jueves, 26 de marzo de 2015

Charlas del Dao De Jing. Uno, dos y tres, dudamos.


«Abandonamos la plenitud que nos configura con la esperanza de poder experimentar algo nuevo, puesto que, al hallarnos completos, al serlo todo, experimentamos inmediatamente cuanto existe, cuanto es, todo salvo la duda, que el absoluto se encarga de excluir».
El diario
Estanislav Lem

La duda aparece en nuestro escenario personal como un fragmento dado que nos garantiza el paso de fase. De alguna forma se torna pasaporte entre nuestras áreas evolutivas, documentos que permiten, una vez cerrado el circulo completo de lo que debía acontecer, asomarnos a un nuevo territorio por explorar, un territorio lleno de peligros, de alegrías, de sorpresas y de todo aquello que configura un nuevo nivel de experiencia que será la antesala de otro nuevo fractal evolutivo posterior de nuestra conciencia.
Esta capacidad para dudar establece un modelo de fractura permanente que puede hacer que nuestra estructura básica, sin haber completado el segmento de su evolución correspondiente, se desmonte antes de tiempo. La duda, en sus dos facetas, la de puente a nuevos territorios evolutivos y la de fundamento de la inestabilidad de la construcción permanente tiene que ser claramente observada desde la mente del meditador.
Dudar es establecer la alternancia entre lleno y vacío de la que somos fruto. Desde un dos proclamado a los cuatro vientos por cientos de pioneros de la visión interior, aparcamos cualquier certeza que nos haga decantarnos por una de las partes que finalmente y de forma complementaria a la otra se presta a configurarnos. Somos una parte dividida en dos que se comunican en mayor o menor medida para que, de ese flujo, surja la comprensión permanente de aquello que se mueve, que se muestra, que acontece ante nuestra atenta mirada.
Si no somos dos partes de un todo, somos un todo que nace de esta permanente dicotomía. Tres por lo tanto se unen en esta danza que nos hace plantearnos, de partida, por qué y para qué dudamos. Lo hacemos por naturaleza, por esencia, por emanación inevitable de este flujo entre lo que puede y lo que no puede ser. Nuestra duda más primitiva es la que nos lleva a preguntarnos si habrá algo de sentido en el ser. Si ese sentido, además de depender de un proceso lógico que pretende establecerlo, puede trascender a este proceso para adentrarse en los territorios de lo que no puede ser descrito más que con metáforas inoportunas.
En esta duda que nos existencial puesto que somos conscientes de que existimos, de que somos, somos…, buscamos el flujo hacia atrás de la interacción dinámica de complementarios que ha dado lugar a todo. Es desde ese momento de crisis de lo cierto cuando podemos anclar un nuevo proceso no ligado a elementos lógicos. Un proceso que ha de operar en lo sensitivo y profundo de nuestro instinto más primitivo, el que hemos desechado de nuestra consciencia por tornarse realmente insoportable en el contexto de las reglas del juego convivencial que hemos diseñado para ser habitantes de colmenas.
Esta duda crítica que nos permite avanzar en la consciencia y sumergir las raíces de nuestra búsqueda en la dirección de un Tao impenetrable es similar a la matriz de una planta cuyas raíces buscan nutrirse de la tierra mientras sus hojas, que no descartan el viento como alternancia que distribuye un fragmento de luz para cada parte constituyente, ascienden a un cielo en el que la humedad, los gases y las luces las atraviesan para darle sentido energético a su proceso. Sin ambas direcciones no hay nada más que conecte estas dos energías ancestrales en un tronco aparentemente inanimado.
Así, ante nosotros, la duda se perpetúa como orden divisible que nos permite alojar nuestras raíces en lo más profundo de nuestra búsqueda interior a la par que nos soporta el anclaje de las decisiones que nos llevan a situarnos en los lugares oportunos para el proceso celeste. No estamos solos en lo interior, nuestros dos fragmentos nos configuran en la compañía de este todo nutricional que compartimos con el resto. No hay sentidos, no hay pensamiento a partir de ahí. No hay mayor experiencia que apenas un eco lejano de algo que no podemos describir pero que resuena en nuestra propia interpretación del presente razonado.
El aire no se presta en este proceso a variar los enlaces de la luz o de la energía que nos mantiene en pugna con el medio. Solo observamos lo que puede dar de sí esta experiencia. En ella se nutre una parte de nosotros invisible, la misma que en su referente exterior permite el verde brillante de las hojas de nuestros actos. Estos sí dependen de los vientos, de los gases y de las luces que buscamos. Estas luces, maniatadas en el terreno de la certeza, son los escalones que nos llevan al siguiente balcón de nuestra búsqueda, al territorio nuevo e inexplorado en el que se proyecta nuestro destino, ese que no sabemos si elegimos o al que estamos irremediablemente avocados.
En este sin sentido aparente, cobra sentido nuestro nivel de penetración interior y de utilización efectiva del acto de dudar. ¿Cómo si no separar aquello que nos antecede de las propias imágenes que nuestro razonamiento intenta imponer a la percepción? Ese sueño inadvertido que nos alcanza en mitad de la fase más despierta de nuestra búsqueda quiebra el encanto natural de percibir, sin interpretaciones, el magma ancestral en el que flota nuestra dual polaridad. Sumergirnos en él sin la carga de la imagen propia, sin la proyección de lo que esperamos encontrar allí, sin las expectativas de convertirnos en algo diferente a lo que realmente somos, nos permite descubrir que avanzamos hacia nuevos estratos superiores en una acción que es por una parte inmersión y, por otra, ascenso a las montañas del siguiente proceso. Al subir bajamos y al hundirnos en esta búsqueda se eleva progresivamente nuestra visión de conjunto, que no es en justicia la visión global del sentido. Este queda en entredicho en el ámbito de la duda que nos obligará a volver a sumergirnos aún más en este estado sin imágenes de flotación para renovar nuestro ascenso a las cumbres de lo ínfimo, ese pequeñísimo fragmento de certeza que tanto ansiamos obtener.


