domingo, 22 de noviembre de 2015

Poner la otra mejilla desde el Tao

Es complejo abordar esta idea. Dejar de intervenir para poder intervenir. El sin sentido se torna mayúsculo cuando queremos impregnarlo de resultados.
La sombra de nuestro ego se disuelve progresivamente al ritmo que vamos comprendiendo estas palabras. El soneto de nuestra música depende de la ausencia de instrumento, de aire, de intérprete y de oyente. Quizá porque la música en si misma tiene otra naturaleza que va más allá de nuestra reducción al interpretarla. El sonido de la brisa, de las olas o del bambú al crujir por el viento son, por sí mismos, un instante en el aire que se nos aproxima para vibrar de algún modo en nuestras entrañas.
La adaptación como modelo de vida se dibuja finamente en una apuesta por el silencio frente al ruido. Intentamos callar nuestras voces interiores para ser capaces de escuchar lo que el pueblo, los buenos, los malos, los leales y los desleales tienen que decirnos. Pero al decirlo ellos no somos más que ellos mismos rebotando en un cuerpo que no aspira más que a estar presente, sin interferencias, para pronunciar cada día las palabras que le permitan comer, beber y, sobre todo vivir.
Diluir las dualidades nos permite silenciar el giro interminable de dos nacimientos simultáneos. Lo hacemos y con ello, con ese silencio momentáneo, nos oímos a nosotros. Dejamos de batallar en construir una estructura mental a partir de lo bueno y lo malo para explorar los misterios de la bondad como ejemplo. Es en ese momento cuando tenemos que  preguntarnos qué queremos. Cómo queremos conseguirlo y por qué. A costa de qué. Tan solo la claridad de las preguntas garantiza una respuesta útil a nuestro destino. Tenemos que aprender a preguntar mientras nos preparamos para la rudeza de las respuestas, para la dureza con la que la vida nos va a responder. Por este motivo no podemos abandonar el mundo si queremos entenderlo y si queremos que sus obstáculos sean nuestra real garantía de crecimiento.
Esta oportunidad, esta única acción posible ante el conflicto permanente de vivir o morir, exige bondad, sinceridad, carencia de prejuicios para el trabajo al que nos enfrentamos. Vamos a vivir cada instante, cada momento. Vamos a preguntarnos y mientras tanto, cuando estamos pronunciando mentalmente las palabras, la noche se cierne entre nubes que no acertaron a avisarnos.
Ser bueno, entender la bondad tal y como el libro nos propone, no entra en contradicción con la lucha permanente por la vida, con la defensa constante e incansable de nuestra misión sagrada entre los vivos.  Para ser buenos debemos encontrar nuestro sentido, nuestra misión personal y ser sinceros hasta las últimas consecuencias. Al entender nuestro sentido, solo los buenos actos nos guiarán y la comprensión de que lo simple nos aproxima al Tao en una medida indiscutible nos permitirá darle al corazón la calma que necesita para articular el gobierno de un mundo que nos espera, nuestro propio mundo interior conectado desde ahí con el universo que le rodea.

martes, 27 de octubre de 2015

Está ocurriendo ahora

Qué magnífico espectáculo y que afortunados somos al poder observar el cielo y su tormenta mientras rayos de luz se filtran entre las grietas que dejan nubes blancas y grises, quizá para provocar parábolas absurdas en las que podamos imaginar designios divinos que esperamos que aparezcan en forma de milagros inexplicables.
Esta percepción del concierto luminoso celeste, orquestado por truenos, relámpagos y vellos erizados es, en sí misma, un verdadero milagro que nos empeñamos en descartar para imaginar un milagro de otra índole. Esta ceguera nos atrapa y se traslada a muchos otros campos de nuestra existencia en el que confundimos la tremenda realidad con un reflejo imaginado de ella.
El presente inundado de belleza y de terrores, ese presente en el que vivimos y en el que viviremos siempre, nos parece insuficiente. Para evadirnos de él planteamos grandes planes, grandes proyectos, participamos en la llamada transformación del mundo, sin caer en la cuenta de que el mundo ya se transformaba él solo antes de nuestra efímera llegada a la existencia y, nos guste o no, seguirá transformándose cuando ya no estemos. Nuestro paso es, además de fugaz, insignificante en el magno discurso celeste en el que, frente a los grandes poemas divinos, no somos más que el sonido de una mota de polvo cayendo al suelo en mitad del discurso.
Ese tránsito desde nuestra materialización maravillosa y consciente, hasta tocar con el suelo, eso que llamamos vida, no se aleja mucho de cualquier otro fragmento existente de los muchos que pueblan la tierra.
El que se afana en buscar la gloria pasajera consume en su búsqueda el tiempo y la energía que necesita para ser consciente de sus presentes, con ello pierde de forma irrecuperable su entrada al concierto de la vida que está ocurriendo mientras escribo estas palabras para reflexionar. Todos, dormidos, viajamos en dirección hacia el suelo mientras nuestra conciencia se alimenta de lo que vemos, lo que sentimos, lo que experimentamos en cada fase de nuestra repetitiva respiración, en cada pulsación de un corazón que, al igual que la vida, no tiene más paradas que la última.
El cómplice de este complot es nuestra racionalidad descontrolada que confunde acción con creación cuando, en verdad, creamos para actuar y ver cómo nuestra vida se transforma con ello. Trabajamos para vivir, para comer, para poder pagar todo aquello que necesitamos para la vida actual. Vivimos vidas prefijadas en las que desde nuestras vacaciones hasta el sabor que preferimos nos son inducidos sin que nos tomemos el tiempo para decidir. Cuanto más corremos menos podemos decidir, quizá por eso nuestro entorno se acelera cada vez más. No debemos ni podemos decidir qué queremos, tan solo creernos que hay milagros que ya no ocurren como convertir el agua en vino, pero, ese milagro lo hacen las vides todos los años, tan solo deberíamos poder aprender a disfrutar de ver cómo crece la planta hasta que podamos saborear su fruto o pisarlo para convertirlo en el caldo divino transformado.
El milagro es respirar, es poder ver la luz e interpretar las imágenes de forma consciente en un código de significados que es, también, un enorme milagro que conjuga vibraciones para convertirlas en imágenes, símbolos y sentimientos. El milagro es producir la vida entre dos personas y asistir, día a día, al milagro de la evolución de su consciencia, de la inteligencia y de la personalidad individual que interpretará a su manera toda esta magna e inaprensible obra divina.
El milagro está ocurriendo ahora. Mengüemos la razón descontrolada, evitemos vivir mucho más allá del presente para poder estar aquí y ver todo lo que está pasando, un maravilloso regalo que nos llega del cielo y de la tierra para que nosotros, como tercer elemento de la creación, podamos disfrutar de cada momento. En esos momentos somos los dueños verdaderos de nuestro mundo, somos los verdaderos artífices de nuestra vida y los creadores de los sueños en cuyo descanso se nutrirá nuestro corazón con aquello que nuestros pequeños sentidos no nos pueden transmitir durante el día. Todo esto está ocurriendo ahora mismo.

