares, el arete que resalta para establecer una autoridad natural, sin imposición, se basan en la expresión de la autoridad desde la inteligencia, la honradez, la humanidad, el valor y la severidad.
Todos estos elementos, desde el plano interior al que nos referíamos antes y, por supuesto, en su emanación individual hacia el exterior, configuran unas bases de exigencia para el practicante de artes marciales que conformará, a través de su permanente puesta en práctica en la vida, un espíritu óptimo para afrontar los envites de momentos de riesgo o de conflicto.
La disciplina, como siguiente elemento de análisis, tiene una vinculación directa con todo lo expuesto en estos últimos párrafos. El carácter, en su firme construcción, exige disciplina y claridad a la hora de organizar las prioridades vitales, nuestra propia jerarquía interior de valores y la proporcionalidad de cargas a las que nos sometemos dentro de nuestras verdaderas capacidades. Debemos aprovisionarnos de forma efectiva para afrontar los retos. La primera merma energética que tiene cualquier individuo parte, fundamentalmente, de su incapacidad de disponer de inmediato su estado de ánimo ante cualquier situación adversa. Afrontar las situaciones desde un punto de aceptación de la realidad y de sus posibles consecuencias nos permite decidir cómo aplicar nuestros conocimientos y habilidades a esa situación. Valorar nuestras ventajas sin mostrarlas al enemigo utilizando la confusión como aliada.
Esta valoración de la situación, que señalábamos al comienzo del texto como uno de los elementos preventivos más importantes, nos invita a utilizar todo aquello que podamos para evitar nuestro desgaste. Si queremos evitar una importante implicación emocional para no enturbiar nuestro clima interior, debemos provocar precisamente eso en un oponente ante el que tenemos posibilidades de victoria.
Una parte importante del libro es aplicable a situaciones asimétricas de combate en el que uno se puede tener que enfrentar a alguien más fuerte o a un grupo más numeroso. Los sistemas nos facilitan recursos estratégicos y tácticos para este tipo de situaciones, aunque los que nos aconseja el texto son de un incalculable valor. Humildad para provocar arrogancia, fuga aparente para desgastar energía, dividir el grupo y atacar en momentos inesperados y no revelar las intenciones en ningún momento reduciendo el tiempo de acción y reacción sin prolegómenos que puedan desvelar nuestro objetivo.
Por último, concluye el capítulo con un párrafo sintético en el que se afirma que la profundidad de los criterios estratégicos aplicados es la garantía de superioridad ante una situación bélica, adversa o de conflicto. Esto nos muestra que el camino del entrenamiento, de la preparación, de la concreción de elementos, del autoconocimiento y el conocimiento de nuestros adversarios son las pautas que marcan la diferencia entre ganar o perder, entre vivir o morir.
Seguiremos reflexionando la semana que viene con una nueva entrada sobre el segundo capítulo que se prevé interesante: En medio de la batalla.


lunes, 1 de agosto de 2016

Luz que no deslumbra


Antes de hacer un malicioso análisis de uno mismo es conveniente definir el principio y final que nos divide. Establecer el marco en el que discurre lo justo que nos sitúa justo en el centro de nuestro sentido, ni un milímetro más ni un milímetro menos. Avanzar directo puede ser una fórmula que comprometa nuestro sentido grupal insoslayable. El mar comienza en el horizonte y termina en una orilla en la que entra y sale a su placer, mas no gobierna en realidad el daño que inflige a la costa, tampoco la forma en que engulle y escupe el sol.
Son los límites del otro los que configuran los nuestros, es nuestro espacio bien delimitado el que evita que caigamos en la desgracia de querer ser más que otros, de exponer rectitudes que no van con el orden de un universo incomprensible. Aceptar lo natural nos aleja de la desgracia escondida en una irreal felicidad permanente, tan solo el silencio nos corrige antes de que el ansia de ruido nos corrompa.
Ir y venir pero sin demasía, sin arrogancia, ajustando el tono al soplo del instante y sin buscar el exceso que llamamos felicidad más allá de la profunda satisfacción de sentir realmente el presente existido. Es esa falsa felicidad permanente, esa búsqueda irreal la que nos lleva a sobrepasar nuestro horizonte, la que nos lleva a impactar con violencia en la roca para ampliar el espacio en el que esparcir nuestro efímero espumarajo, unas veces más gris que blanco.
Humildad sin sumisión, sin expectativas gobernadas por un deseo, sincera, ajustando la luz que proyecta nuestra presencia a su real radiación, ni un milímetro más ni un milímetro menos. Solo esa humildad real nos sitúa felices en un estar sin condiciones, sin abordajes, sin invasiones. Un estar mantenido en la línea que descubrimos cuando el silencio nos aúpa a sus lomos y nos traslada al espacio infinito del ser, el ser en toda su expresión minúscula y eterna.
En ese silencio toleramos, aceptamos, comprendemos. En ese silencio inmediato, el que nos permite vernos de veras, no necesitamos más leyes que las que rigen la ausencia de intervención; intervenir entonces significa fracasar disfrazados de éxito.

