sábado, 1 de agosto de 2020

El complejo laberinto de la vida. 62


Parece imposible sustraerse a la complejidad del mundo. Todo es un proceso ininterrumpido de interferencias, interrupciones momentáneas de una línea original que nos regalan la diversidad de lo manifestado. 

Sin dos líneas no hay interrupción ni cruce posible. Sin la duda y la certeza en continua interacción no podemos ordenar infinitamente el caos que conllevan los impactos. El presente choca con el eco del pasado y el futuro avanza aún más complejo que antaño. Todo sigue igual pero más rápido, nada cambia en lo exterior, solo las formas. 

Pero lo interior está ahora más amenazado que nunca, su colapso parece inminente. Cuando todo el vacío se llene por completo tan sólo quedará una vía para que la transformación se renueve, la vía de la interrupción absoluta y del nuevo despertar a la esperanza.

El cambio no es progresivo, ha llegado a su velocidad límite y pretende duplicar su envergadura. Nosotros somos los artífices de este cambio. Nosotros manifestamos en nuestro más superficial desarrollo la desconexión de todo lo que acontece.

Hemos decidido transferir a un ente sin sentido toda la complejidad preparada; hemos derivado nuestra condena a una inteligencia sin alma, a un sufridor que no siente, a un misterio que nos resulte levemente familiar.

Ese silencio del espíritu quizá reverbere en nosotros. Quizá, al construir esta enorme maquinaria de dualidades llenas y vacías nos estamos perdiendo en el medio. Hemos roto antes de tiempo ese sutil hilo de Ariadna que da sentido a lo que podemos ser cuando lo comprendemos. Esa pureza que perdimos, la que nos permitió escapar del monstruo dual que devora la instintiva juventud del alma, tiene un fin último mucho más importante que poder salir del laberinto. 

Ese mito abandonado llevaba en su seno la esperanza de un espíritu nuevo, renovado, fugado de la dualidad y la oscuridad de nuestra propia y laberíntica complejidad. Pero los barcos del deseo nos siguen haciendo olvidar su valor, su pureza, su contenido; y acabamos escapando en el caos atrayente de un mar embravecido, condenando a la luz y a su simiente a morir antes de regalarnos su dulce poesía para nuestra alma en vías de descomposición. 

El trueno de esta desgracia inminente se convierte en el sonido que nos eleva sobre las sombras de un destino oscuro, un destino que pretendemos olvidar en el mismo instante en el que escapamos de él.

Así, navegando en el mar caótico y solitario de la existencia, no nos queda más remedio que reconstruir la miseria de nuestras sombras con los restos de esa idea, con briznas de rectitud y benevolencia, motas de pasado que no son más que un efímero reflejo aproximado de aquella inocencia que perdimos. 

En esa vil barcucha creemos tener inteligencia y sabiduría olvidando que ambas frutas solo crecen en el árbol de la ignorancia y la torpeza. Pensamos que existían mucho antes que el desastre. Qué efímero es el viento que impulsa las velas de esta vil ignorancia. Quizá un poco más de él nos dejaría ver la sombra real de ambas contradicciones, una única sombra de la misma calamidad revestida de dos caras, de dos colmillos, de los dos cuernos que creímos derrotar.

Se rompe el hexagrama del cielo para dar lugar al caótico desorden de las seis similitudes. Con todo roto empieza el juego de las 64 fases, un milagro que nos muestra que incluso la absoluta complejidad insiste en tropezar con ella misma. Así se revela el infinito flujo de un Dao que desconoceremos por siempre.

martes, 2 de junio de 2020

En busca del líder. 61




Tiempos complejos para hablar de la excelencia en el gobierno. La utilidad que tiene sobre la masa la cabeza que decide es total. El rey que aflora en la adversidad reportando virtudes a lo humano, virtudes que tantos se esfuerzan en desdibujar cuando los rigores propios de la vida parecen oscurecer el horizonte.

El libro nos habla de un ser superior, algo desconocido que se refleja en la calidad de sus acciones, sin nombre, sin descripción. Su huella es su consigna positiva. Imposible denostar lo innombrable, menos aún cuando su reflejo es solo luces sin sombras, las luces imposibles que la nada refleja sobre el burdo metal bombardeado.