martes, 28 de julio de 2015

Suficiente para ser

El deseo como uno de los principales males del ser humano y, a la vez, el motor que genera el caos existencial que nos invade. El yang parece no tener medida en esta etapa de nuestra existencia. Crecemos, crecemos y seguimos creciendo sin saber realmente para qué lo hacemos. Faltos de la conciencia que toda dirección precisa, nos aventuramos a ampliar sin descanso el espacio vital de nuestra especie. Abordamos, invadimos, exploramos y usurpamos todo aquello que nos rodea en un único reflejo que nos aleja cada vez más del centro yacente en nuestro interior.
Todo este proceso parece no ser otra cosa que un intento desesperado de nuestro ego permanente de evitar a toda costa la expansión interior tan necesaria. La lejanía de lo externo tiene su correspondencia en la lejanía de nuestro interior. Sin embargo nos engañamos confundiendo el destino de nuestra búsqueda al olvidar voluntariamente que tan solo en el instante presente, con todo lo que contiene y todo lo que le falta, están todas las respuestas que necesitamos para alcanzar la tan ansiada felicidad.
No percibimos con claridad que el mayor impedimento para sentir esa felicidad es nuestra incapacidad de detener el trayecto, de disminuir el ritmo, de cambiar la dirección de nuestra exploración. El silencio es ahora sinónimo de un tipo de soledad indeseada en la que las distracciones habituales dejan simplemente de existir. Ese momento clave en el que sentimos la ausencia del ruido cotidiano, contrasta con el silencio que produce la saturación masiva de los impulsos constantemente excitados por un mercado igualmente expansivo.
La masa obedece a la regla de seguir corriendo para que el carro de los aurigas maliciosos no se detenga. Ellos, en lo alto, no quieren realmente que los corceles hagan otra cosa más que correr y lucir su ilusoria gallardía. La cruda realidad sin cocinar nos presenta otros matices que requieren una adaptación progresiva, una deseducación de lo inducido que nos invita a correr y a expandirnos más allá de nuestro presente, de nuestra presencia, de nuestros reales compañeros de camino.
Basta una mirada a las redes sociales, a la televisión o al concepto de perfeccionamiento universitario denominado «carrera», para darse cuenta de que somos presa de una competencia constante que nos obliga a ser más en un plano en el que, en realidad, no hemos decidido estar. El hambre que nos asalta es fruto de un programa lejano que debemos trascender para alcanzar las más altas cotas del sentido existencial.
Sin conocer el destino es complejo plantearse si debemos detenernos o seguir empujando este maldito carro de las apariencias, ese que anteriormente criticábamos con necesidad. La ambición que enloqueció a los reyes de antaño sobrevive en nuestros minúsculos deseos materiales que poco o nada tienen que decir sobre nuestro verdadero sentido. Nos invitan incluso a pensar que no existe más sentido que el poseer y no existe más felicidad que lograr las máximas posesiones. ¡Qué estúpido espejismo!
Hemos llegado a creer que contentarnos es resignarnos, que detenernos es perder el ritmo que nuestra vida necesita para alcanzar su destino. Temerosos de a lo que otros más ambiciosos que nosotros podrían relegarnos, nos embarcamos en proyectos imposibles cuya magnitud es equiparable a las dimensiones progresivas en las que nuestro ego se proyecta. El margen de maniobra es escaso cuando todo está delimitado entre el sí o el no y no queda nada del Ser que se pronuncie.
¿Qué matices introducir para que el doloroso defecto de la ambición deje paso a la calma contenta de quien se siente suficiente para la vida? Una sonrisa, una comprensión, un instante de calma en el que el universo entero nos invita a contemplar sus permanentes milagros, son argumentos inquebrantables ante la invitación a la introspección. Desprotegidos pero fortalecidos podemos ofrecer al cielo cada uno de nuestros instantes confiando en que los rumbos de nuestras vidas son ciertos y correctos cuando sus sonidos son inteligibles desde el espíritu firmemente asentado en el presente.
Escuchar el susurro de nuestra propia tranquilidad es la premisa que se nos pone por delante cuando tomamos conciencia de que el tren bala en el que viajamos no parará en ninguna estación. Quizá cuando se detenga finalmente no quede nada de nosotros que pueda bajarse de él, quizá en ese instante y volviendo la mirada hacia atrás nos demos cuenta que el trayecto pasado era demasiado hermoso para perdérselo distraído por las pantallas frente a nuestros asientos.