Ese antifaz de la sonrisa provocada, ese velo que susurra hacia afuera un color diferente en nuestro rostro, esa canción melancólica que pinta el presente de una emoción inexistente, todos ellos, como esbirros de nuestro propio engaño insalubre, son destapados y descubiertos bajo el acero del silencio, bajo la ausencia de imágenes hacia adentro. Tan solo la luz callada del presente proyecta realmente la sombra que somos y la materia, entonces, se torna eco de la ausencia de luz para comprender de inmediato que en ese espacio intermedio de luces y sombras proyectadas existimos realmente. 

sábado, 9 de julio de 2016

Simple por sí mismo


Difícilmente apelamos al desencuentro de un estado de nuestro ser con otro que nos inunda por completo. Cada segundo es un misterio en el que somos traspasados por agujas cortantes transformadas en ideas, ideas de otros, de nuestro grupo, de ese que invade fielmente nuestra singular monología.
Somos miseria en un mar de prohibición que nos controla alertado por la posibilidad de enriquecernos. Cada gramo de oro se torna lágrima en los ojos de alguien que no sabe cómo ni por qué se le quita el algo imprescindible. Cada gramo convertido en kilo requiere el daño como fértil aglomerante que convierta, por presión, un trozo podrido de humanidad en diamante.
Ese malestar que vivimos felizmente nos reduce sin remedio, nos exprime el alma para dar sus gotas de sal a ese que vive succionando la vida a los otros. ¿Cómo no negociar en un mundo que es, en sí mismo, un mercado en el que el producto, el usuario y el vendedor son piezas semejantes pero desordenadas?
Cuanto más intentamos gobernar lo ingobernable más avanzamos hacia el precipicio, un arcoíris gris de futuros en los que todo lo que somos desaparecerá para ser, tan solo, un eco de lo que pudimos ser sin conseguirlo.
Seguimos hablando de riqueza mientras el hambre entra a destajo en puertas que chirrían, en umbrales oxidados desde dentro en los que no queda lo más mínimo para hablar de dignidad. Ese mundo torpemente cultivado llena y vacía sin equilibrio lo que el destino y la suerte han deparado al neonato.

Es hora de gritar y sacar las garras del silencio y la quietud, para que el alma madure a su debido tiempo. Es siempre sin duda el momento. Sin desearlo realmente conseguimos sobresalir solo para exhalar silencio en derredor y, quizá pronto, alguno escuche nuestro lamento para compartirlo; a veces el silencio se transmite más veloz incluso que el ruido ensordecido. Qué nos queda en nuestro reducto más que ser, acaso, un puro y breve fragmento de nosotros mismos.

miércoles, 1 de junio de 2016

Misteriosa identidad

Para que nada te corte, siembra el silencio en el corazón que se nos ha prestado en este tránsito efímero que recorremos. El oculto resplandor no es nuestro, no es realmente la luz que nuestros ojos creen observar. Al mezclarnos en la oscuridad global que atesora nuestro sentido grupal extravagante, en ese proceso que también no cesa de empujar, nos vemos obligados a ser aquello que no pretendíamos en nuestras primeras ilusiones.
Cuando navegamos en sofás, desdibujados ahora en la memoria, y éramos felices recreando en nuestra mente una historia de héroes y villanos terribles que resultábamos, de algún modo, ser nosotros mismos adelantándonos al tiempo, experimentábamos un proceso de fusión lleno de alardes, de magníficas glorias expectantes. Éramos el proyecto magnífico de lo humano en un mundo repleto de otros corazones semejantes.
Eran días de paz y de guerra, de sombras y luces, días sobre todo intensos del vivir. En ellos crecimos aceptando y rechazando constantemente regalos cuya presencia sentíamos predestinada. En el largo periplo hasta el ahora, muchos restos de lo que podíamos haber sido se quedaron pegados al deshoje inevitable de la edad. Los sueños, adheridos a esas expectativas fantásticas, se tornaron realidad poco a poco sin que nos diera tiempo a reconfigurar nuestra capacidad de valorar del mismo modo la mera subsistencia.
Parece que pasa el tiempo y la propuesta ahonda aún más en desaparecer de nuestra imagen; rechazar el verbo como excusa para rememorar aquellas locas historias que nos convirtieron en quienes somos hoy. ¿Cómo y por qué cerrar las puertas a la vida imaginada? ¿Qué sentido tiene la realidad sin su contrapunto imaginario en el que caben dioses, monstruos y hasta seres humanos auténticos?
Necesitamos el tiempo que nos permita realizar la labor de desenredo para poder, dentro de nuestras aberturas tapadas, proyectar nuestro sentido vital en un espectro bien diferente al imaginado. Ahora necesitamos decidir si seguimos el noble camino de la renuncia o intentamos integrar aquello que nos construyó como un fragmento más de nuestro papel de supervivientes. Es el alma pasajera en sus susurros la que nos propone qué hacer, sin que el sentido común le pinte de negro todo aquello que nos rodea. La luz no nos llega de fuera y saberse único es, a la vez, saberse uno más de todos, como si la singularidad y la pluralidad no fuesen, en realidad, la cara y la cruz de nuestra propia experiencia.