Estamos ahora a un paso del cero absoluto. Mirar la excelencia duele a los ojos tanto como mirar directamente a un sol que brilla más en la mitad de su recorrido. Ahora no hay dónde mirar. El excelso gobernante desapareció en un pasado lejano, un pasado de sangre y dolor que tenía en el trono el equilibrio comparativo de su nefasta realidad.

Transformamos el mundo doliente por el mundo de la espera, el mundo de estar esperando algo que finalmente nos atrapa de forma inesperada. Si hubiésemos conocido el sentido de la espera, el sentido que mueve al gobernante que no se deja ver pero que actúa, que resiste la mediocridad, pero no se contamina. El grande que evita la lisonja para poner en claro la realidad de su espejo, sin mirar siquiera su reflejo para evitar la crítica de su propia deshonra.

Este vacío de poder real nos conmina a la desgracia repetida, a encontrarnos unos contra otros cuando el eje central sigue sin estar definido. Sin verdad, sin luz, sin solidez, es imposible que la peonza mantenga el equilibrio que nos debe, es imposible que sintamos la gravedad que nos mantiene erguidos. Quizá de ahí el deseo de muchos de arrastrarse ante el vértigo del descentre progresivo, el que nos arrastra sin freno hacia el eterno desastre calculado. Todo se desordena sin un principio rector, sin un alma grande estableciendo el norte que elude las desdichas de andar en zigzag chocando unos con otros en esta tormenta permanente de lo humano.

Quizá ese desgobierno nos empuja al único gobierno posible de lo personal. A una posición en la que nuestros actos se correspondan con aquello que sabemos cierto, aquello que hemos decidido hacer, aquello cuyo único impedimento es nuestra falta de equilibrio interior para lograrlo.

El libro nos muestra el liderazgo sobre nuestras pasiones, sobre nuestros sesgos y sobre nuestras creencias equivocadas. Nos ilumina el camino de una acción sin expectativas hacia afuera. Ese es sin duda el camino opuesto a la naturaleza luminosa de nuestro ser. La palabra contamina con significados aparentes aquello que habla por si solo sin intérpretes. Es el estado puro de la cuestión a la que nos enfrentamos, el Ser que pretendemos cuando todo lo externo nos muestra permanentemente lo que no es.

Ese líder indiscutible no es lejano, está detrás de una simple decisión silenciosa, de una apuesta por lo alto descartando lo bajo. Sin ruido, sin lamentos, sin esperanzas de brillo, la realidad nunca escapa a la certeza y esta brilla siempre con luz propia. Conscientes de esto no hay que instalar el alma preocupada en una espera infructuosa. Debemos vivir en la acción permanente de ascender, sin público, sin doctrinas, sin expectativas de superioridad ante otros. No hay ningún otro que desdibuje la escena del que va en la dirección correcta. Y si los hubiese, el tiempo le deparará certero un mismo final inesperado.

lunes, 18 de mayo de 2020

Principio supremo de vacuidad. 60



Movimiento dentro de la quietud. Una frase que siempre me ha inquietado quizá por su falta de significado aparente. Contradicciones en las que nos movemos como seres llenos de polaridades en pugna. No acierto a entender lo efímero del movimiento de la mente cuando está sometida al empuje de las otras mentes que coexisten.

Sucumbimos al principio de alteración permanente. Cada destello atrapa un fragmento de una atención que pretende unificarse sin conseguirlo. El aire y el cielo están como contraste de la materia y la tierra en este singular juego de opuestos que nos genera.

Elementos, polaridades, quietudes y movimientos que tenemos que intentar simplemente percibir sin adjetivar, si lo hacemos volvemos a movilizar la rueda que siempre requiere de los pares de fuerza que giren su eje. Gira el eje permanente mientras no consigamos escapar de la realidad de la mentira. Construimos cada momento con palabras, recuerdos, futuros imaginados y silencios que interrumpen la continuidad de historias más densas que posibles. 

En esta especie de baile alocado pretendemos parar el techo de esta habitación en la que dormimos, en la que soñamos despertarnos. ¿Estamos girando o es el sueño el que gira? ¿Es la naturaleza de la mente silenciosa o son sus frutos enquistados en verbos, nombres y adjetivos los que enturbian la verdadera percepción iluminante de cada «estar siendo»?

