miércoles, 1 de abril de 2020

El arte de la guerra. 2

Pintura de Wang Kewei

EN MEDIO DE LA BATALLA

Los paralelismos entre la guerra y el ámbito del combate en las artes marciales que han llegado hasta nuestros días son indiscutibles. En el segundo capítulo del arte de la guerra se nos habla de la situación extrema, del momento en el que el combate está ya en marcha. 

En la práctica marcial hablamos de las opciones determinadas por las características del momento. Hay un antes, un durante y un después del combate. Las indicaciones del texto sobre el durante, en especial en este capítulo, van desde el control propio haciendo alusión a cómo enfocar el momento desde el punto de vista organizativo, cómo establecer la moral óptima para la victoria, cómo mermar las fuerzas del enemigo y cómo actuar frente a la derrota.

Todos estos elementos son comunes en cualquier modelo de combate enfocado a situaciones de autodefensa. Observar y percibir la situación para organizarse en base a ella es una premisa indiscutible en cualquier orden táctico. Esta orientación debe estar apoyada por un modelo espiritual acorde a una situación de estas características. En el libro se habla de la moral para la victoria, algo que en el combate de supervivencia se refiere a no sucumbir a las emociones que debilitan el espíritu de lucha (miedo, ira, terror, preocupación o euforia). Solo con un único objetivo en la mente, sobrevivir, mantener las ganas de vivir hasta el final de la lucha.

Esto puede parecer evidente, pero en nuestra conducta social podemos rendirnos antes de empezar la contienda si no ponemos en valor quienes somos, qué hacemos en el mundo y por qué tenemos que seguir estando aquí para hacerlo. La voluntad de supervivencia está vinculada a un concepto que denominamos Shen. El Shen es la entidad que recoge el espíritu del individuo, íntimamente ligada a la acción energética (Qi) del corazón. 

El Shen, o espíritu, cumple las siguientes funciones para la vida del individuo:

• Constituye el germen de la vida mediante la unión del Jing de los padres. (Esta acción la realiza de forma conjunta con el Po, otra entidad psíquica que veremos más adelante).
• Nos permite ser conscientes del Yo y nos define individualmente dándole a ese Yo un sentido concreto.
• Establece un puente de consciencia entre nuestros pensamientos y las emociones, ayudando a sentirlas y a interpretarlas.
• El pensamiento, la inteligencia, la memoria, la sabiduría o imaginación son algunas de sus funciones en el Ser, asumiendo la responsabilidad de lo que entendemos por «procesos cognitivos».
• Los cinco sentidos operan bajo su control.

El nivel espiritual del artista marcial es fundamental para que su conjunto técnico, su entrenamiento en el plano más físico y estructural, tenga la dirección correcta; debe mostrar la solidez necesaria para soportar la dureza física y emocional de una situación de lucha.

Aunque el libro habla de la «moral» de las tropas, se refiere a la fidelidad para mantener la voluntad de victoria en condiciones posiblemente adversas. Podemos interpretar el sentimiento individual de cada guerrero en esa situación y podremos entender que nos está hablando de un modelo espiritual colectivo que mantenga altas expectativas de no sucumbir en la batalla.

Esta condición para que toda la operativa funcione parece abstracta, es decir, de difícil articulación en el ámbito grupal y, más si cabe, en el individual. La sensación de compartir el momento del combate, de luchar por el de al lado nuestra puede superponerse a nuestra propia voluntad interna de supervivencia. Muchos soldados hablan de este espíritu basado en aferrarse al deber de proteger a un tercero incluso a costa de la vida. Una de las características que han hecho que el ser humano desarrolle unos valores empáticos y sociales muy superiores a los de cualquier otra especie animal.

Cuando planteamos la posibilidad de una situación asimétrica de combate por la supervivencia en una sesión de defensa personal las dudas son una constante. La duda sobre si luchar o no, si salir corriendo o si rendirse de inmediato. Estas dudas quedan resueltas en el preciso instante en el que introducimos en la ecuación a un hijo. En ese momento nadie tiene dudas, todos lucharán hasta la muerte si hace falta. Esta característica de protección sobre otro es extrapolable a la protección del compañero. 

Este sentimiento de protección por el compañero simplifica mucho la gestión de todos estos argumentos interiores. Por este motivo, la práctica en solitario nos prepara para este estado de cosas. Para enfrentarnos a la soledad de la lucha en la que la única compañía factible puede llegar a ser la de la persona con la que vamos a enfrentarnos.