MISTERIOSA IDENTIDAD

Siguen sin hablar los callados
Y la duda me inunda momentánea
En un acongojo que no comprendo sobre el sentido
¿Por qué hablar desde el silencio?

Una ruta, un instante, una realidad
Tan solo están donde soy sin ser nada
Y percibirme como algo me produce alegría
Descarto pues la tristeza del plan que me propones

Decido, como debo, ahondar más en la trama
Conocer qué y por qué debo ser o no ser
Y saber qué y por qué me construyo al hacerlo
El acero forjado del fuego requiere siempre el agua en su templanza

Dos polos, dos misterios, dos realidades
El alma no descubre nada sin el pensar
Y la oscura melancolía de la identidad misteriosa
Quizá no tenga un motivo más que el aparente
Ese que nos hace zozobrar un ánimo difícil de construir

Ahora estoy y siento, vivo, respiro
Que nada ni nadie nos niegue el susurro que nos hacemos
Comprobando que este hablar sin saber puede ser conocimiento
Y que este no saber lo que se habla puede ser la puerta que traspasamos
Antes de que el oscuro rencor existencial nos la cierre

No más cielos e infiernos en un ahora que está lleno de presentes
Luces, sombras, amigos, distancia
Todo se conjuga en una trama hecha para ser vivida
Mutante en cada instante y sin prisa
Porque correr hacia el misterio no es más, sin duda
Que acercar la muerte más deprisa

El resto ya lo sabremos.

lunes, 2 de mayo de 2016

¿Dónde está la bella?




Lamentamos sucumbir al derrumbe de nuestra ilusoria fortaleza cuando el alma animal se manifiesta. Es ocasional pero nos perturba el pensamiento que creíamos equilibrado. Asumimos un centro de cuyo equilibrio excluimos a un caos necesario y fundamental para dar vida a lo creativo.
Ser como pequeños recién nacidos no nos garantiza acceder directamente al estrado de la verdad. Tan solo en el silencio de una soledad trabajada nos damos cuenta de esto y la ausencia se va convirtiendo, por sí sola, en el psicopompo que nos eleva de lo terreno a lo celeste.
No hay engaños que valgan cuando descansamos en nuestro sincero pensamiento. Solo desde él podemos darnos cuenta de cómo dirigimos la fuerza en nuestro interior, cómo nos dominan los pensamientos que viven a más profundidad de la que alcanzan nuestras inmersiones circunstanciales. Estos pensamientos que se perfilan como una suerte de sueño estigio, nos acaban llevando a vivir la vida como un sueño en el que nos alejamos en todo momento del presente. ¿Qué lógica nos arrastra a ese fondo y qué herramientas podemos utilizar para abordar nuestra tarea de descubrir la realidad?
Seguir el Tao es complejo y fácil a la vez. No debemos hacer nada, no debemos sobresalir, no deberíamos esforzarnos en hacerlo más allá del límite que intuimos necesario en nuestra pequeña labor permanente.
Para ello debemos estar en armonía integrando ese caos que no podemos dominar junto a cualquier razonamiento derivado. Observar es una forma de sentir profundamente la realidad que nos invade para, de su eco, extraer los filamentos deshojados que tienen algo que decirnos sobre nuestro principio. Ese algo nos aporta el conocimiento que anticipa el desastre de desgastar vanamente la energía que tenemos para subir hasta el cielo que disipa cualquier dualidad.
Esta honda virtud que pretendemos buscar tiene un sentido en lo más profundo de nuestra reflexión. Parecemos estar ligados, anclados, vinculados sin remedio a la bestia interior que nos ha ayudado a alcanzar esta época de atroces disfrazados, de mentiras ensalzadas, de palabras vacías y actos desproporcionados.
En esta desgracia en la que vive nuestro mundo siempre tenemos la opción de apostar por el silencio, por la solitaria reflexión que nos haga pensar en los que son injustamente sacrificados por el enorme grupo desmerecido del que formamos parte.
Ahora, quizá más que nunca, tenemos que limpiarla de todo aquello que nos impregnan con finura los malvados y dirigir nuestra energía a generar una mente limpia como la de un bebé. Una mente que aprende a concentrarse en hacer que el espíritu, en su manifestación individual o colectiva, nos aproxime a una forma coherente de integrar a la bestia y la bella que todos hemos contenido siempre.  Debemos hacerlo con el mismo amor que llevó a Psique a lo más profundo del Hades para reparar su vínculo con Eros y ser así bendecida por Zeus con la inmortalidad.
No perecerá el espíritu que acceda al plano de crecimiento destinado, tan solo tenemos que ver claramente cómo se articula el proceso de desgastar este ego torpe y construido por el bosque de bestias en el que vivimos, un lugar en el que apenas unos pocos miran en su interior y se preguntan ¿dónde está la bella?