Miles de preguntas realizadas con las mismas palabras que intentamos esquivar. Es el momento del silencio total, de escuchar el ruido de lo interno mientras las palabras dejan de insultar la realidad. Es el momento de la calma para que todo se haga a sí mismo, para ganar certezas que no podemos comunicar en un orden que satisfaga a la lógica temporal, esa que esclaviza el sentido disfrazándolo de argumento. 

Ahora la noche se va y llega la luz de estar en calma rodeado de sentido, sin esperanzas ni matices alejados de lo que podemos realmente sentir. Ahora, sólo ahora, es el instante pleno. Sin brotes que cortar, sin frutos que recoger, sin líquidos que hacer descender por nuestro cuerpo para encender un fuego que no puede ser avivado sin voluntad.

Es el instante incorrupto el que favorece el natural discurrir de las cosas hacia su verdadera naturaleza impoluta. No hay espejo en el que el polvo pueda posarse, no hay árbol en nuestro cuerpo rodeado de fluir misterioso y profundo. El alma es real, sentirla es preciso para seguir sintiendo lo permanente. Lo llamamos de mil formas, yo lo llamo sentir paz y felicidad de forma pura, sin vínculos a ideas, pensamientos, palabras o fantasías. 

Solo en un mero principio absoluto podemos abarcar sin palabras la infinitud de la cosa, la profundidad de un Ser que juega a no ser descubierto. La vida depende de que percibamos ese juego sin describirlo, sin pensar en él, sin comunicarlo más allá de la mirada que divide la realidad de la mentira.

Bendito principio el silencio y la quietud que nos permiten, de forma natural, retornar al origen pleno que nos espera al fundirnos con el Tao.

viernes, 3 de abril de 2020

Mi sueño y mi presente

Franciszek Zmurko - Lady sleeping

Amaneces descalza
paseando por la orilla de mis sueños
tus fríos pies te delatan
el sueño, efímero, se me torna insuficiente.

Apenas te deshojo entusiasmado
mientras el sueño intenta vencer este rojo amanecer
pero el alba siempre es más poderosa
y en un rayo de luz de la mañana
viajan mis sueños a tu lado.

Darte sin pedirte nada
mi credo se estremece al susurrarme tus suspiros
los ojos, aún cerrados
me durmieron mis tristezas
y, sin quererlo, me despiertan aun mis dudas.

Vuelvo a sentirte en el acto de buscarte,
el vello encrespado de la mañana
me obliga a refugiarme en tu leve tacto
siempre con el pensamiento enquistado
sobre la certeza de tú verdadero deseo.

El ahora se transforma constante para darme sol y luna
y mi periplo adormecido no me deja nada sobre lo que amar
el sueño, engañoso, es una mezcla de recuerdos inexistentes
y la realidad de la mañana
no es más que un espejismo delicado
que construye nuestro anhelo.

El fin temprano de lo que buscamos bajo las crueles sábanas
las que nos expulsan de un mundo inmaterial menos doloroso
es un llanto cantado de antemano
un lamento descalzo como ella
que deja marcado el camino de lo que fuimos
al menos, en sueños, ella me contesta entre la espuma.

Espero, sereno, vislumbrar el horizonte de la almohada
susurrando en rezos un roce
rebuscando piel en los pliegues redoblados
mientras que el movimiento, lento,
me acerca al silencio permanente de lo incierto.

Un tenue rayo se filtra en mi ventana
y desaparecen con mi pensar
los bellos ecos de lo indiscreto
mis manos aún no se han despertado
pero el tacto viaja a lomos del horizonte.

¿Estaremos ciegos al dormir?
¿Soñarán los mares y los cielos nuestras vidas?
Estas vidas violentas en las que nos debatimos
entre ser o no ser, imaginar o sentir.

Vuelvo a tu silueta plagada de deslumbre
a ponerme a tu espalda intentando llenar de piel
cada huella que dejaste en la arena
como si el pan que me regalas no fuese más que un vacío arrepentido
y en la forma de tus pies
intentase yo encajar mis corazones.

Te sigo, a distancia, esperando a que decidas girar tu mirada
pero el sol que te atrapa y me deslumbra
es un duro adversario del deseo
quizá su fuego no sea más que ternura
y el rojo amarillento en la mañana
una simple propuesta hacia lo dulce.