Contentarse, no desear, son dos apuestas voluntarias por la realidad, decantarnos por ellas frente a la ilusoria propuesta del crecer hacia lo alto nos puede ayudar a invertir el proceso hacia lo luminoso para lo que hemos sido creados, la consciencia será sin duda la clave de todo este entramado. Sin su luz y sin el sentido vital bien enfocado desde el corazón no queda otra alternativa más que el conflicto progresivo hacia ninguna parte.

sábado, 25 de julio de 2015

Caer hacia arriba

En otras entradas hemos tratado tangencialmente el fenómeno de las apariencias. Dadas las repetidas alusiones que aparecen en el texto sobre este tema, parece oportuno dedicar un instante a reflexionar sobre ello sin perder de vista el contexto general en el que el libro nos propone diluirnos. Hasta seis advertencias nos refleja el último texto sobre el que debatimos (8 – B7 – XLV, pag 233). Lo grande se hace pequeño al pasar por el filtro de nuestro intelecto. Lo que aparentemente es fácil de comprender entraña en sus más profundos fractales complejidades insospechadas, tanto en su propia naturaleza como en la dinámica que anima a todos bajo y sobre el cielo.
El escarmiento siempre acecha detrás de cada afirmación que osamos realizar sobre algo de semejante magnitud. Nuestra visión imperfecta, vacía, curvada, tartaja y torpe es del todo insuficiente para definir aquello que es más grande que la propia existencia que somos capaces de percibir. ¿Cómo alcanzar una visión más clara que impida a nuestro limitado raciocinio elaborar minúsculas hipótesis de aquello que no cabe en sus estrechos millones de neuronas? Quizá nos lo diera la reposada quietud en espera a que el cielo nos muestre, de soslayo, pequeños rayos de luz serena. El tiempo y el espacio siempre conjugados en esta trama de existir y dejar de hacerlo, son combinados preparados para que estemos, un preparado que no prepara nada ni nadie que podamos conocer.
Dimensiones, gravedades, espacios infinitos o múltiples universos no son más que pinceladas torpes de razón en un lienzo cuya profundidad es infinita ante nuestros ojos. No podemos verter en él más que nuestro estado sereno, nuestro instante de escucha sin palabras, sin definiciones, sin esperanzas de nada. Estar, ser, fundirse sin que por ello la palabra adquiera más significado que su sinónimo evidente de «desaparecer». El ego nunca está a la altura de lo que hay más allá de la cima de la montaña. Las nubes y su inconsistencia son una metáfora que el cielo se esfuerza en mostrarnos para que no avancemos más allá de lo que nos corresponde. Quizá la razón debe evolucionar lentamente tanto como lo hace el universo, quizá con las dudas de que exista un sentido propio para esto.
¿Cómo podemos dudar que, ante semejante tamaño, cualquier sentido que imaginemos no puede amplificar más que unos pocos instantes la realidad que nos afecta existencialmente?

El texto nos propone ver con claridad lo que hay detrás de las apariencias, no como respuesta a nuestras preguntas sino como propuesta de modificarlas para hacerlas más insustanciales, menos definitorias, más apropiadas. Lo perfecto, lo pleno, lo recto es inaprehensible para nosotros. Agitación y reposo son nuestra pura realidad, calor y frio hacen que el universo se detenga o que fluctúe como si de dos pilares del silencio se trataran. La esencia que proyecta nuestra falta de magnitud debe ser contrarrestada desde la simple comprensión de que todo esto nos supera. En esa superación, lo que parece, deja de parecer como constructo propio que pretende acercarse a un enorme vacío, el fondo siempre está tan alejados de nuestra vista que no podemos vislumbrar sus trayectos. Quién sabe si cayendo en él podamos ver lo que se oculta, aunque la velocidad de la caída emborrone el trayecto y finalmente no sintamos más que un enorme golpe en el que la energía y la materia se diluyan en el continuo que nos materializó, ¿quedarán entonces nuestras preguntas? Irónico pensar que desde esa fosa nos llegue algún sentido sobre el que podamos razonar.

miércoles, 17 de junio de 2015

¿Bondad o supervivencia?

Parece difícil pensar qué decisiones son más importantes en nuestra vida. En un texto como el Daodejing nos encontramos con esta cuestión constantemente. No acaba uno de aclararse si en realidad se trata de una autocrítica personal en la que tomamos prestadas las palabras del texto como pretexto para borrar o rehacer campos de la memoria extraviados.
El presente siempre supera a cualquier interpretación que el pasado nos regale o el futuro nos prometa. Aquí y ahora cobra vida realmente cualquier pregunta sobre nosotros mismos. El buen hombre o la propia vida parecen enfrentarnos a una cuestión trascendental en términos de difícil interpretación antagónica. ¿Acaso no es posible combinar ambos extremos? ¿Cómo podemos valorar con justicia su precio?
La bondad se nos presenta como una cruda realidad inalcanzable en la medida en que somos o no somos. Esta cuestión anterior a la misma pregunta viene injertada de otros señalamientos de mayor profundidad.
La escalera de preguntas que intenta quebrar la lógica que nos arrebata el libre albedrío se torna un elemento de orden que impide que la espiral de cuestiones nos acabe separando de nuestro centro. Bondad/vida, vida/riquezas, riquezas/ganancia o pérdida. Nos encontramos ante una escalera descendente de cuestiones que nos obliga a bajar desde la superficie de los conceptos sociales hasta una cuestión central más fácil de abandonar. Pregunta
 La maraña de dudas entrelazadas entre cada fila del texto es difícil de deshacer. Es preciso ir abandonando progresivamente cada dualidad impenetrable para abordar la siguiente con un grado más de pureza, entendiendo pureza como un estrato menos contaminado por nuestro propio pensamiento. El eje es siempre el ego, como si los eslabones de nuestra cadena tuviesen un ADN particular repleto de yo.
Mi vida y mi bondad en contraste para sumergirnos en comprender el verdadero valor de las cosas y, en la última escena del tercer acto, quién duda, quién busca la bondad y quién gana o pierde.
Ese ego permanente se resiste a abandonarnos gracias a estas cuestiones tan importantes que le suelen dar más vida que olvido. Sin él ¿qué sentido tiene atesorar en exceso, acumular para ir lanzado a por más posesiones o permanecer en la irrealidad de las aficiones que nos alejan del momento presente en el que discurre realmente la vida?
Amigo, consejero o cortapisa, el ego nos permite la supervivencia entre pares. Nos ayuda a sentir la vida en compañía, pero también nos invita a la posición de altura, a llenar la propia vida de elementos que justifican ganar o perder. El entorno hostil permanente también justifica que adoptemos una actitud ante el instante en la que la opción de victoria suele ser más poderosa que la opción de bondad, sin que ello nos lleve a plantearnos el motivo de la decisión.
La luz y la oscuridad se alternan para dejar un eco insoslayable de su efímera presencia. En ese eco, si el silencio nos asiste, encontramos el sentido real de nuestros actos sin preguntas, la bondad necesaria para justificar nuestra participación en un plan de un orden superior al de nuestra minúscula agonía vivencial. El alma no está sujeta a conceptos y el Dao, aunque absoluto, se manifiesta particularmente en cada grano de arena que nos azota. Es el tiempo el que determina nuestro sentido real y el curso del río que otrora discurrió bajo nuestros pies el que nos invita incierto a tomar diversos rumbos existenciales.