El espíritu no debe depender de elementos externos, su desarrollo debe estar dirigido hacia el interior y no sucumbir ante los elementos que pueden desviarle de su tarea, la de mantenernos con vida. Por este motivo, mantener alta la moral tiene una relación directa con trabajar la consolidación de un espíritu de autosuficiencia. Un espíritu basado en el autoconocimiento, la valoración clara de nuestro Dao y la resolución inquebrantable por cumplirlo, objetivos que comparten tanto el general de un ejército como el practicante de artes marciales que afronta la realidad tal y como es.

En la próxima entrada comenzaremos a analizar uno a uno los párrafos de este segundo capítulo y su relación con nuestra práctica.

martes, 31 de marzo de 2020

La incógnita del movimiento. 59

.
Siempre imprecisa la traducción a lo burdo de aquello que nace complejo. El estudio no avanza desde modelos mesurables, se nos escapa en los conceptos que conocemos para adentrarse en cavernas, esas a las que nuestra comodidad nos impide acceder. ¿Es la vía del que busca el Tao absoluto o quizá la imagen del absoluto al que solo podemos aproximarnos levemente?

Pasar por la vida desapercibidos, intentando no despertar al dragón global que nos contiene, rebuscando en sus entrañas nuestros propios misterios sin llegar nunca a descubrirlos. Así se hace la vía desde dentro hacia afuera. Aquietando las aguas turbulentas de nuestras mil experiencias hablando entre ellas. Sin espacio para el silencio emergente, el que podría regalarnos sus tesoros, tesoros que no interesan al ser mundano que habita en todos.

Aun desconocemos el sentido, siempre tendremos esa duda sobre ser frágiles y rompernos en mil pedazos, en mil sentidos que no configuran una nada coherente. La solidez se pierde en la necesidad de fragmentar la coherencia para entender un porqué que nos convenza, uno que no nos deje de puntillas en el abismo de una oscuridad insondable, la oscuridad que tarde o temprano nos llegará.

Precaución, discreción, cuidado, simpleza e indistinción, características inexpresables cuando un yo permanente dirige el carro hacia la cascada. Pulsiones internas contrarrestadas con barbarie, dureza, explosión permanente de motivos para reclamar una respuesta, una que el universo no puede darnos porque quizá el concepto no forma parte de su lenguaje. 

Solo el silencio de esta tormenta de cuestiones, la quietud del charco que contiene la vida, permite aclarar el agua para ver lo invisible, lo oscuro, lo negado a la joven razón de nuestras formas.
Guardar el tao parece difícil, parece incoherente, parece imposible. Lo es en cada caso, lo es cuando el ojo que percibe la búsqueda no se ha incrustado lo suficiente en el misterioso espacio en el que habita nuestro yo superviviente, esa parte oscura de esta expresión luminosa que nunca dice nada útil para sentir la vida.

Estar, simplemente estar esperando a que las cosas se pongan en su sitio ¿entonces para qué el movimiento? Bailad almas que buscáis el Tao sin gastaros; y en la danza dejad de pensar para qué sirve el baile, solo danzad y el remolino de vuestra danza irá dibujando en el aire el trayecto de este instante efímero que llamamos vida. 

lunes, 30 de marzo de 2020

Quietos, esperando.


El desánimo pujando con fuerza
mientras el silencio de un pensamiento cruzado con otro,
interferido por miles de voces gritando sin coherencia,
insiste en apagarnos la mirada.

El páramo triste que nos promete esta desidia
se disfraza de luces misteriosas que nadie ya cree.
Lamentarse despacio para correr hacia el abismo
en un barco que lamenta el principio y final de su viaje.

Este trozo de humanos perdidos en su egoísta despertar,
esta rama de instante disfrazado de esperanza
sin un concierto que acompañe
al triste e inevitable desenlace. ¿Qué hacemos?

Buscamos el sentido del lienzo en blanco
sin saber nunca que queríamos pintar.
Miramos desde la lejanía como caen muertos 
aquellos que sujetan desde el pasado nuestros balcones,
esos desde los que aplaudimos a los héroes desconocidos.

Estrenamos el desastre con la ilusión del que observa un cambio.
Un estrepitoso gentío que llora a lo lejos nos anuncia nuestro futuro
pero seguimos esperanzados en seguir de pie 
trastornados por la impronta salvaje de esta inesperada perversión.