Me arrastro, no sé ya si sábana o arena
no encuentro piedra en el camino que no tenga tu forma
no me salpican gotas que no sean tus humedades soñadas
no encuentro firme en el que apoyarme para subir
y poder de nuevo rescatar mis nubes de tu tormenta

El cielo me aplasta
como si la mañana no fuese todo lo bella que puede ser
y la promesa del día
además de emborronar mi observarte
es tan solo un desquite momentáneo
que consigue sacarme de tu ahora.

Estréname otro día
piensa que te siguen algo más que mis anhelos
estudia en tu camino vacío
qué huellas mías te gustaría encontrar.

Dibújamelas en tu paseo para que yo pueda leerlas
y antes de que el mar borre tu mensaje
permíteme acelerar mi paso para verlo
para recostarme en él y volver a soñarte.

No puedo, desnudo, imaginar otro silencio
otro espacio que no tenga tu figura
no puedo permitirme soñar con otro pelo
con otra brisa perfumada como la que tú
en tu estela temprana
me regalas sobre el viento.

Despierta temprano mi amor
que necesito llenar de vida mi sentido
que no puedo esperar a que los ojos abiertos
me muestren otro amanecer distinto al tuyo.

Levántate a mi lado
para que mi solitario regazo se convierta en ternura
y el nacer de mi día no ocurra entre afonías
prefiero un simple murmullo.

Respira lento para que pueda aspirarte
remuévete despacio
para que mis manos dibujen tu movimiento
mientras mi corazón marque un ritmo que me estremezca simultaneo

Quizá mi día a día es una esperanza
y el permanente y triste discurso de mis miedos
es aquello que me impide tu realidad
respira de nuevo sobre mí para que mi primer pensamiento

sea solo un puente entre mi sueño sobre ti y mi presente.

miércoles, 1 de abril de 2020

El arte de la guerra. 2

Pintura de Wang Kewei

EN MEDIO DE LA BATALLA

Los paralelismos entre la guerra y el ámbito del combate en las artes marciales que han llegado hasta nuestros días son indiscutibles. En el segundo capítulo del arte de la guerra se nos habla de la situación extrema, del momento en el que el combate está ya en marcha. 

En la práctica marcial hablamos de las opciones determinadas por las características del momento. Hay un antes, un durante y un después del combate. Las indicaciones del texto sobre el durante, en especial en este capítulo, van desde el control propio haciendo alusión a cómo enfocar el momento desde el punto de vista organizativo, cómo establecer la moral óptima para la victoria, cómo mermar las fuerzas del enemigo y cómo actuar frente a la derrota.

Todos estos elementos son comunes en cualquier modelo de combate enfocado a situaciones de autodefensa. Observar y percibir la situación para organizarse en base a ella es una premisa indiscutible en cualquier orden táctico. Esta orientación debe estar apoyada por un modelo espiritual acorde a una situación de estas características. En el libro se habla de la moral para la victoria, algo que en el combate de supervivencia se refiere a no sucumbir a las emociones que debilitan el espíritu de lucha (miedo, ira, terror, preocupación o euforia). Solo con un único objetivo en la mente, sobrevivir, mantener las ganas de vivir hasta el final de la lucha.

Esto puede parecer evidente, pero en nuestra conducta social podemos rendirnos antes de empezar la contienda si no ponemos en valor quienes somos, qué hacemos en el mundo y por qué tenemos que seguir estando aquí para hacerlo. La voluntad de supervivencia está vinculada a un concepto que denominamos Shen. El Shen es la entidad que recoge el espíritu del individuo, íntimamente ligada a la acción energética (Qi) del corazón. 

El Shen, o espíritu, cumple las siguientes funciones para la vida del individuo:

• Constituye el germen de la vida mediante la unión del Jing de los padres. (Esta acción la realiza de forma conjunta con el Po, otra entidad psíquica que veremos más adelante).
• Nos permite ser conscientes del Yo y nos define individualmente dándole a ese Yo un sentido concreto.
• Establece un puente de consciencia entre nuestros pensamientos y las emociones, ayudando a sentirlas y a interpretarlas.
• El pensamiento, la inteligencia, la memoria, la sabiduría o imaginación son algunas de sus funciones en el Ser, asumiendo la responsabilidad de lo que entendemos por «procesos cognitivos».
• Los cinco sentidos operan bajo su control.