El ruido de nuestro propio pensamiento construyendo nuestra sombra puede ser borrado fragmento a fragmento cuando nos liberamos de la necesidad externa de bondad, de la supervivencia a costa de todo, de  la riqueza material como signo de poder y felicidad, de la incapacidad de detener el ansia consiguiendo frenar el tren desbocado de nuestra certera insuficiencia como egos solitarios. El todo nos llama constantemente y nos invita a colaborar en la gran obra del universo renunciando a percibir como insoportable  nuestra enigmática levedad.

viernes, 1 de mayo de 2015

Lo más débil del mundo cabalga sobre lo más fuerte


Nos debatimos en comprender a qué se refiere el texto sobre la debilidad y la fortaleza. Entramos en reflexiones descontextualizadas sobre estas dos polaridades de un todo que contrasta desde su aparente antagonismo para revelarnos el único elemento que subyace bajo cualquier dicotomía materializada. Como si de un bien o un mal se tratasen, pretendemos explorar la interioridad de cada uno de estos conceptos para no llegar a ninguna conclusión satisfactoria. ¿Por qué lo débil cabalga sobre lo fuerte?
Quizá la debilidad del agua, su fluidez y su capacidad de adaptación contrasta con la rudeza del suelo en el que el río se apoya. Cualquier lecho y sus potentes rocas no son más que un tipo diferente de flujo materializador en el que el presente, el pasado y el futuro se intercalan más lentamente. El agua en su fluidez avanza mucho más deprisa, siempre aconsejada por la inclinación del terreno. Los obstáculos que se encuentra en el camino intentan refrenar la caída cuyo destino no es otro que la fusión magmática con un mar comunitario o la filtración profunda que nutrirá las plantas del camino. ¿Cuál es entonces el Ser del agua y de la tierra? ¿Por qué llamamos débil a lo rápido y fluido, sin cuestionarlo, y fuerte a la tierra que nos mantiene pegados a este centro desconocido?
Las cuestiones, constantes, se superponen para ir apilándose en bloques de sustrato cuyos elementos comunes emergen de ellos como si de una planta se tratara. Al final todas las preguntas desembocan en una fundamental, una única cuestión que no puede enseñarse con palabras porque el flujo de lo que acontece está más allá del mundo descriptivo de los significados construidos. La intuición es la única garantía de entendimiento que tiene el corazón cuando la razón dimite de sus funciones. En esa ausencia de intervención racional, cuando yo desaparezco y el Ser se manifiesta, la duda sobre la naturaleza de lo fuerte y lo débil, de lo bueno y lo malo, simplemente se disipa. Antes y después son solo una percepción de algo que acontece fluyendo en la corriente, pero en ese fluir constante somos ambas cosas en su propia naturaleza esencial, una naturaleza en la que la cuestión y la respuesta desaparecen ante la certidumbre inmediata de la experiencia absoluta.
Esto sólo puede ocurrir en la no acción propia del no ser. En ese instante no hay impedimento en el flujo y la penetración es absoluta a todos los niveles porque tanto lo penetrado como lo penetrable forman parte de lo mismo. No hay quién entre ni dónde entrar. Tampoco hay entrada o salida cuando el curso obedece a la inclinación del terreno. Qué cierto es que la conciencia de fluir contracorriente lleva, por si sola, aparejadas todas las respuestas a la pregunta fundamental de todo esto: ¿Seguir o perseguir?, una nueva cuestión que descubre la persistencia de algún tipo de acción no abandonada. En algún momento del trayecto las rocas sólidas de lo fuerte y endurecido provocan un freno en el flujo y turbulencias en su estructura. Qué bella la vida cuando aceptamos estos espacios de retención en el camino y percibimos las turbulencias como una simple parte de un todo inevitable.