Esta tensión nos demuestra la debilidad de lo que somos,
de lo que hemos llegado a ser pese a recibir firmes el testigo.
Ahora más que nunca nos perdemos hacia el abismo
en el que nos espera una lucha sin cuartel por intentar ser.

El centro de nuestros objetivos palidece
cuando comienza a ver las entrañas del momento terrible,
tan cerca que ya no hay lugar para el tiempo,
tan rápido que el parpadeo reconoce que no llegará a su fin.

Ahora estamos de frente, esperando, parados,
tristes y asustados pero con ansias de luchar.
Con necesidad de ir a por las armas para apagar 
a este enemigo invisible. 

La guerra antes era terrible.
Ahora solo es inesperada.
La distancia de los fusiles ya no mata
Lo hace un simple abrazo,
tocar una rosa,
secarse las lágrimas.

Ahora estamos ahí sentados esperando,
soñando con poder soñar más adelante.
Perdiendo el presente como siempre lo hicimos,
naufragando en el instante que no supimos recolectar.

Ahora estamos dormidos sin pesadillas.
No nos llegan al alma tanto como alguna noticia
que nos recuerda que sentimos por otros,
que lloramos por aquellos que están tan lejos de aquí
en una distancia desconocida.
Sólo sentimos el eco de su desgracia.

En este estado solo el alma guerrera nos soporta.
No decaer en ninguna circunstancia,
no ceder ante el envite.
Aguantar y empujar, empujar, sin descanso.

El día nace de nuevo y con él, sueños
que no despertaron con nosotros, 
que nos persiguen todo el tiempo que existimos
tocando el alma de vez en cuando en alguna sonrisa robada.

Y en ese espacio mágico y misterioso
recobramos el presente, lo vivimos.
Encontramos esa parte de nosotros que se nos quedó atrás,
cuando no conseguíamos parar la inercia obligada de la vida.

Ahora estamos, somos, vemos. 
Queremos durar en estas condiciones
sin pagar el precio de la espera,
sin observar cómo caen los artífices de nuestro descanso.

Queremos llegar a ellos y darles la esperanza,
esa que tan solo la distancia nos regala.
Pero no podemos salvar la distancia quietos,
Parados, esperando. 

Así, como paréntesis del instante, 
ellos muriendo y nosotros esperando,
comprendemos nuestro mutuo vacío.
Y en ese vacío recobramos el sentido
para morirnos y nacernos segundo a segundo
mientras soñamos con tener esperanza.

jueves, 8 de agosto de 2019

Sin sobresaltos. 57


Tanto el que pide como el que da esperan siempre respuestas. El sobresalto nos llega precisamente por esta espera recurrente. Sin esperar nada al dar o al recibir seguramente la calma seguirá presente. La actitud que desequilibra nuestra alma parte del mismo supuesto de adorar en exceso un cuerpo perecedero. Toda expectativa más allá de lo profundo del alma parece estar equivocada.
Esperamos, estamos esperando instante tras instante que el universo entero nos regale un motivo, que el cielo se deje caer sobre nuestra lista de inútiles peticiones para sentir que tenemos algo de poder. Un poder que ansiamos, un poder que nos aproxima al roce de la falacia de vivir eternos, para siempre.
Ese pequeño sustrato que requerimos es pura falsedad, el invierno no llega siempre el mismo día y la primavera no despierta por igual a todas las flores.
El silencio de la meditación nos invita a dudar y a dejar a la vez de hacerlo. Nos vincula a dejar de esperar, de intuir, de dar o de pedir. Estamos escondidos tras un muro irregular de falsedades que constituye la parte más débil de lo que somos, la que necesita resguardarse hasta de sí misma, quizá porque sabe que el camino de domarse excede con mucho a la fuerza explosiva de lo joven. Es tan solo el invierno el que reparte certezas, el que nos aproxima a un aire fresco de verdadera bondad.
Es cuando nos paramos cuando estamos libres de la espera, de lo expectante, es cuando sucumbimos a la certeza sin saberlo.
Y es el cuerpo el que suele avisarnos del abismo con ligeras conjeturas igualmente agazapadas. La sensación de lo que llega no siempre es audible y el tejido que soporta las redes de la vida es cada año más fino, más transparente, más implacable.
Dejamos de esperar porque empezamos a ver solo si no hemos tejido colores encima, cuando no hemos llenado de mentiras cada poro de una membrana indispensable. Cuando no hemos necesitado que la tela que nos volvía invisibles hacia nosotros mismos nos vistiese hacia fuera de colores que no son nuestros. Esperar que el cuerpo responda a lo eterno es irresponsable. La piel de los demás nos invita a la duda, pero sus miradas nos afirman la esperanza. Quizá porque el conocimiento maduro del equilibrio siempre reconforta un alma que se debate entre dudar de ella, o afirmar lo que siempre ha sabido.
Ni sobresaltos ni esperanzas inmortales, el mar de la vida explota y se recoge con cada respiración que damos y pedimos al aire que nos rodea. La idea es simple, siente ese infinito momento y descubre el magnífico espectáculo del paso del tiempo, quizá ese sea el único regalo que debamos ciertamente esperar.

