miércoles, 17 de junio de 2015

¿Bondad o supervivencia?

Parece difícil pensar qué decisiones son más importantes en nuestra vida. En un texto como el Daodejing nos encontramos con esta cuestión constantemente. No acaba uno de aclararse si en realidad se trata de una autocrítica personal en la que tomamos prestadas las palabras del texto como pretexto para borrar o rehacer campos de la memoria extraviados.
El presente siempre supera a cualquier interpretación que el pasado nos regale o el futuro nos prometa. Aquí y ahora cobra vida realmente cualquier pregunta sobre nosotros mismos. El buen hombre o la propia vida parecen enfrentarnos a una cuestión trascendental en términos de difícil interpretación antagónica. ¿Acaso no es posible combinar ambos extremos? ¿Cómo podemos valorar con justicia su precio?
La bondad se nos presenta como una cruda realidad inalcanzable en la medida en que somos o no somos. Esta cuestión anterior a la misma pregunta viene injertada de otros señalamientos de mayor profundidad.
La escalera de preguntas que intenta quebrar la lógica que nos arrebata el libre albedrío se torna un elemento de orden que impide que la espiral de cuestiones nos acabe separando de nuestro centro. Bondad/vida, vida/riquezas, riquezas/ganancia o pérdida. Nos encontramos ante una escalera descendente de cuestiones que nos obliga a bajar desde la superficie de los conceptos sociales hasta una cuestión central más fácil de abandonar. Pregunta
 La maraña de dudas entrelazadas entre cada fila del texto es difícil de deshacer. Es preciso ir abandonando progresivamente cada dualidad impenetrable para abordar la siguiente con un grado más de pureza, entendiendo pureza como un estrato menos contaminado por nuestro propio pensamiento. El eje es siempre el ego, como si los eslabones de nuestra cadena tuviesen un ADN particular repleto de yo.
Mi vida y mi bondad en contraste para sumergirnos en comprender el verdadero valor de las cosas y, en la última escena del tercer acto, quién duda, quién busca la bondad y quién gana o pierde.
Ese ego permanente se resiste a abandonarnos gracias a estas cuestiones tan importantes que le suelen dar más vida que olvido. Sin él ¿qué sentido tiene atesorar en exceso, acumular para ir lanzado a por más posesiones o permanecer en la irrealidad de las aficiones que nos alejan del momento presente en el que discurre realmente la vida?
Amigo, consejero o cortapisa, el ego nos permite la supervivencia entre pares. Nos ayuda a sentir la vida en compañía, pero también nos invita a la posición de altura, a llenar la propia vida de elementos que justifican ganar o perder. El entorno hostil permanente también justifica que adoptemos una actitud ante el instante en la que la opción de victoria suele ser más poderosa que la opción de bondad, sin que ello nos lleve a plantearnos el motivo de la decisión.
La luz y la oscuridad se alternan para dejar un eco insoslayable de su efímera presencia. En ese eco, si el silencio nos asiste, encontramos el sentido real de nuestros actos sin preguntas, la bondad necesaria para justificar nuestra participación en un plan de un orden superior al de nuestra minúscula agonía vivencial. El alma no está sujeta a conceptos y el Dao, aunque absoluto, se manifiesta particularmente en cada grano de arena que nos azota. Es el tiempo el que determina nuestro sentido real y el curso del río que otrora discurrió bajo nuestros pies el que nos invita incierto a tomar diversos rumbos existenciales.

El ruido de nuestro propio pensamiento construyendo nuestra sombra puede ser borrado fragmento a fragmento cuando nos liberamos de la necesidad externa de bondad, de la supervivencia a costa de todo, de  la riqueza material como signo de poder y felicidad, de la incapacidad de detener el ansia consiguiendo frenar el tren desbocado de nuestra certera insuficiencia como egos solitarios. El todo nos llama constantemente y nos invita a colaborar en la gran obra del universo renunciando a percibir como insoportable  nuestra enigmática levedad.