Todo camino está dibujado previamente por el flujo que nos precede, salirse de esa corriente es no ser capaz de aprehender el tipo conocimiento en el que estos temas se expresan por si solos, quizá para hacernos ver de inmediato que, sin intermediarios del conocimiento, los elementos que nos constituyen adquieren por si mismos la certeza necesaria para aceptar sin preguntas la existencia.

lunes, 6 de abril de 2015

Algunos consejos de preparación

Nuestros encuentros son más que un espacio para compartir las reflexiones que nos suscitan los textos que acordamos preparar, pueden ser el pretexto ideal para aprender y conocer más de la cultura china.
Para lograr estos dos objetivos es preciso que ampliemos los márgenes del texto para adentrarnos en aquellos complementos que puedan enriquecer no solo nuestra comprensión lectora sino, también, nuestra posterior reflexión proyectada a campos útiles de nuestra cotidiana realidad.
Conocer más de Lao Tse, ver algún documental televisivo sobre la época, leer algún artículo relacionado o escuchar alguna entrevista a expertos o eruditos sobre el tema nos puede ampliar significativamente el área de abordaje del texto.
Sistematizar el procedimiento de preparación del encuentro puede ser una buena forma de mejorar en este sentido nuestra intervención personal y de garantizarnos un disfrute de conocimiento y participación aún mayor de lo habitual.
Hemos querido señalar algunas pautas que pueden ayudarnos a definir este enfoque de lectura y de estudio y, sobre todo, nos pueden inspirar a desarrollar y compartir las propias formas de hacerlo.
Ahí van algunas de las ideas que proponemos:
1.- Si tenemos un mes por delante, es importante no dejar la lectura para el día de antes de la cita. Nos perdemos todo el disfrute que nos puede deparar la preparación. Es cierto que nos sentiremos más motivados a la lectura cuanto más cercana sea la fecha del encuentro pero, por este motivo, es importante concretar las restantes acciones complementarias a la lectura y programarlas de forma eficiente.
2.- Hacer una primera lectura del texto. En este caso nos referimos al fragmento del Tao Te King correspondiente a cada mensualidad.
3.- Revisar las notas al pie de página y documentarse sobre lo que indican.
4.- Volver a hacer una nueva lectura del texto y escribirlo manualmente.
5.- Fijar el significado que entendemos al lado de cada frase y crear un pequeño resumen de lo que pensamos que es la idea que aparece en el texto en su conjunto.
6.- Extraer las palabras o frases que nos supongan una duda e investigarlas. Podemos ir creando un glosario personal como complemento al texto.
7.- Leer los fragmentos anteriores y meditar sobre la relación de este apartado con los vistos anteriormente. Si se detecta alguna progresión o alguna evolución de las ideas iniciales anotarlo en un apartado de nuestra hoja de estudio.
8.- Buscar paralelismos filosóficos con otras corrientes de pensamiento, tanto orientales como occidentales. Es importante tener situado el texto en su época e ir recopilando progresivamente información sobre esa época, sus personajes, los eventos y elementos de la filosofía taoísta que aparecen en el texto. Un time line del periodo histórico con relación intercultural nos puede ayudar sobremanera en este cometido.
9.- Compartir aquellas frases que más dudas o interés nos susciten con otras personas no vinculadas al club para ver otros puntos de vista o ampliar los propios en la preparación de nuestra intervención. Podemos anotar el nombre y la opinión de cada persona a la que hayamos consultado.
10.- Definir qué nos gustaría comentar en la fecha del encuentro, qué dudas nos ha generado, qué elementos nos sugieren un debate actualizado de la cuestión y, en su caso, que elementos nos suscitan crítica o rechazo dentro de lo que el texto propone a nivel filosófico. Con este material, estructurar un guión de participación en el que dispongamos de toda la información que hemos barajado para contrastarla con la de los otros participantes del club.
Recuerda que, en última instancia, la preparación de la intervención debe ser apasionante, divertida, enriquecedora y motivadora. ¿A qué esperas?

jueves, 26 de marzo de 2015

Charlas del Dao De Jing. Uno, dos y tres, dudamos.


«Abandonamos la plenitud que nos configura con la esperanza de poder experimentar algo nuevo, puesto que, al hallarnos completos, al serlo todo, experimentamos inmediatamente cuanto existe, cuanto es, todo salvo la duda, que el absoluto se encarga de excluir».
El diario
Estanislav Lem