miércoles, 6 de abril de 2016

Honrarás a tu padre y a tu madre

Dirección del libro 
Mirar hacia atrás recuperando la conciencia heredada quizá nos aproxima, de una forma más precisa, a la realidad de lo que somos. No podemos dejar de pensar hacia afuera sin detenernos a vislumbrar las luces que nuestros ancestros dejaron en nuestro interior.
Depurar esas luces de las sombras adheridas nos permite un mayor nivel de luz interior para descubrir nuestro principio. Hacerlo es tarea irremediable si queremos dar a luz el espíritu que espera pacientemente a nuestro despertar.
No vamos de sobrados, esperamos simplemente a conocer el sentido de este embarazoso proceso mediante el cual nuestro espíritu se perfila como un instrumento más de un plan universal interminable. Viajamos en el espacio y en el tiempo a través de los recuerdos sin pararnos a pensar si realmente son nuestros o los heredamos de nuestros antepasados. Rendirles culto es un acto de perfeccionar nuestra tarea permanente hacia lo iluminado de nuestra esencia. Es crucial descubrir este proceso para dar la luz al mundo, la partícula minúscula que nos corresponde aportar a lo que entendemos por humanidad.
Quizá pensamos que la perdimos pero ser conscientes, en esencia, es ya un acto de rebeldía frente a la fuerza con la que las ideas intentan sujetar el inevitable resurgir del corazón. Este, atrapado entre el cuerpo y el deseo de ser algo más que un aliento, nos susurra en los sueños esas historias que nosotros mismos no quisimos contarnos cuando la luz del alba nos despertó.
El mundo nos espera para despedirnos, el alba se perpetúa con el atardecer para darnos conciencia de estar en un tiempo en el que todo transcurre demasiado deprisa. Viajamos desde el pasado en una conciencia que muta de personaje para adentrarse en los confines del infinito y lo hacemos como polizones escondidos de nuestra inmediata reflexión materialista.
Solo el olor de este particular modo de comunicarse con nosotros nos advierte de la importancia del acto de amar a los demás a través de nuestras virtudes purificadas. Dar la luz y desgastar las sombras con sentimientos más fuertes que su pésima naturaleza debe ser nuestra sagrada misión en el viaje. Si olvidamos que todo es una creación fantástica de una mente que quiere jugar todo el tiempo, la sombra que esos pensamientos proyectan puede anquilosar el proceso emergente que nos procura el sentido de lo humano.

Nuestros padres y nuestros hijos darán buena cuenta de ello cuando el círculo se cierre y el estado que nos rodee no sea más un eco de la existencia que juntos, aunque separados por el tiempo, insistimos en vivir. Qué otro fundamento podría consolidarnos más con la vida que esta certeza aceptada en su origen, sin vincularnos a más símbolos que el que nos proporciona la claridad que nos permite ver cómo, en cada segundo, nuestra mente produce algo relacionado con nuestro entorno, con nuestro pasado y con nuestro futuro. Solo el corazón sincero, depurado y cultivado correctamente, dispondrá de la fuerza necesaria para separar el grano de la paja inservible de la que se valen todos los instintos malignos que pervierten el sentido sagrado de la vida.