viernes, 20 de marzo de 2015

Nueva categoría de Obras y Autores

Abrimos una nueva categoría que puede ser de utilidad para esos momentos en los que el cerebro, casi seco, no encuentra aquél fragmento de título literario o autor escondidos en sus circunvoluciones. El reto, como siempre, vencer a un tiempo insuficiente para leer y para opinar sobre lo leído. En este caso nos limitaremos a rebuscar a aquellos autores que nos permitan ampliar, a través de sus textos, ese sentimiento y conocimiento unificados de una cultura que se escapa entre los dedos del que intenta sujetarla. China, en toda su grandiosidad, en todas sus miserias y en todo aquello que nos suscita el interés desconocido de comprender esta amalgama humana aparentemente impenetrable.
Para esta nueva categoría de nuestro blog hemos definido una estructura que intentaremos mantener, siempre que se pueda, que consistirá  en una breve descripción del autor fundamentada en algunas reseñas biográficas relevantes, una descripción de sus obras más relevantes, algunas personales nuestras y otras, en el caso de que se trate de textos cuya lectura no hemos comenzado, adquiridas de otros espacios cuya autoría detallaremos al final de su párrafo correspondiente. Seguiremos con un espacio de recursos que puedan resultar de utilidad complementaria para definir una imagen de conjunto del autor y de su obra.
Jonathan D. Spence
Empezaremos con uno de esos autores que bordean en el filo de la navaja entre la labor catedrática y la mediática que a tantos ha enamorado a través de sus múltiples obras sobre china: Jonathan D. Spence. Nacido en el año 1936 en la localidad inglesa de Surrey, accedió a sus estudios universitarios en Cambridge consiguiendo el doctorado en Yale en el año 1965. Es miembro de la sociedad filosófica norteamericana en cuyo país obtuvo el Premio Vursell de la Academia Norteamericana en 1983 y el Premio Gelber de literatura en Canadá.
Sus obras son un apasionante viaje por la historia de China desde sus diferentes épocas y en diferentes forma literarias de tal forma que el horizonte de lectores interesados por sus libros se expanda mucho más allá de las élites intelectuales o académicas. En este sentido es considerado uno de los mejores sinólogos de la actualidad que se sirve del ensayo literario y de una manera muy particular de abordar las biografías para que el lector menos versado disfrute enormemente de lecturas de gran contenido histórico.
Un lujo que no debemos perdernos los interesados en conocer china desde sus raíces. Recomendamos desde este club la lectura de sus libros por ser una forma amena y seria de aprender y comprender un poco más sobre los chinos y su maravillosa cultura.

SUS PRINCIPALES TEXTOS
El palacio de la memoria de Matteo Ricci
Relato sobre la vida de Mateo Ricci, un jesuita y misionero italiano que se valió de las construcciones mnemotécnicas utilizadas en Europa en el siglo XVI para acercarse a la china de los Ming que otorgaba un gran valor a esta cualidad del ser humano.

La traición escrita
La traición escrita arranca en octubre de 1728, cuando el general Yue Zhongqi, gobernador general de las provincias de Shaanxi y Sichuan, vuelve a su despacho de Xi’an y un individuo se abalanza sobre él para entregarle una carta en la que se le propone liderar una rebelión contra la dinastía manchú. La asombrosa minuciosidad de los archivos chinos, en que todo, desde la traición hasta el castigo, se hacía por escrito, ha permitido a Spence recuperar las pruebas de esa conjura y reconstruirla en un original ensayo que posee el ritmo y las peripecias de una novela de suspense. En un Estado asombrosamente moderno, complejo, eficaz y centralizado, destaca la figura astuta y manipuladora de Yongzheng, el tercero de los emperadores manchúes, que de forma implacable reúne información y persigue a los traidores investigando pista tras pista. Spence, que le sigue de cerca, recupera las vidas y los pensamientos de las personas que, a veces sin darse cuenta, quedaron atrapadas en la conspiración. Yongzheng y sus funcionarios podían averiguar el origen de los rumores y rastrear la conjura y su proceso con una meticulosidad que habrían admirado quienes administraron estados policiales en el siglo xx. (Texto extraido de Tusquets editores)

El gran continente del Kan. China bajo la mirada de occidente
Literatura de viajes en estado puro que unifica las visiones y descripciones sobre china en un periodo de 700 años de autores como Borges o Kafka, partiendo de las más antiguas descripciones, aún en tela de juicio, realizadas por Marco Polo en su Libro de las maravillas.