La duda aparece en nuestro escenario personal como un fragmento dado que nos garantiza el paso de fase. De alguna forma se torna pasaporte entre nuestras áreas evolutivas, documentos que permiten, una vez cerrado el circulo completo de lo que debía acontecer, asomarnos a un nuevo territorio por explorar, un territorio lleno de peligros, de alegrías, de sorpresas y de todo aquello que configura un nuevo nivel de experiencia que será la antesala de otro nuevo fractal evolutivo posterior de nuestra conciencia.
Esta capacidad para dudar establece un modelo de fractura permanente que puede hacer que nuestra estructura básica, sin haber completado el segmento de su evolución correspondiente, se desmonte antes de tiempo. La duda, en sus dos facetas, la de puente a nuevos territorios evolutivos y la de fundamento de la inestabilidad de la construcción permanente tiene que ser claramente observada desde la mente del meditador.
Dudar es establecer la alternancia entre lleno y vacío de la que somos fruto. Desde un dos proclamado a los cuatro vientos por cientos de pioneros de la visión interior, aparcamos cualquier certeza que nos haga decantarnos por una de las partes que finalmente y de forma complementaria a la otra se presta a configurarnos. Somos una parte dividida en dos que se comunican en mayor o menor medida para que, de ese flujo, surja la comprensión permanente de aquello que se mueve, que se muestra, que acontece ante nuestra atenta mirada.
Si no somos dos partes de un todo, somos un todo que nace de esta permanente dicotomía. Tres por lo tanto se unen en esta danza que nos hace plantearnos, de partida, por qué y para qué dudamos. Lo hacemos por naturaleza, por esencia, por emanación inevitable de este flujo entre lo que puede y lo que no puede ser. Nuestra duda más primitiva es la que nos lleva a preguntarnos si habrá algo de sentido en el ser. Si ese sentido, además de depender de un proceso lógico que pretende establecerlo, puede trascender a este proceso para adentrarse en los territorios de lo que no puede ser descrito más que con metáforas inoportunas.
En esta duda que nos existencial puesto que somos conscientes de que existimos, de que somos, somos…, buscamos el flujo hacia atrás de la interacción dinámica de complementarios que ha dado lugar a todo. Es desde ese momento de crisis de lo cierto cuando podemos anclar un nuevo proceso no ligado a elementos lógicos. Un proceso que ha de operar en lo sensitivo y profundo de nuestro instinto más primitivo, el que hemos desechado de nuestra consciencia por tornarse realmente insoportable en el contexto de las reglas del juego convivencial que hemos diseñado para ser habitantes de colmenas.
Esta duda crítica que nos permite avanzar en la consciencia y sumergir las raíces de nuestra búsqueda en la dirección de un Tao impenetrable es similar a la matriz de una planta cuyas raíces buscan nutrirse de la tierra mientras sus hojas, que no descartan el viento como alternancia que distribuye un fragmento de luz para cada parte constituyente, ascienden a un cielo en el que la humedad, los gases y las luces las atraviesan para darle sentido energético a su proceso. Sin ambas direcciones no hay nada más que conecte estas dos energías ancestrales en un tronco aparentemente inanimado.
Así, ante nosotros, la duda se perpetúa como orden divisible que nos permite alojar nuestras raíces en lo más profundo de nuestra búsqueda interior a la par que nos soporta el anclaje de las decisiones que nos llevan a situarnos en los lugares oportunos para el proceso celeste. No estamos solos en lo interior, nuestros dos fragmentos nos configuran en la compañía de este todo nutricional que compartimos con el resto. No hay sentidos, no hay pensamiento a partir de ahí. No hay mayor experiencia que apenas un eco lejano de algo que no podemos describir pero que resuena en nuestra propia interpretación del presente razonado.
El aire no se presta en este proceso a variar los enlaces de la luz o de la energía que nos mantiene en pugna con el medio. Solo observamos lo que puede dar de sí esta experiencia. En ella se nutre una parte de nosotros invisible, la misma que en su referente exterior permite el verde brillante de las hojas de nuestros actos. Estos sí dependen de los vientos, de los gases y de las luces que buscamos. Estas luces, maniatadas en el terreno de la certeza, son los escalones que nos llevan al siguiente balcón de nuestra búsqueda, al territorio nuevo e inexplorado en el que se proyecta nuestro destino, ese que no sabemos si elegimos o al que estamos irremediablemente avocados.
En este sin sentido aparente, cobra sentido nuestro nivel de penetración interior y de utilización efectiva del acto de dudar. ¿Cómo si no separar aquello que nos antecede de las propias imágenes que nuestro razonamiento intenta imponer a la percepción? Ese sueño inadvertido que nos alcanza en mitad de la fase más despierta de nuestra búsqueda quiebra el encanto natural de percibir, sin interpretaciones, el magma ancestral en el que flota nuestra dual polaridad. Sumergirnos en él sin la carga de la imagen propia, sin la proyección de lo que esperamos encontrar allí, sin las expectativas de convertirnos en algo diferente a lo que realmente somos, nos permite descubrir que avanzamos hacia nuevos estratos superiores en una acción que es por una parte inmersión y, por otra, ascenso a las montañas del siguiente proceso. Al subir bajamos y al hundirnos en esta búsqueda se eleva progresivamente nuestra visión de conjunto, que no es en justicia la visión global del sentido. Este queda en entredicho en el ámbito de la duda que nos obligará a volver a sumergirnos aún más en este estado sin imágenes de flotación para renovar nuestro ascenso a las cumbres de lo ínfimo, ese pequeñísimo fragmento de certeza que tanto ansiamos obtener.


viernes, 20 de marzo de 2015

Nueva categoría de Obras y Autores

Abrimos una nueva categoría que puede ser de utilidad para esos momentos en los que el cerebro, casi seco, no encuentra aquél fragmento de título literario o autor escondidos en sus circunvoluciones. El reto, como siempre, vencer a un tiempo insuficiente para leer y para opinar sobre lo leído. En este caso nos limitaremos a rebuscar a aquellos autores que nos permitan ampliar, a través de sus textos, ese sentimiento y conocimiento unificados de una cultura que se escapa entre los dedos del que intenta sujetarla. China, en toda su grandiosidad, en todas sus miserias y en todo aquello que nos suscita el interés desconocido de comprender esta amalgama humana aparentemente impenetrable.
Para esta nueva categoría de nuestro blog hemos definido una estructura que intentaremos mantener, siempre que se pueda, que consistirá  en una breve descripción del autor fundamentada en algunas reseñas biográficas relevantes, una descripción de sus obras más relevantes, algunas personales nuestras y otras, en el caso de que se trate de textos cuya lectura no hemos comenzado, adquiridas de otros espacios cuya autoría detallaremos al final de su párrafo correspondiente. Seguiremos con un espacio de recursos que puedan resultar de utilidad complementaria para definir una imagen de conjunto del autor y de su obra.
Jonathan D. Spence
Empezaremos con uno de esos autores que bordean en el filo de la navaja entre la labor catedrática y la mediática que a tantos ha enamorado a través de sus múltiples obras sobre china: Jonathan D. Spence. Nacido en el año 1936 en la localidad inglesa de Surrey, accedió a sus estudios universitarios en Cambridge consiguiendo el doctorado en Yale en el año 1965. Es miembro de la sociedad filosófica norteamericana en cuyo país obtuvo el Premio Vursell de la Academia Norteamericana en 1983 y el Premio Gelber de literatura en Canadá.
Sus obras son un apasionante viaje por la historia de China desde sus diferentes épocas y en diferentes forma literarias de tal forma que el horizonte de lectores interesados por sus libros se expanda mucho más allá de las élites intelectuales o académicas. En este sentido es considerado uno de los mejores sinólogos de la actualidad que se sirve del ensayo literario y de una manera muy particular de abordar las biografías para que el lector menos versado disfrute enormemente de lecturas de gran contenido histórico.
Un lujo que no debemos perdernos los interesados en conocer china desde sus raíces. Recomendamos desde este club la lectura de sus libros por ser una forma amena y seria de aprender y comprender un poco más sobre los chinos y su maravillosa cultura.

