lunes, 27 de enero de 2014

Marzo 2014. Los siete maestros taoístas



Uno de los principales textos del taoísmo, el Dao De Jing, comienza con una advertencia: «el tao que puede ser nombrado no es el verdadero tao». Partiendo de esta sentencia casi absoluta, podemos caer en el engaño de pensar que hablar de taoísmo es complejo, quizá insuficiente o inapropiado. Sin embargo, el sabor que emana de esta corriente, bien religiosa o bien filosófica, que impregna el alma profunda de todo lo chino, nos obliga cuando menos a husmear para conocer el origen de ese cálido y aterciopelado perfume.
Quizá, como punto de partida, deberíamos fijarnos en la cita del investigador francés Roger-Pol Droit en su fantástico libro El ideal de la sabiduría: De Lao-zi y el Buddha a Montaigne y Nietzsche, que nos marca también otra instrucción correlativa a la primera: «al menos sabemos qué camino evitar: el de la certeza».
En el texto que tenemos previsto compartir para este próximo mes de febrero, podemos adentrarnos en este mágico, atractivo, exótico e incierto mundo taoísta a través de una historia, simple, pero repleta de indicaciones sobre una ruta desordenada hacia la sabiduría y hacia una posible forma de inmortalidad.
El universo taoísta está repleto de anécdotas, de personajes ilustres de alto rango celestial y de humildes sombras humanas, de sabiduría sin parangón, escondidas entre los líquenes húmedos de las altas montañas de china. Este libro nos habla de seis de estos hombres y de una mujer enrolada en un mismo destino común, la iluminación y el encuentro con el tao.
Nos encontramos ante una novela anónima escrita o sacada a la luz durante la dinastía Ming (1368-1644). Los personajes que aparecen en la obra gozan de historicidad  demostrada en los anales de una de las escuelas taoístas más influyentes, la de la Completa Realidad (vivieron entre las dinastías Song y Yüan). El maestro Wang Ch´ung-yang aparece como el director de orquesta de este elenco de 7 discípulos a los que instruye en su devenir hacia el Tao mediante pruebas e instrucciones recibidas directamente de su comunicación personal con el cielo.
El libro está plagado de curiosas historias y peripecias en forma de aventuras en las que los personajes muestran su determinación por la búsqueda de la iluminación, pero también muestran los impedimentos, puramente humanos, que deben superar para poder ascender por este duro sendero hacia el magisterio.
Los siete maestros taoístas es uno de los textos del camino del Tao que enseña desde la instrucción diferida, contando una historia para que, tanto los personajes como el lector, aprendan y comprendan un mensaje no siempre asumible desde el simple o complejo razonamiento. Una poesía o un sueño susurrado en el que lo evidente se deja entrever junto a lo puramente mágico. Un onírico viaje por una china ya inexistente en la que el alma de todo lo humano que acontece en la historia se mueve entre sus letras siempre en la dirección ascendente del destino de sus personajes.
Veamos qué da de sí su lectura y a dónde nos llevan después las reflexiones compartidas.

