sábado, 25 de enero de 2014

Charlas de Sidhartha. Reflexionando sobre la empatía



En los últimos tiempos hablamos de la importancia de desarrollar la empatía hacia nuestros semejantes como una necesidad, no solo hacia los demás sino también hacia nuestra propia salud emocional y psicológica.
La presión en la que vivimos nos está llevando a plantearnos, una y otra vez, cuáles son las causas que nos impiden ser felices. Ésta también es mi eterna pregunta, sobre todo cuando mi cabeza, temporalmente, es más consciente de todo aquello a lo que me enfrento en un habitual día a día.
El egoísmo inducido y la necesidad de una convivencia pacífica que no nos lastime más el alma se han postrado ante una reflexión que, aunque milenaria, sigue en la palestra de las discusiones más enfebrecidas. ¿Tú o yo?
Hablar de empatía cuando aún no hemos resuelto esta cuestión nos puede llevar al descalabro de sentir que estamos sembrando preguntas en un terreno más yermo que el cemento.
Desde mi particular punto de vista, cuando hablamos de empatía estamos hablando de un sentido más y de una actitud. Una actitud más de las muchas que recogemos en nuestro manual personal de instrucciones en el que la educación escolar, los valores culturales, las normas sociales, la herencia familiar y nuestra personal naturaleza evolutiva han cumplimentado el 80 % de las páginas. ¿Y el otro 20 %, quién lo escribe?
Si decidimos señalar a la experiencia, tal y como se trató en nuestra última reunión del club de lectura, no solo estaríamos siendo justos y acertando, estaríamos situando el foco de atención en el aspecto sobre el que, en realidad, podemos actuar para reconducir este manual de actitudes.
Hasta aquí podemos concretar que, en un momento concreto del proceso vital humano, el 80% y el 20% tienen que encontrarse en el terreno de la experiencia. Una parte preestablecida y una puerta abierta a reconducir la transformación que la experiencia nos puede provocar.
Pero ¿qué ocurre en ese momento si hemos sido educados en el egoísmo? ¿Qué hace que yo cambie mi tendencia para poder darle un sentido empático a mi experiencia e incluirla en mi lista de actitudes?
 ¿Cuál de los agentes que han intervenido en definir mis actitudes anteriores tiene relevancia sobre los demás, cómo se organiza realmente esa jerarquía y de qué forma puedo influir en ella para alcanzar esta valoración empática de la experiencia? Y, quizá una pregunta por encima de todas las anteriores: ¿por qué querría un egoísta ser empático?
Estas cuestiones son difíciles de resolver si queremos traducirlo todo en acciones y reacciones, algo que resultaría del todo lógico siguiendo nuestra conducta social determinista. Si nos apartamos de todo esto, si conseguimos la suficiente distancia para poder focalizar mejor los objetivos de nuestras reflexiones, podremos observar que la cuestión es bien sencilla.
Quiero pensar que en realidad no somos egoístas absolutos, por lo menos una gran parte de las personas que formamos esto llamado humanidad. También creo que muchos de los valores educacionales, tanto familiares como religiosos o sociales, han sembrado semillas de empatía por una razón básica y fundamental, la supervivencia de lo humano.
Si miramos atrás en el tiempo veremos que el hombre ha sobrevivido a la vorágine de la naturaleza porque se ha unido, porque se ha preocupado por sus semejantes, porque ha querido sentir lo mismo que los otros para poder saber cómo actuar en una situación similar. En definitiva, creo que la empatía es un mecanismo natural de la conciencia humana en su proceso evolutivo y que, queramos o no incluirla como una de nuestras actitudes, de una forma u otra, su germen subyace en lo más profundo o superficial de nuestro ser.
Nos encontramos ante un problema de magnitud. Somos muchos. Una magnitud para la que el hombre tendrá que desarrollar, no solo mecanismos de orden social, también tendrá que desarrollar mecanismos internos que le ayuden a establecer un modelo de convivencia pacífica que garantice su continuo evolutivo, la evolución de lo que es el ser humano hacia lo que puede llegar a ser.
No se trata de insertar un programa nuevo en nuestra cabeza/corazón. Se trata más bien de reactivar y recuperar un programa que es tan viejo como lo es la propia naturaleza y que, independientemente del sentido que queramos darle, tiene un metasentido que nos sobrepasa en el tiempo.
Si somos conscientes de que como individuos separados no evolucionaremos, tendremos que reactivar los mecanismos empáticos naturales/ancestrales, para volver a imponerlos en la jerarquía de valores/actitudes que mencionaba anteriormente. No separarlos de su funcionalidad para la acción y establecerlos como plataforma basada en la premisa fundamental de que toda construcción y progresión positiva para el ser humano tiene que tener como base un único sentimiento: el amor. 
Quizá ese sentimiento, esa energía, es la que permite que la red que conecta esta empatía y que nos permite visitar por dentro el corazón de otras personas siga funcionando cuando la expansión que está llegando a su límite comience a comprimirse de nuevo. En ese momento seremos menos y más evolucionados, pero seguiremos siendo muchos más que nosotros mismos. Quizá este es el Yang y el yin de un proceso que impulsa con latidos universales esto que llamamos evolución humana.