domingo, 28 de julio de 2019

Entre el vientre y el ojo. 56


¿Qué diferencia el vientre del ojo? Dentro y fuera se revelan como espacios ocultos o visibles sobre los que poner la atención. Sentir no es lo mismo que ver, pero ambos son imprescindibles para tener la experiencia conjunta del lleno y del vacío. Yin y yang se manifiestan en algo tan evidente como lo que vemos y lo que no vemos, lo que medimos y lo que sentimos, lo que surge de nuestro interior y lo que nos llega desde el exterior.
El sabio apunta el rechazo, pero me cuesta aceptar un yang sin su yin y viceversa. También nos muestra que frente al exceso debemos inicialmente contener por completo lo sobrepasado, no definitivamente, tan solo lo que dure el proceso de equilibrar ambos mensajes.
No hay luz en el interior que nos regala un caos imaginado. Fuera corremos el riesgo de corregir y agrupar en segmentos más fáciles de interpretar, reduciendo el todo a unas partes inconexas que nunca nos dan la plenitud
El corazón de la experiencia no tiene reglas, no tiene orden, no tiene clasificación posible. El salto de un sabor a otro tiene entre medio mil millones de matices imperceptibles, matices que llegan a una parte interior que desconocemos, pero que se manifiestan en cada suspiro que nos entregan nuestros anhelos sin que nos demos ni cuenta.
El sabio no clasifica, no enumera, no distingue mejores ni peores, pero corre el riesgo de disolver su estructura y caer en el caos del silencio eterno de ser solo una parte del Taiji. Entender que el acero doblado requiere primero una gran fuerza para ser enderezado está al alcance de cualquiera. Saber cuándo la perfecta verticalidad ha surgido del esfuerzo, saber cuándo hay que parar de empujar, ahí está el misterio del equilibrio que exige una visión unificada del presente, el pasado y el futuro. 
El hombre y su mente no están separados, el ojo y el intestino coexisten dentro de una misma experiencia que no puede negar ninguna de las partes bajo el riesgo de perder el sentido equilibrado que nos aportan el lleno y el vacío de la existencia. 
Lo relativo de lo material radica en su sentido frente a lo inmaterial que lo interpreta. Ser sin acumular, tener sin exceso, ver sintiendo, desclasificar sin olvidar, decidir sin prejuicios; el camino del centro que el sabio nos propone es muy fácil cuando comprendemos la infinita complejidad de lo que somos y de lo que nos rodea, solo entonces renunciamos de verdad al exceso y nos quedamos en el límite del equilibrio que anhelamos.

sábado, 27 de julio de 2019

Sin dudas

¡¡NO DUDES!!
Durante el entrenamiento, no dudes. Siente, pero no dudes. Explórate a ti mismo reverberando en los impactos cuando golpeas. Siente el instante, despeja la duda, encuentra el sentido en tu entrega voluntaria y absoluta al momento. Hazlo como si cada día fuese un bautizo marcial inesperado.
Déjate sorprender por la rutina; solo en el silencio desvela ésta sus matices. Aprende a disfrutar la experiencia sin objetivo directo, el alma recoge sus frutos en plazos muy largos. No te escondas del instante, el precio del esfuerzo es minúsculo frente a ser auténtico, ser real, ser parte indisoluble del presente continuo de la práctica.
Siente ahora lo que no puedes sentir de otra forma. Enfréntate a la realidad de ser tú, sin dudas, sin miedos, sin mentiras. Enfréntate y sobrevive al instante para que este no muera entre tus brazos una y otra vez. Salta al vacío sin rencor, sin temor, sin esperanza. 
Transpira, respira, muévete sin tregua. No tortures tu conciencia, todo forma parte del proceso de llegar a ser tú fortalecido.
No critiques, no sopeses, no opines. Siente, escucha, deja que el mensaje se filtre entre tus poros. Ábrelos al máximo, deja que tu cuerpo renueve su interior desde la respiración, desde el pulso, desde el esfuerzo, desde los golpes, no caben aquí las razones.
Respira y percibe, hazte uno con la dinámica de la acción, encuentra su ritmo, la sintonía, la balada de la lucha que escapa a tus oídos. Distingue las fisuras, las roturas del patrón, es de ahí de donde surgen las luces inesperadas que borran toda sombra de duda.
Acelera, entra y sal sin descanso, marca el suelo con paso firme y mirada absoluta ¡Atento!
Agradece, respira y descansa ahora. Siente el eco breve y profundo de lo que has experimentado para salir de aquí renacido. Vete pero vuelve, no olvides seguir vivo igual que aquí lo has estado. Hazlo en cada instante, en cada momento, a cada paso que das en la vida para nacer real en cada nueva exhalación.