El nivel espiritual del artista marcial es fundamental para que su conjunto técnico, su entrenamiento en el plano más físico y estructural, tenga la dirección correcta; debe mostrar la solidez necesaria para soportar la dureza física y emocional de una situación de lucha.

Aunque el libro habla de la «moral» de las tropas, se refiere a la fidelidad para mantener la voluntad de victoria en condiciones posiblemente adversas. Podemos interpretar el sentimiento individual de cada guerrero en esa situación y podremos entender que nos está hablando de un modelo espiritual colectivo que mantenga altas expectativas de no sucumbir en la batalla.

Esta condición para que toda la operativa funcione parece abstracta, es decir, de difícil articulación en el ámbito grupal y, más si cabe, en el individual. La sensación de compartir el momento del combate, de luchar por el de al lado nuestra puede superponerse a nuestra propia voluntad interna de supervivencia. Muchos soldados hablan de este espíritu basado en aferrarse al deber de proteger a un tercero incluso a costa de la vida. Una de las características que han hecho que el ser humano desarrolle unos valores empáticos y sociales muy superiores a los de cualquier otra especie animal.

Cuando planteamos la posibilidad de una situación asimétrica de combate por la supervivencia en una sesión de defensa personal las dudas son una constante. La duda sobre si luchar o no, si salir corriendo o si rendirse de inmediato. Estas dudas quedan resueltas en el preciso instante en el que introducimos en la ecuación a un hijo. En ese momento nadie tiene dudas, todos lucharán hasta la muerte si hace falta. Esta característica de protección sobre otro es extrapolable a la protección del compañero. 

Este sentimiento de protección por el compañero simplifica mucho la gestión de todos estos argumentos interiores. Por este motivo, la práctica en solitario nos prepara para este estado de cosas. Para enfrentarnos a la soledad de la lucha en la que la única compañía factible puede llegar a ser la de la persona con la que vamos a enfrentarnos.

El espíritu no debe depender de elementos externos, su desarrollo debe estar dirigido hacia el interior y no sucumbir ante los elementos que pueden desviarle de su tarea, la de mantenernos con vida. Por este motivo, mantener alta la moral tiene una relación directa con trabajar la consolidación de un espíritu de autosuficiencia. Un espíritu basado en el autoconocimiento, la valoración clara de nuestro Dao y la resolución inquebrantable por cumplirlo, objetivos que comparten tanto el general de un ejército como el practicante de artes marciales que afronta la realidad tal y como es.

En la próxima entrada comenzaremos a analizar uno a uno los párrafos de este segundo capítulo y su relación con nuestra práctica.

martes, 31 de marzo de 2020

La incógnita del movimiento. 59

.
Siempre imprecisa la traducción a lo burdo de aquello que nace complejo. El estudio no avanza desde modelos mesurables, se nos escapa en los conceptos que conocemos para adentrarse en cavernas, esas a las que nuestra comodidad nos impide acceder. ¿Es la vía del que busca el Tao absoluto o quizá la imagen del absoluto al que solo podemos aproximarnos levemente?

Pasar por la vida desapercibidos, intentando no despertar al dragón global que nos contiene, rebuscando en sus entrañas nuestros propios misterios sin llegar nunca a descubrirlos. Así se hace la vía desde dentro hacia afuera. Aquietando las aguas turbulentas de nuestras mil experiencias hablando entre ellas. Sin espacio para el silencio emergente, el que podría regalarnos sus tesoros, tesoros que no interesan al ser mundano que habita en todos.

Aun desconocemos el sentido, siempre tendremos esa duda sobre ser frágiles y rompernos en mil pedazos, en mil sentidos que no configuran una nada coherente. La solidez se pierde en la necesidad de fragmentar la coherencia para entender un porqué que nos convenza, uno que no nos deje de puntillas en el abismo de una oscuridad insondable, la oscuridad que tarde o temprano nos llegará.

Precaución, discreción, cuidado, simpleza e indistinción, características inexpresables cuando un yo permanente dirige el carro hacia la cascada. Pulsiones internas contrarrestadas con barbarie, dureza, explosión permanente de motivos para reclamar una respuesta, una que el universo no puede darnos porque quizá el concepto no forma parte de su lenguaje. 