Francisco J. Soriano 25/01/2014

1 comentario:

  1. Al terminar de releer Sidhartha lo primero que se ha generado en mi es una sensación, la sensación de que éste es uno de esos libros que, por la profundidad que creo que tiene su contenido, debería leer en diferentes momentos a lo largo de mi vida. Espero recordarlo en un futuro. Se, que lo que me llenó y me hizo reflexionar en su día, hace ya unos cuantos años, no es lo mismo que ha captado mi interés ahora.
    Para mí, pienso en estos momentos, el desarrollo del ser humano es un continuo que dura toda la vida, y en el mejor de los casos, ese desarrollo termina antes de morir, de desaparecer. Creo que ese proceso, por darle nombre, está ligado a un crecer como Individuo, a una búsqueda y encuentro de nuestra moldeable esencia, de nuestro moldeable ser, de nuestra identidad al fin y al cabo, y cuyo camino de búsqueda va indisolublemente unido al libre desarrollo de nuestras capacidades y potencialidades. Sólo así podemos ser dignos de llamarnos seres humanos, seres humanos en distintos periodos de madurez. De eso nos habla también Sidhartha, de esos seres humanos incompletos, con su desarrollo interrumpido, carne de cañón para mantener una realidad como la que nos ha tocado vivir.
    Este camino es largo, y lleno de preguntas, sobre nosotros mismos y sobre el entorno que nos rodea, ¿acaso no es la búsqueda de conocimiento en todos los ámbitos abarcables por nuestras capacidades definitoria de nuestra esencia?, y peligroso para algunos, y por eso cercenada lo más temprano posible… Nuestro camino es largo, lleno de preguntas, y debemos buscar apoyos, guías, sabiduría y conocimiento, en otras personas con más experiencia en lo individual, en determinadas filosofías en lo más existencial, en determinadas ideas, políticas o ideologías en lo más pragmático... Es normal, es humano, pero Sidhartha creo que nos cuenta que eso debe ser superable, que es una parte natural y supongo que imprescindible de nuestro proceso, pero nada más. Se nos queda algo, una conclusión a la que él llega, que todas las preguntas empiezan a responderse desde uno mismo, desde el mirarse, desde el sincerarse, desde el conocerse. Y para mirarse y poder verse, para sincerarse y conocerse, es necesario, imprescindible, borrar los prejuicios, borrar el miedo, aprender a aplacar esa parte del yo que es el ego, ser en definitiva más libres, y más felices, conseguir escuchar lo que dice el rio, que no es otra cosa que conseguir llegar a lo más profundo de uno mismo. Y esto no se hace sólo desde lo íntimo, se necesita de la contrastación, de la experiencia viva, de que entren en juego todos los aspectos de lo que somos. Y también creo, que una de las consecuencias más interesantes de empezar a percibir esta idea, por darle un nombre, es llegar a la conclusión de que ni uno es nadie para intentar convencer en el ámbito de la realidad que sea (espiritual, filosófico, social-político) a otra persona, ni este comportamiento sirve para nada. Cada persona lleva su proceso, su camino, y es uno mismo el que elige si le sirve recoger algo de los que le rodean. Querer explicarle a una persona el por qué está equivocada en algo concreto me lleva a algunas preguntas, ¿de veras estoy completamente seguro de que está equivocado? ¿no lo estaré yo?, porque si estoy convencido ¿quién me dice que el tiempo o la experiencia me demuestren en el futuro lo contrario?, ¿y si necesita equivocarse para su desarrollo, como seguro me pasó a mí? ¿y si lo que es una equivocación para mí, no lo acaba siendo para él?, en fin.
    Pienso en una conclusión a esta reflexión y me sale lo siguiente, que el camino que elijo llevar en mi vida tiene que ir guiado por el camino que debería llevar hacia dentro, y para ello también son imprescindibles los demás y lo que me rodea, pero éste no deja de ser al fin y al cabo un camino que desde que empieza ya estamos destinados a crecer para llegar a acabar en uno y consigo mismo.
    Esto creo que es lo más importante que me ha aportado la lectura de Sidhartha en esta ocasión, y esta breve reflexión, en estos momentos, la hago mía, me sirve.
    Ureña

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