La pregunta de Hu

Escrito en un sugerente estilo narrativo, este libro reconstruye un extraordinario episodio de los contactos iniciales entre Europa y China. Relata la historia de John Hu, un converso al catolicismo de Cantón, que entró al servicio del Jean-François Foucquet, misionero jesuita francés, como traductor y sirviente. Foucquet lo llevó consigo a su regreso a París en 1722, pero el extraño comportamiento de Hu en el extranjero motivó su reclusión en un asilo para enfermos mentales. A partir de archivos franceses, británicos y vaticanos, el autor intenta reconstruir una narración sobre la supuesta demencia del sirviente chino a partir de su complicada relación con el padre jesuita en el contexto del choque cultural entre Europa y Asia, dos sociedades con diferentes definiciones de lealtad, locura y obligación moral. (Texto extraído de Amazon.es)

 Otras obras


CONOCER MÁS
Entrevista:
Artículo:
La China de Jonathan Spence
Vídeo:
A Symposium on China: "US and China: Past, Present and Future."

martes, 17 de marzo de 2015

Retornar (al principio)

The return of the beautiful gardener - Max Ernst
Decía Gaudí que la originalidad consiste en el retorno al origen; así pues, original es aquello que vuelve a la simplicidad de las primeras soluciones. El aforismo sobre el que hemos trabajado en esta última cita de nuestro club de lectura sobre el Dao De Jing nos habla de este movimiento, de este retroceso de retorno al principio que nos plantea, siempre indiscutible, el movimiento del Tao.
Complicado es aceptar en estos días que una propuesta nos invite a retroceder, pero cómo no hacerlo si nos encontramos al borde de un abismo merecido. La reflexión, lejos de ser el arma de la que se vale el Zhi Ren (hombre perfecto) para afrontar la escala de su propio desconocimiento, se aparca a la vera de un futuro posible para adentrarse en un presente en el que el pasado solo ha dejado meras cicatrices físicas. El camino es de vuelta al origen inexistente que nos entregó una luz inesperada.
Ese no ser del que vinimos, encarnado en el seno de nuestras madres y provocado por el alma expansiva de nuestros padres, parece que tiene un motivo anterior incluso a un tiempo en el que nada existía. El retorno a ese lugar parece inevitable como inevitable se nos muestra la necesidad de dejar que la corriente del tiempo, en su ilusorio avance, nos retroceda al origen del que parte nuestro futuro.
Viento y pasado se alinean en una búsqueda natural de lo que procede y, sin embargo, imaginamos que avanzamos en esta pendiente que nos lleva, descendente, al origen de nuestra esencia irracional. Para ceder, para retroceder, para volver a un origen cargado de regalos para el alma de quien nos impulsó en este viaje, no tenemos más remedio que aceptar la dirección de la corriente consciente de que no vamos a ninguna parte conocida.
Sabedores de que nuestro principio indefinible contiene la esencia del ser y del no ser, ¿cómo podría preocuparnos nuestro destino temporal? Volver a la esencia es volver a conocer de primera mano el punto inicial de nuestro párrafo final. En ese segmento de nuestra vida por venir, o que ya existió, nos confunden rostros imaginados que pretendimos haber visto antes de verlos. Ese Déjà vu no es más que la certeza de que vamos hacia atrás cuando imaginamos avanzar hacia adelante, esa perspectiva nos confunde sobremanera y nos inquieta al no querer mirar nuestro propio origen cara a cara, ese que nació del no ser antes de que fuésemos.

Señalar la debilidad como la cualidad del Tao no deja de ser una irónica valoración de lo que entendemos por ceder ante el esfuerzo de oponernos a un universo infinito, en infinita expansión, en el que nuestra efímera personalidad malgasta el tiempo perseverando en un intento de oponerse a esta fuerza descomunal e intangible. Esa prepotencia de nuestro intelecto no deja de ser nuestra fundamental herramienta para comprender que aunque débiles, todo lo percibido se encuentra y se detalla a partir de nuestra experiencia existencial, esa en la que nacen las cosas que conocemos, esa en la que el movimiento del Tao, en su dirección de retorno, nos muestra todo aquello que es capaz de producir cuando nos limitamos a esa acción sagrada que es la observación. Quizá si nos paramos y aceptamos, no como débiles elementos, pero sí con el oportuno grado de cesión, podemos sentir realmente la dirección de los acontecimientos en los que navega nuestro espíritu al encuentro, inevitable, del mar de nuestro principio.