Solo el silencio de esta tormenta de cuestiones, la quietud del charco que contiene la vida, permite aclarar el agua para ver lo invisible, lo oscuro, lo negado a la joven razón de nuestras formas.
Guardar el tao parece difícil, parece incoherente, parece imposible. Lo es en cada caso, lo es cuando el ojo que percibe la búsqueda no se ha incrustado lo suficiente en el misterioso espacio en el que habita nuestro yo superviviente, esa parte oscura de esta expresión luminosa que nunca dice nada útil para sentir la vida.

Estar, simplemente estar esperando a que las cosas se pongan en su sitio ¿entonces para qué el movimiento? Bailad almas que buscáis el Tao sin gastaros; y en la danza dejad de pensar para qué sirve el baile, solo danzad y el remolino de vuestra danza irá dibujando en el aire el trayecto de este instante efímero que llamamos vida. 

lunes, 30 de marzo de 2020

Quietos, esperando.


El desánimo pujando con fuerza
mientras el silencio de un pensamiento cruzado con otro,
interferido por miles de voces gritando sin coherencia,
insiste en apagarnos la mirada.

El páramo triste que nos promete esta desidia
se disfraza de luces misteriosas que nadie ya cree.
Lamentarse despacio para correr hacia el abismo
en un barco que lamenta el principio y final de su viaje.

Este trozo de humanos perdidos en su egoísta despertar,
esta rama de instante disfrazado de esperanza
sin un concierto que acompañe
al triste e inevitable desenlace. ¿Qué hacemos?

Buscamos el sentido del lienzo en blanco
sin saber nunca que queríamos pintar.
Miramos desde la lejanía como caen muertos 
aquellos que sujetan desde el pasado nuestros balcones,
esos desde los que aplaudimos a los héroes desconocidos.

Estrenamos el desastre con la ilusión del que observa un cambio.
Un estrepitoso gentío que llora a lo lejos nos anuncia nuestro futuro
pero seguimos esperanzados en seguir de pie 
trastornados por la impronta salvaje de esta inesperada perversión.

Esta tensión nos demuestra la debilidad de lo que somos,
de lo que hemos llegado a ser pese a recibir firmes el testigo.
Ahora más que nunca nos perdemos hacia el abismo
en el que nos espera una lucha sin cuartel por intentar ser.

El centro de nuestros objetivos palidece
cuando comienza a ver las entrañas del momento terrible,
tan cerca que ya no hay lugar para el tiempo,
tan rápido que el parpadeo reconoce que no llegará a su fin.

Ahora estamos de frente, esperando, parados,
tristes y asustados pero con ansias de luchar.
Con necesidad de ir a por las armas para apagar 
a este enemigo invisible. 

La guerra antes era terrible.
Ahora solo es inesperada.
La distancia de los fusiles ya no mata
Lo hace un simple abrazo,
tocar una rosa,
secarse las lágrimas.

Ahora estamos ahí sentados esperando,
soñando con poder soñar más adelante.
Perdiendo el presente como siempre lo hicimos,
naufragando en el instante que no supimos recolectar.

Ahora estamos dormidos sin pesadillas.
No nos llegan al alma tanto como alguna noticia
que nos recuerda que sentimos por otros,
que lloramos por aquellos que están tan lejos de aquí
en una distancia desconocida.
Sólo sentimos el eco de su desgracia.

En este estado solo el alma guerrera nos soporta.
No decaer en ninguna circunstancia,
no ceder ante el envite.
Aguantar y empujar, empujar, sin descanso.

El día nace de nuevo y con él, sueños
que no despertaron con nosotros, 
que nos persiguen todo el tiempo que existimos
tocando el alma de vez en cuando en alguna sonrisa robada.

Y en ese espacio mágico y misterioso
recobramos el presente, lo vivimos.
Encontramos esa parte de nosotros que se nos quedó atrás,
cuando no conseguíamos parar la inercia obligada de la vida.

Ahora estamos, somos, vemos. 
Queremos durar en estas condiciones
sin pagar el precio de la espera,
sin observar cómo caen los artífices de nuestro descanso.

Queremos llegar a ellos y darles la esperanza,
esa que tan solo la distancia nos regala.
Pero no podemos salvar la distancia quietos,
Parados, esperando. 

Así, como paréntesis del instante, 
ellos muriendo y nosotros esperando,
comprendemos nuestro mutuo vacío.
Y en ese vacío recobramos el sentido
para morirnos y nacernos segundo a segundo
mientras soñamos con tener esperanza.