SUS PRINCIPALES TEXTOS
El palacio de la memoria de Matteo Ricci
Relato sobre la vida de Mateo Ricci, un jesuita y misionero italiano que se valió de las construcciones mnemotécnicas utilizadas en Europa en el siglo XVI para acercarse a la china de los Ming que otorgaba un gran valor a esta cualidad del ser humano.

La traición escrita
La traición escrita arranca en octubre de 1728, cuando el general Yue Zhongqi, gobernador general de las provincias de Shaanxi y Sichuan, vuelve a su despacho de Xi’an y un individuo se abalanza sobre él para entregarle una carta en la que se le propone liderar una rebelión contra la dinastía manchú. La asombrosa minuciosidad de los archivos chinos, en que todo, desde la traición hasta el castigo, se hacía por escrito, ha permitido a Spence recuperar las pruebas de esa conjura y reconstruirla en un original ensayo que posee el ritmo y las peripecias de una novela de suspense. En un Estado asombrosamente moderno, complejo, eficaz y centralizado, destaca la figura astuta y manipuladora de Yongzheng, el tercero de los emperadores manchúes, que de forma implacable reúne información y persigue a los traidores investigando pista tras pista. Spence, que le sigue de cerca, recupera las vidas y los pensamientos de las personas que, a veces sin darse cuenta, quedaron atrapadas en la conspiración. Yongzheng y sus funcionarios podían averiguar el origen de los rumores y rastrear la conjura y su proceso con una meticulosidad que habrían admirado quienes administraron estados policiales en el siglo xx. (Texto extraido de Tusquets editores)

El gran continente del Kan. China bajo la mirada de occidente
Literatura de viajes en estado puro que unifica las visiones y descripciones sobre china en un periodo de 700 años de autores como Borges o Kafka, partiendo de las más antiguas descripciones, aún en tela de juicio, realizadas por Marco Polo en su Libro de las maravillas.

La pregunta de Hu

Escrito en un sugerente estilo narrativo, este libro reconstruye un extraordinario episodio de los contactos iniciales entre Europa y China. Relata la historia de John Hu, un converso al catolicismo de Cantón, que entró al servicio del Jean-François Foucquet, misionero jesuita francés, como traductor y sirviente. Foucquet lo llevó consigo a su regreso a París en 1722, pero el extraño comportamiento de Hu en el extranjero motivó su reclusión en un asilo para enfermos mentales. A partir de archivos franceses, británicos y vaticanos, el autor intenta reconstruir una narración sobre la supuesta demencia del sirviente chino a partir de su complicada relación con el padre jesuita en el contexto del choque cultural entre Europa y Asia, dos sociedades con diferentes definiciones de lealtad, locura y obligación moral. (Texto extraído de Amazon.es)

 Otras obras


CONOCER MÁS
Entrevista:
Artículo:
La China de Jonathan Spence
Vídeo:
A Symposium on China: "US and China: Past, Present and Future."

martes, 17 de marzo de 2015

Retornar (al principio)

The return of the beautiful gardener - Max Ernst
Decía Gaudí que la originalidad consiste en el retorno al origen; así pues, original es aquello que vuelve a la simplicidad de las primeras soluciones. El aforismo sobre el que hemos trabajado en esta última cita de nuestro club de lectura sobre el Dao De Jing nos habla de este movimiento, de este retroceso de retorno al principio que nos plantea, siempre indiscutible, el movimiento del Tao.
Complicado es aceptar en estos días que una propuesta nos invite a retroceder, pero cómo no hacerlo si nos encontramos al borde de un abismo merecido. La reflexión, lejos de ser el arma de la que se vale el Zhi Ren (hombre perfecto) para afrontar la escala de su propio desconocimiento, se aparca a la vera de un futuro posible para adentrarse en un presente en el que el pasado solo ha dejado meras cicatrices físicas. El camino es de vuelta al origen inexistente que nos entregó una luz inesperada.
Ese no ser del que vinimos, encarnado en el seno de nuestras madres y provocado por el alma expansiva de nuestros padres, parece que tiene un motivo anterior incluso a un tiempo en el que nada existía. El retorno a ese lugar parece inevitable como inevitable se nos muestra la necesidad de dejar que la corriente del tiempo, en su ilusorio avance, nos retroceda al origen del que parte nuestro futuro.
Viento y pasado se alinean en una búsqueda natural de lo que procede y, sin embargo, imaginamos que avanzamos en esta pendiente que nos lleva, descendente, al origen de nuestra esencia irracional. Para ceder, para retroceder, para volver a un origen cargado de regalos para el alma de quien nos impulsó en este viaje, no tenemos más remedio que aceptar la dirección de la corriente consciente de que no vamos a ninguna parte conocida.
Sabedores de que nuestro principio indefinible contiene la esencia del ser y del no ser, ¿cómo podría preocuparnos nuestro destino temporal? Volver a la esencia es volver a conocer de primera mano el punto inicial de nuestro párrafo final. En ese segmento de nuestra vida por venir, o que ya existió, nos confunden rostros imaginados que pretendimos haber visto antes de verlos. Ese Déjà vu no es más que la certeza de que vamos hacia atrás cuando imaginamos avanzar hacia adelante, esa perspectiva nos confunde sobremanera y nos inquieta al no querer mirar nuestro propio origen cara a cara, ese que nació del no ser antes de que fuésemos.

