domingo, 22 de noviembre de 2015

Poner la otra mejilla desde el Tao

Es complejo abordar esta idea. Dejar de intervenir para poder intervenir. El sin sentido se torna mayúsculo cuando queremos impregnarlo de resultados.
La sombra de nuestro ego se disuelve progresivamente al ritmo que vamos comprendiendo estas palabras. El soneto de nuestra música depende de la ausencia de instrumento, de aire, de intérprete y de oyente. Quizá porque la música en si misma tiene otra naturaleza que va más allá de nuestra reducción al interpretarla. El sonido de la brisa, de las olas o del bambú al crujir por el viento son, por sí mismos, un instante en el aire que se nos aproxima para vibrar de algún modo en nuestras entrañas.
La adaptación como modelo de vida se dibuja finamente en una apuesta por el silencio frente al ruido. Intentamos callar nuestras voces interiores para ser capaces de escuchar lo que el pueblo, los buenos, los malos, los leales y los desleales tienen que decirnos. Pero al decirlo ellos no somos más que ellos mismos rebotando en un cuerpo que no aspira más que a estar presente, sin interferencias, para pronunciar cada día las palabras que le permitan comer, beber y, sobre todo vivir.
Diluir las dualidades nos permite silenciar el giro interminable de dos nacimientos simultáneos. Lo hacemos y con ello, con ese silencio momentáneo, nos oímos a nosotros. Dejamos de batallar en construir una estructura mental a partir de lo bueno y lo malo para explorar los misterios de la bondad como ejemplo. Es en ese momento cuando tenemos que  preguntarnos qué queremos. Cómo queremos conseguirlo y por qué. A costa de qué. Tan solo la claridad de las preguntas garantiza una respuesta útil a nuestro destino. Tenemos que aprender a preguntar mientras nos preparamos para la rudeza de las respuestas, para la dureza con la que la vida nos va a responder. Por este motivo no podemos abandonar el mundo si queremos entenderlo y si queremos que sus obstáculos sean nuestra real garantía de crecimiento.
Esta oportunidad, esta única acción posible ante el conflicto permanente de vivir o morir, exige bondad, sinceridad, carencia de prejuicios para el trabajo al que nos enfrentamos. Vamos a vivir cada instante, cada momento. Vamos a preguntarnos y mientras tanto, cuando estamos pronunciando mentalmente las palabras, la noche se cierne entre nubes que no acertaron a avisarnos.
Ser bueno, entender la bondad tal y como el libro nos propone, no entra en contradicción con la lucha permanente por la vida, con la defensa constante e incansable de nuestra misión sagrada entre los vivos.  Para ser buenos debemos encontrar nuestro sentido, nuestra misión personal y ser sinceros hasta las últimas consecuencias. Al entender nuestro sentido, solo los buenos actos nos guiarán y la comprensión de que lo simple nos aproxima al Tao en una medida indiscutible nos permitirá darle al corazón la calma que necesita para articular el gobierno de un mundo que nos espera, nuestro propio mundo interior conectado desde ahí con el universo que le rodea.