sábado, 25 de enero de 2014

Charlas de Sidhartha. Reflexionando sobre la empatía



En los últimos tiempos hablamos de la importancia de desarrollar la empatía hacia nuestros semejantes como una necesidad, no solo hacia los demás sino también hacia nuestra propia salud emocional y psicológica.
La presión en la que vivimos nos está llevando a plantearnos, una y otra vez, cuáles son las causas que nos impiden ser felices. Ésta también es mi eterna pregunta, sobre todo cuando mi cabeza, temporalmente, es más consciente de todo aquello a lo que me enfrento en un habitual día a día.
El egoísmo inducido y la necesidad de una convivencia pacífica que no nos lastime más el alma se han postrado ante una reflexión que, aunque milenaria, sigue en la palestra de las discusiones más enfebrecidas. ¿Tú o yo?
Hablar de empatía cuando aún no hemos resuelto esta cuestión nos puede llevar al descalabro de sentir que estamos sembrando preguntas en un terreno más yermo que el cemento.
Desde mi particular punto de vista, cuando hablamos de empatía estamos hablando de un sentido más y de una actitud. Una actitud más de las muchas que recogemos en nuestro manual personal de instrucciones en el que la educación escolar, los valores culturales, las normas sociales, la herencia familiar y nuestra personal naturaleza evolutiva han cumplimentado el 80 % de las páginas. ¿Y el otro 20 %, quién lo escribe?
Si decidimos señalar a la experiencia, tal y como se trató en nuestra última reunión del club de lectura, no solo estaríamos siendo justos y acertando, estaríamos situando el foco de atención en el aspecto sobre el que, en realidad, podemos actuar para reconducir este manual de actitudes.
Hasta aquí podemos concretar que, en un momento concreto del proceso vital humano, el 80% y el 20% tienen que encontrarse en el terreno de la experiencia. Una parte preestablecida y una puerta abierta a reconducir la transformación que la experiencia nos puede provocar.
Pero ¿qué ocurre en ese momento si hemos sido educados en el egoísmo? ¿Qué hace que yo cambie mi tendencia para poder darle un sentido empático a mi experiencia e incluirla en mi lista de actitudes?
 ¿Cuál de los agentes que han intervenido en definir mis actitudes anteriores tiene relevancia sobre los demás, cómo se organiza realmente esa jerarquía y de qué forma puedo influir en ella para alcanzar esta valoración empática de la experiencia? Y, quizá una pregunta por encima de todas las anteriores: ¿por qué querría un egoísta ser empático?
Estas cuestiones son difíciles de resolver si queremos traducirlo todo en acciones y reacciones, algo que resultaría del todo lógico siguiendo nuestra conducta social determinista. Si nos apartamos de todo esto, si conseguimos la suficiente distancia para poder focalizar mejor los objetivos de nuestras reflexiones, podremos observar que la cuestión es bien sencilla.
Quiero pensar que en realidad no somos egoístas absolutos, por lo menos una gran parte de las personas que formamos esto llamado humanidad. También creo que muchos de los valores educacionales, tanto familiares como religiosos o sociales, han sembrado semillas de empatía por una razón básica y fundamental, la supervivencia de lo humano.
Si miramos atrás en el tiempo veremos que el hombre ha sobrevivido a la vorágine de la naturaleza porque se ha unido, porque se ha preocupado por sus semejantes, porque ha querido sentir lo mismo que los otros para poder saber cómo actuar en una situación similar. En definitiva, creo que la empatía es un mecanismo natural de la conciencia humana en su proceso evolutivo y que, queramos o no incluirla como una de nuestras actitudes, de una forma u otra, su germen subyace en lo más profundo o superficial de nuestro ser.
Nos encontramos ante un problema de magnitud. Somos muchos. Una magnitud para la que el hombre tendrá que desarrollar, no solo mecanismos de orden social, también tendrá que desarrollar mecanismos internos que le ayuden a establecer un modelo de convivencia pacífica que garantice su continuo evolutivo, la evolución de lo que es el ser humano hacia lo que puede llegar a ser.
No se trata de insertar un programa nuevo en nuestra cabeza/corazón. Se trata más bien de reactivar y recuperar un programa que es tan viejo como lo es la propia naturaleza y que, independientemente del sentido que queramos darle, tiene un metasentido que nos sobrepasa en el tiempo.
Si somos conscientes de que como individuos separados no evolucionaremos, tendremos que reactivar los mecanismos empáticos naturales/ancestrales, para volver a imponerlos en la jerarquía de valores/actitudes que mencionaba anteriormente. No separarlos de su funcionalidad para la acción y establecerlos como plataforma basada en la premisa fundamental de que toda construcción y progresión positiva para el ser humano tiene que tener como base un único sentimiento: el amor. 
Quizá ese sentimiento, esa energía, es la que permite que la red que conecta esta empatía y que nos permite visitar por dentro el corazón de otras personas siga funcionando cuando la expansión que está llegando a su límite comience a comprimirse de nuevo. En ese momento seremos menos y más evolucionados, pero seguiremos siendo muchos más que nosotros mismos. Quizá este es el Yang y el yin de un proceso que impulsa con latidos universales esto que llamamos evolución humana.