Señalar la debilidad como la cualidad del Tao no deja de ser una irónica valoración de lo que entendemos por ceder ante el esfuerzo de oponernos a un universo infinito, en infinita expansión, en el que nuestra efímera personalidad malgasta el tiempo perseverando en un intento de oponerse a esta fuerza descomunal e intangible. Esa prepotencia de nuestro intelecto no deja de ser nuestra fundamental herramienta para comprender que aunque débiles, todo lo percibido se encuentra y se detalla a partir de nuestra experiencia existencial, esa en la que nacen las cosas que conocemos, esa en la que el movimiento del Tao, en su dirección de retorno, nos muestra todo aquello que es capaz de producir cuando nos limitamos a esa acción sagrada que es la observación. Quizá si nos paramos y aceptamos, no como débiles elementos, pero sí con el oportuno grado de cesión, podemos sentir realmente la dirección de los acontecimientos en los que navega nuestro espíritu al encuentro, inevitable, del mar de nuestro principio.

martes, 3 de febrero de 2015

Las apariencias engañan a los bobos



Desde el espacio temporal que ocupa la supuesta batalla entre el El emperador amarillo, Huang Di y El emperador Yan de la gran meseta tibetana, hasta nuestros días, parece que nada ha cambiado.
Decía Jean Paul Sartre, uno de los grandes filósofos del siglo XX, en su magnífica obra La náusea que «nada ha cambiado y sin embargo todo existe de otra manera». Y quizá esta aproximación filosófica a la eternidad manifestada del momento existente, desde un existencialismo inversamente proporcional a la responsabilidad del individuo de dar sentido a su vida, nos muestra un aspecto interesante del que reflexionar sobre el tercer texto del Dao que hemos trabajado en esta última cita de nuestro club.
Lo que en aquellos tiempos era, sigue siéndolo ahora. Las conjeturas de superioridad o inferioridad quedan en entredicho con un paradigma intermedio que acapara un estado de equilibrio necesario pero de difícil aproximación. El Dao en su indefinible estructura se oculta a los ojos de aquellos cuya risa engalana su significado aparente. Sólo los superiores se ejercitan en su propuesta de naturalidad profunda.
Una clasificación de tres espectros: cielo, hombre y tierra nos muestra a las divinidades que habitan en cada entreplanta de esta espiral ascendente del sentido rediseñado. A lo inferior, con su habitual coherencia práctica existencial y absolutamente alejado del objeto de su mofa, cualquier atisbo de plenitud personal le es negada. Lo intermedio se debate entre subir y bajar para estar oscilando en el término medio que denominamos sociedad. Lo alto, lo excelente, culmina su tarea kármica entregándose por completo a la escucha y el ejercicio de aquello que es capaz de leer entre las grietas de su existencia.
Volviendo a Sartre y La nausea, cómo ubicarse en ese territorio intermedio en el que el intelecto, consciente de esta dicotomía atrayente bidireccional, se debate en querer entender un sentido que cumpla todas sus expectativas frente al nihilismo derrotista de imaginar que no somos más que una nada aparentemente encarnada. Aceptar nuestra incapacidad intermedia para ver con claridad la lejanía de lo alto y apenas oler la nauseabunda cotidianidad de lo bajo puede ser un paso instruido propuesto por este texto milenario.
Lo que queremos, lo que deseamos, lo que imaginamos, se presta a las influencias perniciosas de un efluvio descendente que no alimenta más que a gusanos internos encarnados en forma de demonios personales incorregibles. Lo que podemos escuchar, sentir y intuir, sin que nuestra rima se cuele entre los sonetos variopintos de una música en la que apenas intervienen nuestros suspiros,  puede ser el paso a entender nuestra insignificancia para luego experimentar, sin amargura, el proceso de existir siendo. Como diría Heidegger «la angustia es la disposición existencial que nos coloca ante la nada». La actitud con la que nos asomamos a ese abismo insondable determina la forma en la que el eco retornará nuestras expectativas, sin ellas, ¿qué sonido acariciará nuestros oídos?

viernes, 9 de enero de 2015

Atravesados por el segundo capítulo. Próxima cita el 28/01/2015


Tang Yin. Quiet Boats of an Autumn River, c. 1500.  Ink and color on silk.  11 1/2 by 11' 6 1/4".  National Palace Museum, Taipei

Nos decía Samuel Wolpin que cuando se rompe la cáscara de la personalidad corriente y el ser entra en contacto con sí-mismo, dejan de afectarle las penalidades y los goces mundanos: él ya se encuentra en un estado de conciencia participante de la totalidad universal.
Abrazamos la idea de alcanzar el uno como una forma de interpretar un estado de equilibrio justo para la vida y para su sentido. Todo el Lao Zi nos habla de la estructura equilibrada de los pilares fundamentales de la vida. El cielo, la tierra, los espíritus, los valles, los señores y los reyes, siguiendo este orden en el texto, se normalizan al momento de alcanzar un uno que apunta a un estado de anulación de las contradicciones bipolares de lo existente, transformándose por si mismos en un acierto de intercambio complementario entre los dos extremos de una vía que conduce a un centro objetivo existencial.
Quietud, calma, eficacia, lleno y nobleza son el resultado de este equilibrio logrado a través de la comprensión de la naturaleza de cada estadio mencionado, siguiendo las reglas de alcanzar el uno en cada caso y con la firme convicción de que lo interior, donde reside lo realmente valioso, es humilde en su certera insignificancia revelada a través de este ejercicio introspectivo.
Esta humildad tan enaltecida en los textos clásicos y especialmente resaltada en el segundo texto del Lao Zi de Mawangdui  pone de manifiesto que la realidad tangible de nuestro universo material se desvanece en los territorios etéreos del espíritu, un espíritu celestial y terreno cuyo fundamento parece obedecer a la existencia de un sutil equilibrio entre sus polaridades materiales que debe ser conquistado desde la nobleza natural de lo humilde.
Magnífico capítulo el que hemos atravesado y que, a su vez, nos ha debido atravesar también para que, sin menoscabo de lo propiamente íntegro, andemos reflexionando sobre sus argumentos.
Veamos que nos depara el tercer texto que finaliza con la siguiente cita que ya da que pensar: «Solo el Tao puede dar principio y también puede llevar a la plenitud». Lo veremos el próximo 28 de enero.