lunes, 15 de julio de 2019

Radios que no son nuestros 55


No es por su forma, no es por sus límites, no es por algo que se pueda percibir con cualquiera de nuestros limitados sentidos. El alma surge resonando en el vacío que gestamos al movernos. Lo hacemos marcando el límite de lo que decidimos. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a adentrarnos en el bosque oscuro?¿Qué dragones osaremos despertar?

Algunas imágenes devueltas por el espejo nos empujan hacia atrás, nos hacen resbalar y caer en los pozos de miedos que no nos pertenecen. Los sembraron otros en el pasado y dejaron el espacio infinito de sus caídas para que no dejemos de conocer eso que algunos llaman Infierno.


Parece que no podemos pararnos a mirar, no podemos esperar, no cabe de forma alguna imaginar nada que no avance hacia la vanguardia de nuestro pasado infinito. 


Todas las preguntas contaminan el presente cuando perdemos la inercia del avance, cuando queremos que el universo entero se detenga ante nosotros; no podemos dejar de pedalear sin riesgo de perder el equilibrio. Esa caída llena de cuestiones sin posibles respuestas son el lastre. No podemos recolectar respuestas si no es dentro del avance vacío que configura nuestra efímera y eterna expansión.


Delimitamos nuestro sentido y creamos la función de nuestro interior dibujando el perfil de su sombra. Solo sabemos que al pararnos por dentro, al detener nuestra difusión interior, la vasija se rompe, se pervierte el silencio y se desvanece la imagen que perseguíamos. 


Cuando volamos sobre la flecha que nos dispara nuestro propio horizonte, nos enfrentamos a la difícil verdad de ver venir nuestro propio disparo. Sentimos que nuestra propia voluntad nos atraviesa y rompe el reflejo interior de los límites que nosotros mismos construimos para definirnos. 


En ese momento nos encontramos en un recodo del despiste, en esa canción que no conseguimos recordar, en ese sueño que nos dejó tan profunda huella pero sin apenas un detalle que nos permita convertirlo en historia.


Estamos ensimismados en este espacio creado, entre radios de una rueda que son los círculos de otros pretendiendo encontrar sus centros dentro de nuestro propio cometido. En ese vacío insondable, presente continuo, en ese espantoso instante infinito sucumbe la esperanza de nuestro pensamiento encerrándose en la crisálida cóncava  que siempre nos devuelve un gusano que soñó volar.


No hay más camino que desvelarnos, dejar de imaginarnos para sentirnos, dejar de esperarnos para llegar sin demora a nuestro presente.


En el centro podemos vigilar sin mirar, podemos ser testigos sin ojos, escuchar sin oídos y sentir sin otro tacto que el aliento que entra y sale de nosotros. Ese centro nos revela la forma de nuestra ánfora, el círculo de nuestra rueda, las sombras de nuestro árbol. Ahí sucumbimos a la certeza y desafiamos cualquier verbo que pretenda describir ese momento imperturbable.


Nada puede superar esa fuerza en la que todo el universo detiene su movimiento y se centra en el eje que nuestra voluntaria periferia ha definido. Ese centro del universo, ese centro de nuestra calma, es el punto en el que todas las cuestiones son desahuciadas. Donde el principio y final de nuestra vida y nuestra muerte se encuentran para ver entrar nuestras piernas en nuestras propias fauces; ocurre mientras algo superior a nosotros se deleita del espectáculo de ver cómo nos devoramos a nosotros mismos para encontrar lo que somos. 


Terrible imagen que nos enseñan la dirección innegable que debemos seguir para cerrar el círculo del sentido superior de todo.