Francisco J. Soriano 25/01/2014

sábado, 11 de enero de 2014

Enero 2014. Siddharta



Poco puede decirse que no se haya dicho ya de uno de los más aclamados novelistas del siglo XX. Germano de origen, Herman Hesse es uno de esos casos recurrentes del mundo occidental hipnotizado, cuando no enamorado, de todo lo que oriente puede enseñarnos en materia espiritual. Esta búsqueda marcará la dirección de su obra desde sus primeros comienzos.
Hijo y nieto de misioneros, se muestra indiferente ante las cómodas trampas del convencionalismo religioso y moral de su tiempo, escapando de cuantos seminarios intentaron doblegar su inquietud formadora autodidacta. Fiel a este principio, se formó a sí mismo desde la lectura y el estudio personal de aquellos temas que movían sus anhelos y su verdadero interés por el conocimiento. Esta actitud queda reflejada sobremanera en su novela Bajo la rueda (1906), su primer libro editado, en el que se narran los dilemas existenciales de un adolescente. Esta dinámica de pensamiento y de acción le generan una sucesión de inoportunas calamidades que, finalmente, acaban dando al traste con cualquier aspiración positiva que hubiese podido instalarse en su vida. Esta exploración sobre la educación, confrontada con el desconcierto propio de la mente de un adolescente, se muestra como un autorretrato ocasional y una exploración retrospectiva de posibles caminos personales alternativos.
Desde su primera novela, Peter Camenzind (1904), deja claro su rechazo a la sociedad que le acoge, mostrando un interés temático por los aspectos propios del misticismo urbano, que localiza escondido en las solapas de vagabundos y bohemios. La palabra inconformista sería uno de sus apellidos naturales claramente expresado en los diferentes temas de sus obras.
Su postura frente a la rigidez de la burguesía convencional, en contraste con la espiritualidad de oriente, marcan sus líneas evolutivas personales, llevándole a explorar los aspectos psicoanalíticos del ser humano en dos grandes obras como son Demian  (1919) y El Lobo Estepario (1927). Estos dos polos de su obra delimitan un periodo en esta exploración personal que, sin olvidar los aspectos simbólicos del mito recogidos en su magnífico Viaje al Este (1932), marcan un interés profundo por el conocimiento de la esencia humana y su visión desde el plano de la mística. Es en esta fase en la que escribe la novela lírica que tenemos previsto comentar en nuestra próxima cita, Siddharta (1922).
La expresión del instinto personal de búsqueda queda manifiestamente expuesta en esta novela, que nos señala a los lectores una balanza personal entre un profundo conocimiento y una absoluta ignorancia hacia cualquier sentido nuclear de la existencia.
Plagada de mitos y simbolismos, es el fruto de un viaje a la india en el que el escritor, ya veterano (45 años), localiza el pretexto para expresar aquello que los genes de su abuelo y de su padre, ambos anteriormente misioneros en la india, sembraron en su filogenia. Hesse despliega un nutrido grupo de almas personales, materializadas verbalmente en los personajes de la obra, para intentar aproximarse a un Atman fugaz que se le resiste libro tras libro. Subdivide sus inquietudes y sus dudas otorgándoles nombre, personalidad y relación entre ellas. Un gran juego de abalorios premonitorio en título con la que sería su última novela. En Siddharta, el metafórico rio que representa a la vida se muestra como el objeto de observación y crisol en el que se deben fundir las experiencias que otorgan el preciado don del «sentido».
Veremos lo que da de sí esta magnífica novela en nuestro próximo encuentro.